Advertencias a las iglesias visibles
“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Apocalipsis 3:22
Me supongo que puedo contar con que cada uno de mis lectores pertenece a alguna iglesia visible de Cristo. No le pregunto si es usted episcopal, presbiteriano o independiente. Lo único que supongo es que no le gustaría que lo llamaran ateo o incrédulo. También supongo que asiste al culto público de un cuerpo visible, particular o nacional de cristianos que profesan serlo exteriormente.
Ahora bien, sea cual fuere el nombre de su iglesia, le invito a prestar especial atención al versículo bíblico que tiene ante sus ojos. Le encargo que tenga en mente que las palabras de ese versículo le conciernen a usted. Fueron escritas para su conocimiento y para todos los que se consideran cristianos. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
En el segundo y tercer capítulo del libro de Apocalipsis, este versículo se repite siete veces. En estos capítulos, el Señor envía, por la mano de Juan, una carta a cada una de las siete iglesias de Asia. Siete veces termina sus cartas diciendo las mismas palabras solemnes. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
Todo lo que el Señor Dios hace es perfecto. No hace nada por casualidad. No causó que ninguna parte de las Escrituras se escribiera por casualidad. En todos sus tratos, podemos encontrar un designio, propósito y plan. Hubo un diseño en el tamaño y órbita de cada planeta. Hay un designio en la forma y estructura del ala de la mosca más diminuta. Hay una intención en cada versículo de la Biblia. Hay un objetivo en cada repetición de un versículo, sea donde sea que aparezca.
Hay un propósito en las siete repeticiones del versículo que estamos enfocando. Significa algo y la intención es que le demos nuestra atención.
Estos versículos piden la atención especial de todos los cristianos auténticos de las siete “cartas, a las iglesias”. Estoy convencido de que su intención es hacer que los creyentes tomen nota, en particular, de los asuntos que estas siete epístolas tratan.
Procuraré señalar ciertas verdades principales que me parece que estas siete epístolas enseñan. Son verdades para nuestra época, verdades que nunca se pueden conocer demasiado bien y que nos beneficia conocerlas y percibirlas mucho mejor de lo que lo hacemos.
I. Cuestiones relacionadas con doctrinas, prácticas, advertencias y promesas
En primer lugar, les pido a mis lectores que noten que, en las siete epístolas, el Señor Jesús no habla más que de doctrinas, prácticas, advertencias y promesas. Les pido que lean estas siete epístolas en silencio y a su propio ritmo; cuando lo hagan, comprenderán lo que quiero decir.
Observarán que, a veces, el Señor Jesús habla de falsas doctrinas, personas impías y prácticas erradas, y las reprende con vehemencia. También notarán que, a veces, elogia altamente la fe, paciencia, obra, labor y perseverancia. Lo verán, otras veces, rogando que se arrepientan, corrijan, regresen a su primer amor, que renueven su fe en él y cosas así.
También quiero que noten que, en ninguna de las epístolas, el Señor habla del gobierno ni las ceremonias de la iglesia. No dice nada de sacramentos ni de ordenanzas. No menciona liturgias ni procedimientos o formas. No le indica a Juan que escriba ni una palabra sobre el bautismo, la Cena del Señor ni de una sucesión apostólica.
En suma, los principios principales de lo podríamos llamar “el sistema sacramental”, no aparece en ninguna de las siete epístolas.
¿Por qué señalo esto? Lo hago porque muchos profesantes cristianos, en la actualidad, quieren hacernos creer que estas cosas son de primera, primordial y capital importancia. Son muchos los que opinan que no puede haber una iglesia sin un obispo, ni piedad sin liturgia. Parece que creen que enseñar el valor de los sacramentos es la primera obligación del pastor y que la continuidad de la iglesia local es la tarea de las personas.
Ahora bien, nadie me malinterprete cuando digo esto. Nadie se vaya con la idea de que no le doy ninguna importancia a los sacramentos. Al contrario, los considero de gran bendición para todos los que participan de ellos “correcta, dignamente y con fe”. No crea que no le doy ningún valor al gobierno episcopal, la liturgia y al sistema parroquial. Al contrario, considero que una iglesia bien administrada que cuenta con estas tres cosas, además de un ministerio evangélico es una iglesia mucho más completa y provechosa que una en la que no se encuentran. Pero afirmo que los sacramentos, el gobierno de la iglesia, el uso de una liturgia, las ceremonias y procedimientos no son nada en comparación con la fe, el arrepentimiento y la santidad. Y mi autoridad para decir esto es todo el tenor de las palabras de nuestro Señor Jesucristo a las siete iglesias.
Me es imposible creer que si cierta forma de gobierno eclesiástico fuera tan importante como algunos afirman, la gran Cabeza de la Iglesia no la hubiera mencionado aquí. Encontraríamos algo sobre esto dirigido a Sardis y Laodicea. Pero no encuentro absolutamente nada. Creo que ese silencio es algo para tener muy en cuenta.
No puedo menos que mencionar que fue lo mismo con las palabras de despedida de Pablo a los ancianos efesios (Hch. 20:27- 35).
Se estaba despidiendo para siempre. Estaba dando sus últimas instrucciones sobre la tierra, escribiendo como alguien que no volvería a ver los rostros de sus oyentes. No obstante, no hay ninguna instrucción sobre los sacramentos ni el gobierno de la iglesia. Si alguna vez hubo necesidad de hablar de estos, fue en esta ocasión.
Pero el Apóstol no dijo absolutamente nada y creo que su silencio fue intencional.
Y esa es la razón por la cual nosotros, los llamados (para bien o para mal) clero evangélico, no predicamos sobre obispos, el Libro de Oraciones y las ordenanzas más de lo que lo hacemos. No es porque no las valoremos en el lugar, la proporción y manera que les corresponde. Las valoramos tanto y verdaderamente como cualquiera, y damos gracias a Dios por ellos. No obstