Seguridad (part 1 of 3)
“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.
Los tres puntos de vista del Apóstol Pablo
En las palabras de las Escrituras que encabezan esta página, notamos al Apóstol Pablo mirando en tres direcciones: Hacia abajo, hacia atrás y hacia adelante: Hacia abajo a la tumba, hacia atrás a su propio ministerio y hacia adelante a aquel gran día, ¡el Día del juicio!
Nos hará bien ponernos junto al Apóstol por unos minutos y tomar nota de las palabras que usa. ¡Feliz el alma que puede mirar hacia donde Pablo miró y hablar como él lo hizo!
(a)Mira hacia abajo a la tumba y lo hace sin temor. Escúchele decir: “Yo ya estoy para ser sacrificado”. Soy como un animal llevado al lugar del sacrificio y atado con cuerdas a los cuernos del altar. La ofrenda de bebida, que generalmente acompaña a la oblación, ya está siendo derramada. Ya se han realizado las últimas ceremonias. Ya se han hecho todos los preparativos. Sólo queda recibir el golpe mortal y entonces, todo habrá terminado.
“El tiempo de mi partida está cercano”. Soy como un barco que está por zarpar al mar. Todos a bordo están listos. Sólo espero soltar amarras y levar anclas para zarpar y emprender mi viaje.
¡Éstas son palabras asombrosas que proceden de un hijo de Adán como nosotros! La muerte es algo solemne y nunca lo es más que cuando vemos que se acerca.
La tumba es un lugar frío y repulsivo, y es inútil que pretendamos que no es aterrador. Sin embargo, aquí está un mortal que puede mirar con calma ese sitio estrecho “destinado a todos los vivientes” y decir, estando al borde de él: “Lo veo todo, y no tengo temor”. (b)Escuchémosle otra vez. Mira hacia atrás a su vida de ministerio y lo hace sin remordimientos. Dice ahora:
“He peleado la buena batalla”. Aquí habla como un soldado. He peleado la buena batalla con el mundo, la carne y el diablo, de la que tantos retroceden y tantos evitan.
“He acabado la carrera”. Aquí habla alguien que ha corrido para ganar un premio. He corrido la carrera programada para mí. He cubierto el territorio que me fue asignado, sin importar lo duro y empinado que era. No he abandonado la carrera por las dificultades que conlleva, ni me desanimé por lo larga que era. Por fin tengo la meta a la vista.
“He guardado la fe”. Aquí habla como un mayordomo. Me he mantenido fiel al glorioso evangelio que me fue encomendado. No lo he mezclado con tradiciones humanas, no he arruinado su sencillez agregando mis propias invenciones, ni he dejado que otros la adulteraran, aun viéndome obligado a enfrentarlos cara a cara. “Como un soldado, un corredor y un mayordomo”, parece decir: “No me avergüenzo”.
Feliz el cristiano que al partir del mundo, puede dejar el legado de un testimonio como éste. Una conciencia limpia no salva a nadie, no quita el pecado, no lleva ni un milímetro más cerca del cielo. No obstante, una conciencia limpia será una compañera agradable junto a nuestro lecho a la hora de morir. Hay un hermoso pasaje en El Progreso del Peregrino que describe la travesía de Integridad a la casa de su Padre:
Integridad les llamó a sus amigos y les dijo: Muero, pero no haré testamento. Mi integridad irá conmigo; que lo sepan los que vinieren después.
Llegado el día señalado, se apercibió para hacer la travesía. El río, en aquel entonces, se había desbordado en algunas partes; pero Integridad, que en vida había apalabrado a un tal Buena-Conciencia para que le auxiliase, lo encontró allí, y dándole la mano, le ayudó a través de las aguas.
Podemos estar seguros de que hay algo de cierto en ese pasaje. (c) Escuchemos una vez más al Apóstol. Mira hacia adelante al gran día cuando tendrá que rendir cuentas y lo hace sin dudar. Note sus palabras:
“Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.
“Una recompensa gloriosa”, parece decir, “está preparada y reservada para mí, una corona que sólo reciben los justos. En el gran Día del juicio, el Señor me dará a mí esta corona y la dará a todos los que lo han amado como un Salvador invisible y han anhelado verle cara a cara. Mi obra en la tierra ha terminado. Me queda sólo esto para esperar, esto y nada más”.
Observemos que el Apóstol habla sin ninguna vacilación y sin desconfianza. Considera la corona como cosa segura, como si ya fuera suya. Declara con una confianza inquebrantable y seguridad absoluta que el Juez justo le dará esa corona. El gran trono blanco, todos los pueblos reunidos, los libros abiertos, la revelación de todos los secretos, los ángeles que escuchan y la sentencia imponente, eran cosas que Pablo conocía muy bien. Pero ninguna de éstas lo impresionaba. Su fe fuerte las sobrepasaba a todas y veía a Jesús únicamente, a su Abogado vencedor absoluto, la sangre de la aspersión y el pecado limpiado. “Me está guardada”, dice, “la corona”. “El Señor me dará a mí esa corona”. Habla como si hubiera visto todo esto con sus propios ojos.
Éstas son las cosas principales que estos versículos contienen.
No me enfocaré en todo el pasaje porque quiero limitarme al tema especial de este capítulo. Trataré de considerar el tema de la inquebrantable “esperanza segura”, con la que el Apóstol mira en perspectiva el día del juicio.
Lo haré enseguida, por la gran importancia que le da el Apóstol al tema de la seguridad y la gran negligencia que, humildemente admito, ha sufrido a menudo en la actualidad.
Pero a la vez lo hago con temor y temblor. Siento que estoy pisando un terreno difícil y que es fácil hablar de esto sin reflexionar y de un modo no bíblico. El camino entre la verdad y el error, en este caso, es un laberinto angosto y estaré muy agradecido si puedo hacerle bien a algunos sin perjudicar a otros.
Hay cuatro componentes que quiero presentar al hablar sobre el tema de la seguridad y pueden despejar nuestro camino a medida que los voy nombrando.
I. Primero, entonces, procuraré mostrar que una esperanza segura, como la que Pablo expresa, es algo cierto y bíblico.
II. En segundo lugar, haré esta amplia afirmación: El que nunca llega a tener esta esperanza segura puede, aun así, ser salvo.
III. En tercer lugar, daré algunas razones por las cuales una esperanza segura es sumamente deseable.
IV. Por último, trataré de destacar algunas causas por las cuales, rara vez, se llega a tener una esperanza segura.
Pido la atención de todo el que le interesa el gran tema de este capítulo. Si no me equivoco, hay una relación muy estrecha entre la verdadera santidad y la seguridad. Antes de terminar esta exposición, espero haber mostrado a mis lectores la naturaleza de esa relación. Por ahora, me contento con decir que donde hay más santidad, por lo general, hay también más esperanza.
I. Una esperanza segura es algo cierto y bíblico
Primero, entonces, procuraré mostrar que una esperanza segura es algo cierto y bíblico. La seguridad, como lo que expresa Pablo en los versículos que encabezan este capítulo, no es mera fantasía ni un simple sentimiento. No es el resultado de una reacción animal intensa, ni la percepción de una persona con temperamento sanguíneo. Es un don positivo del Espíritu Santo, otorgado sin relación alguna con el físico, un don que cada creyente en Cristo debiera anhelar y buscar.
En temas como estos, la primera pregunta es ésta:
(a)¿Qué dicen las Escrituras? Contesto la pregunta sin ninguna vacilación. Me parece a mí que la Palabra de Dios enseña claramente que el creyente puede llegar a tener una confianza segura con respecto a su propia salvación.
Afirmo plena y ampliamente como verdad de Dios, que el verdadero cristiano, el hombre convertido, puede llegar a un grado de fe en Cristo tan segura que, en general, se siente con una confianza total en cuanto al perdón y la seguridad de su alma; rara vez tendrá dudas, rara vez lo distraerán los temores, rara vez lo molestarán ansiosos cuestionamientos y, en suma, aunque muchas veces se sentirá desconcertado por los muchos conflictos interiores con el pecado, esperará con anticipación la muerte sin temblar y el juicio sin consternación1. Esto, afirmo yo, es la doctrina de la Biblia.
Tal es mi posición sobre la seguridad. Les pido a mis lectores que la tengan muy en cuenta. No digo ni menos ni más de lo que ya he presentado.
1 “La plena seguridad de que Dios ha librado a Pablo de condenación, sí, tan plenamente y real que produce agradecimiento y triunfos en Cristo, puede confundirse y, de hecho, se entremezcla con las quejas y lamentos de una condición desdichada porque permanecía en el Apóstol el cuerpo de pecado”.
—Triumph of Faith (Triunfo de la fe) por Rutherford, 1645.
Una afirmación como ésta es, a menudo, disputada y negada. Muchos no ven nada de verdad en ella.
La Iglesia Católica Romana denuncia la garantía de la seguridad en términos contundentes.
El Concilio de Trento declara sin tapujos que “la seguridad del creyente en el perdón de sus pecados es una seguridad vana e impía” y el cardenal Bellarmine, reconocido campeón del catolicismo romano, llama a la seguridad “un error capital de los herejes”.
(b) La gran mayoría de los cristianos mundanos e irreflexivos entre nosotros se oponen a la doctrina de la seguridad del creyente. Les ofende e irrita oír de ella. No les gusta que otros se sientan tranquilos y seguros porque ellos mismos no se sienten así. ¡Pregúnteles si sus pecados han sido perdonados y, probablemente, le dirán que no saben! Entonces, no nos extrañe que no puedan aceptar la doctrina de la seguridad.
(c)Pero hay también algunos creyentes auténticos que rechazan la seguridad o que la evitan como una doctrina llena de peligros. Consideran que es casi una presunción. Parecen creer que es una muestra de humildad no sentirse nunca seguros, nunca confiar totalmente y vivir con cierto grado de duda y suspenso con respecto a sus almas. Esto es de lamentar y perjudica en gran manera.
(d)Admito sinceramente que hay personas presuntuosas que profesan sentir una confianza que no tiene una garantía bíblica: Siempre hay algunos que piensan bien de sí mismos cuando Dios piensa lo contrario; también hay algunos que piensan mal de sí mismos cuando Dios piensa bien de ellos. Siempre habrá gente así. Nunca ha existido una verdad bíblica que no sufra abusos y sea falsificada. La elección de Dios, la impotencia del hombre y la salvación por gracia sufren abusos por igual.
Los fanáticos y exaltados existirán mientras exista el mundo. A pesar de todo esto,
la seguridad es una realidad y una cosa verdadera y los hijos de Dios no deben dejar que quienes abusan de ella los aparten de esa verdad2.
Mi respuesta a todos los que niegan la existencia de una seguridad real y bien fundamentada es sencillamente ésta: ¿Qué dicen las Escrituras? Si no la encontráramos allí, no diría ni una palabra más.
Pero, ¿acaso no dice Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25, 26)?
¿Acaso no dice David: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4)?
2 “No vindicamos a todo el que pretende vanamente tener ‘el testimonio del espíritu’. Ni tampoco recomendamos a aquellos de cuya profesión de fe, no vemos más que su atrevimiento y confianza. Pero no rechacemos ninguna doctrina de revelación por un temor demasiado ansioso de las consecuencias”. —Christian System (Sistema cristiano) por Robinson.
“La seguridad auténtica se edifica sobre un fundamento bíblico. La presunción no tiene ningún pasaje bíblico sobre el cual basarse; es como un testamento sin sello ni testigo, que es nulo e inválido ante la ley. A la presunción le falta tanto el testigo de la Palabra como el sello del Espíritu. La seguridad siempre mantiene al alma en una postura humilde, pero la presunción en el orgullo. Las plumas vuelan para arriba, pero el oro desciende; aquel que tiene esta seguridad de oro, tiene un corazón que desciende en humildad”. —Body of Divinity por Watson, 1650.
“La presunción incluye una vida disoluta; la convicción, una conciencia tierna; la primera se atreve a pecar porque se cree segura, la segunda no se atreve a hacerlo por temor a perder su seguridad. La convicción no peca porque le costó muy caro a su Salvador; la presunción peca porque la gracia abunda. La humildad es el camino al cielo. Los que están orgullosamente seguros de ir al cielo no pasan al frente con tanta frecuencia porque temen irse al infierno”. —Adams sobre la Segunda Epístola de Pedro, 1633.
¿Acaso no dice Isaías: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is. 26:3)? Y también: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Is. 32:17).
¿Acaso no dice Pablo en Romanos: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38, 39)?
¿Acaso no le dice a los corintios: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Co. 5:1)?
Y otra vez: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor” (2 Co. 5:6).
¿Acaso no le dice a Timoteo: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12)?
¿Y acaso no les habla a las colosenses de “alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento” (Col. 2:2) y a los Hebreos de la “plena certeza de la esperanza” y la “plena certidumbre de fe” (He. 6:11; 10:22)?
¿No dice Pedro expresamente: “Procurad hacer firme vuestra vocación y elección” (2 P. 1:10)?
¿Acaso no dice Juan: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida” (1 Jn.
3:14)?
Y también: “Para que sepáis que tenéis vida
eterna”(1Jn.5:13).
Y otra vez: “Sabemos que somos de Dios” (1Jn. 5:19).
¿Qué diremos a todo esto? Anhelo hablar con toda humildad sobre cualquier punto controversial. Siento que soy sólo un pobre hijo falible de Adán. Pero tengo que decir que en los pasajes que he citado veo algo muy superior a meras “esperanzas” y “confianzas” con las cuales muchos creyentes parecen contentarse en la actualidad. Veo un lenguaje de convicción, confianza, conocimiento y, casi diría, de certidumbre. Y siento por mi parte, que puedo considerar estos pasajes y ver clara y evidentemente que enseñan: Que la doctrina de la seguridad del creyente es cierta. Respuestas a las Escrituras
(a) Pero mi respuesta, además, a todos los que no les gusta la doctrina de la seguridad del creyente porque la consideran casi como una presunción, es ésta: No puede ser presunción seguir los pasos de Pedro, Pablo, Job y Juan. Todos fueron hombres con una mentalidad eminentemente humilde, si es que alguna vez hubo alguno; y, no obstante, todos estos hablan de su propio estado con una esperanza segura. Esto indudablemente nos enseña que una humildad profunda y una seguridad sólida son perfectamente compatibles y que no hay ninguna relación aquí entre la confianza espiritual y el orgullo3.
(b)Pero mi respuesta, además, es que muchos han alcanzado una esperanza segura tal como nuestro texto expresa, aun, en los tiempos modernos. No puedo aceptar ni por un momento que éste fue un privilegio singular limitado a la época apostólica. Han habido en nuestro país, muchos creyentes que parecen haber andado en una comunión casi ininterrumpida con el Padre y el Hijo, que parecen haber disfrutado constantemente de un sentido cada vez mayor de la luz del rostro de Dios brillando sobre ellos y han dejado registrada su experiencia. Podría mencionar nombres muy conocidos, si el espacio lo permitiera. Lo cierto es que esto ha sido, es y eso basta.
(c) Por último, mi respuesta es: No puede ser errado sentirse seguro de un asunto del que Dios habla incondicionalmente, creer decididamente cuando Dios promete resueltamente y estar convencido de tener el perdón y la paz cuando descansamos en la palabra y la promesa de Aquel que nunca cambia. Es error craso suponer que el creyente que se siente seguro descansa en algo que él mismo ve. Sencillamente, se apoya en el Mediador del Nuevo Pacto y las Escrituras de la verdad. Cree que el Señor Jesús quiere decir lo que dice y toma como ciertas sus palabras. La seguridad es, después de todo, nada más que una fe que ha llegado a su plenitud, una fe fuerte que toma la promesa de Dios con ambas manos y una fe que argumenta como el buen centurión: “Solamente di la palabra, y mi criado sanará” (Mt. 8:8). ¿Cómo, entonces, podría yo dudar?4
3 “Están muy equivocados los que piensan que la fe y la humildad no concuerdan; no sólo concuerdan muy bien, sino que no pueden ser separadas”. —Traill.
4 “Estar seguros de nuestra salvación”, dice Agustín, “no es terca arrogancia, es nuestra fe.
No es arrogancia, es devoción. No es presunción, es la promesa de Dios”. —Defense of Apology (Defensa de la apología) por el Obispo Jewell, 1570.
“Si la base de nuestra seguridad fuéramos nosotros mismos, se podría llamar presunción con razón; pero como su base es el Señor y el poder de su fuerza, los que consideran que una confianza segura es presunción, o no saben lo que es la fuerza de su poder o poco la valoran”. —Whole Armour of God (Toda la armadura de Dios) por Gouge, 1647. “¿En qué se basa esta certidumbre de culpabilidad? Seguramente nada que haya en nosotros. Nuestra seguridad para perseverar se basa toda en Dios. Si nos miramos a nosotros mismos, vemos razón para temer y dudar, pero si miramos a Dios, encontraremos razón para estar seguros”. —Hildersam sobre 1 Juan 4, 1632. “Nuestra esperanza no cuelga de un hilo débil como: ‘Me imagino que’, ni ‘quizá sea’, sino de un cable, la soga fuerte amarrada a un ancla, es el pacto y la promesa de aquel que es verdad eterna. Nuestra salvación está amarrada a la mano misma de Dios y a la fuerza misma de Cristo, a los indestructibles lazos de la naturaleza inmutable de Dios”. —Letters (Cartas) por Rutherford, 1637.
La seguridad de Pablo basada en Cristo
Podemos estar seguros de que Pablo sería el último ser sobre la tierra que basaría su seguridad en una experiencia personal. Aquel que dijo: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15), tenía un sentido profundo de su culpabilidad y corrupción. Pero también tenía un sentido, aún más profundo, de la longitud y la amplitud de la justicia de Cristo que le fue imputada. Él que podía clamar: “¡Miserable de mí!” (Ro. 7:24), tenía una visión clara de la fuente de impiedad en su propio corazón. Pero tenía un sentido aún más claro de esa otra Fuente que puede quitar “todo pecado e impureza” (Lv. 16:16). Él, que sentía ser “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8), tenía un vivo y permanente sentido de su propia debilidad. Pero tenía una convicción aún más viva de que Cristo no podía faltar a su promesa de que sus ovejas “no perecerán jamás” (Jn. 10:28). Pablo sabía, (si es que algún hombre pudiera saber), que era una pobre y frágil embarcación flotando en un mar tempestuoso. Veía (si es que alguien pudiera ver), las olas enormes y la rugiente tempestad que lo rodeaban. Pero luego apartaba la mirada de sí mismo, la fijaba en Jesús y dejaba de tener temor. Recordaba aquel ancla detrás del velo que es “segura y firme” (He. 6:19). Recordaba las palabras, la obra y la intercesión constante de Aquel que lo amaba y se había entregado por él. Y era esto y nada más que esto por lo que pudo decir con audacia: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia” (2 Ti. 4:8) y concluir con tanta firmeza: “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2 Ti. 4:18)5.
5 “En su viaje al cielo nunca se ha muerto o ahogado un creyente en Jesucristo. Cada uno se encontrará sano y salvo con el Cordero en el Monte Sion. Cristo no pierde ni a uno de ellos, sí, a ninguno (Jn. 6:39). Ni un solo hueso de ningún creyente yacerá en el campo de batalla. Todos son más que vencedores por medio de aquel que los amó (Ro. 8:37)”. —Robert Traill.
Ya dejaré esta parte del tema. Creo que podemos admitir que he establecido un buen fundamento para la afirmación que hice: Una esperanza segura es algo cierto y bíblico.
II. Puede ser que un creyente nunca llegue a sentir esta esperanza segura.
Paso al segundo punto que mencioné. Dije: El creyente que nunca llega a tener esta esperanza segura, que Pablo expresa puede, aun así, ser salvo.
Reconozco esto sin problema. No lo disputo ni por un momento. No quiero contristar a algún corazón que Dios no haya entristecido, ni desalentar a un hijo débil de Dios, ni dejar la impresión de que alguien no puede ser salvo en Cristo a menos que se sienta seguro.
Una persona puede tener una fe salvadora en Cristo y, aun así, nunca disfrutar de una esperanza segura, como la que disfrutó el Apóstol Pablo. Creer y tener un rayo de esperanza de haber sido aceptado es una cosa; otra muy distinta es tener “gozo y paz” en nuestra fe y abundar en esperanza. Todos los hijos de Dios tienen fe, no todos sienten seguridad. Creo que nunca hay que olvidar esto.
Sé que algunos hombres que considero importantes y buenos tienen una opinión distinta. Creo que muchos ministros del evangelio excelentes, a cuyos pies con gusto me sentaría, no aceptan la diferencia que he mencionado. Pero no quiero llamar maestro a nadie. Detesto tanto como cualquiera, la idea de curar apenas un poco las heridas de la conciencia, pero me parece que, cualquier otro concepto distinto al que he enunciado, constituye un evangelio muy incómodo para predicar y uno que, muy posiblemente, mantendría a las almas alejadas por mucho tiempo de la puerta a la vida6.
No dudo en decir que por gracia, alguien puede tener suficiente fe para acudir a Cristo, suficiente fe para realmente aferrarse a él, realmente confiar en él, realmente ser hijo de Dios y realmente ser salvo, y, aun así, hasta el fin de sus días, no poder librarse de mucha ansiedad, duda y temor. Dice un antiguo escritor: “Se puede escribir una carta, que no se sella; de la misma manera la gracia puede estar escrita en el corazón pero, aun así, no contar con el sello de la seguridad”. Un niño puede nacer heredero de una gran fortuna y, aun así, nunca saber de sus riquezas, vivir como niño y morir como niño sin haber sabido nunca la grandeza de sus posesiones. De la misma manera, alguien puede ser un infante en la familia de Cristo, pensar como un infante, hablar como un infante y, aunque salvo, nunca disfrutar de una esperanza viva, ni conocer los verdaderos privilegios de su herencia.
La diferencia entre fe y seguridad
Nadie me malentienda cuando hablo con firmeza sobre la realidad, el privilegio y la importancia de la seguridad. Nadie me haga la injusticia de decir que enseño que ninguno es salvo a menos que pueda decir con Pablo: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:8). Eso no es lo que digo. No enseño nada que se le parezca.
(a)Es indispensable que el hombre tenga fe en el Señor Jesucristo, si ha de ser salvo. No conozco otro modo de acceso al Padre. No veo ningún indicio de misericordia, excepto a través de Cristo. El hombre tiene que sentir sus pecados y su condición perdida, tiene que acudir a Jesús para obtener perdón y salvación, y
6 Referimos al lector que quiera saber más acerca de este tema, al Apéndice, al final de este capítulo, en el que encontrará fragmentos de escritos de varios teólogos ingleses reconocidos que apoyan la posición de este capítulo sobre la seguridad. Los fragmentos son demasiado largos para insertar en esta página.
tiene que poner toda su esperanza en él y sólo en él. Pero aunque sólo tiene fe para hacer esto, por más débil y endeble que sea esa fe, afirmo que no se perderá el cielo; las Escrituras lo garantizan.
Nunca, nunca restrinjamos la libertad del evangelio glorioso, ni limitemos sus verdaderas proporciones. Nunca hagamos más estrecha la puerta y el camino más angosto de lo que el orgullo y amor al pecado lo han hecho ya. El Señor Jesús es muy compasivo y misericordioso. No tiene en cuenta la cantidad de fe, sino la calidad; no mide su graduación, sino su veracidad. No romperá ninguna caña cascada, ni apagará ningún pábilo que humea. Nunca permitirá que se diga que alguien pereció para siempre a los pies de la cruz. Dice: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37)7.
¡Sí! Aunque la fe de alguien puede no ser más grande que un grano de mostaza, si lo trae a Cristo y hace posible que toque la punta de su manto, será salvo tanto como lo es el santo más antiguo en el paraíso, salvo tan completa y eternamente como Pedro, Juan o Pablo. Hay grados en nuestra santificación. No así en nuestra justificación. Lo que está escrito, escrito está, y nunca fallará: “Todo aquel que en él creyere”, no el que tiene una fe fuerte y poderosa, “todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Ro. 10:11).
(b)Pero en medio de todo esto, recordemos que puede ser que la pobre alma del creyente no tenga una seguridad completa de haber sido perdonado y aceptado por Dios. Puede sufrir temor tras temor y duda tras duda. Puede tener en su interior muchas preguntas, mucha ansiedad, muchas luchas y muchas incertidumbres (nubarrones y oscuridad, tormentas y tempestades) hasta el final.
7 “Aquel que cree en Jesús nunca será confundido. Ninguno lo ha sido en el pasado ni lo será usted, si cree. La siguiente fue una gran declaración de fe de un hombre a punto de morir de una manera peculiar, entre su condenación y su ejecución. Sus últimas palabras fueron éstas, dichas a viva voz: ‘Nunca hombre alguno murió con su rostro hacia Cristo Jesús’”. —Robert Traill (1642-1716).
Afirmo, lo repito, que una fe simple y sencilla en Cristo salva al hombre, aunque nunca logre sentirse seguro, pero no digo que lo llevará al cielo con consolaciones fuertes y abundantes. Afirmo que lo llevará a puerto seguro, pero no que entrará a todo vapor, seguro y con regocijo. No me sorprendería que llegara azotado por los elementos y sacudido por las tempestades, casi sin darse cuenta de que está seguro, hasta que abre sus ojos en la gloria.
Creo que es de suma importancia tener en mente esta diferencia entre fe y seguridad. Explica cosas que el que se pregunta acerca de la religión, a veces, encuentra difícil de entender.
Recordemos que la fe es la raíz y la seguridad es la flor. Nunca se puede tener una flor sin una raíz, pero no es menos cierto que se puede tener la raíz y no la flor.
Fe es aquella pobre mujer que se acercó temblorosamente a Jesús y tocó la punta de su manto (Mr. 5:25ss). Seguridad es Esteban parado con calma en medio de sus asesinos diciendo: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hch. 7:56).
Fe es el ladrón penitente exclamando: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lc. 23:42). Seguridad es Job, sentado entre las cenizas, cubierto de llagas diciendo “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25) y “aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).
Fe es la exclamación de Pedro, cuando empezaba a hundirse en el agua: “¡Señor, sálvame!” (Mt. 14:30). Seguridad es ese mismo Pedro declarando tiempo después ante el Concilio: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:11, 12).
Fe es la voz ansiosa y temblorosa: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mr. 9:24). Seguridad es el desafío dicho con convicción: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?...
¿Quién es el que condenará?” (Ro. 8:33, 34). Fe es Saulo orando en la casa de Judas en Damasco, triste, ciego y solo (Hch. 9:11). Seguridad es Pablo, el prisionero anciano, contemplando tranquilo a la tumba y diciendo: “Yo sé a quién he creído”. “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia” (2 Ti. 1:12; 4:8).
Fe es vida. ¡Qué bendición tan grande! ¿Quién puede describir o entender el abismo entre la vida y la muerte? “Mejor es perro vivo que león muerto” (Ec. 9:4). No obstante, la vida puede ser débil, enfermiza, enclenque, dolorosa, trabajosa, ansiosa, cansada, pesada, sin gozo ni sonrisas hasta el final. Seguridad es más que vida. Es buena salud, fortaleza, poder, vigor, actividad, energía, virilidad y hermosura.
No es la cuestión “salvo o no salvo” la que tenemos delante, sino “con privilegios o sin privilegios”. No es cuestión de paz o no paz, sino de mucha paz o poca paz. No es una cuestión entre peregrinos de este mundo y la escuela de Cristo. Es una que pertenece sólo a la escuela de Cristo; es la diferencia entre el comienzo de la primera clase en la escuela y la terminación de la última. Aquel que tiene fe anda bien. Yo sería feliz si pensara que todos los lectores de este libro la tienen. ¡Benditos, tres veces benditos son los que creen! Están seguros. Están limpios. Están justificados. Están fuera del alcance del poder del infierno. Satanás, con toda su malicia, nunca los arrebatará de la mano de Cristo. Pero el que tiene seguridad anda mucho mejor; ve más, siente más, sabe más, disfruta más y tiene más días como los que se mencionan en Deuteronomio, a saber, “como los días de los cielos sobre la tierra” (Dt. 11:21)8.
8 “El bien más grande que podemos desear, después de la gloria de Dios, es nuestra propia salvación; y el bien más dulce que podemos desear es la seguridad de nuestra salvación. En esta vida no hay bien mayor que estar seguros de lo que disfrutaremos en la vida venidera. Todos los santos disfrutan del cielo cuando parten de esta tierra, algunos santos disfrutan un cielo mientras están aquí en la tierra”. —Joseph Caryl, 1653.
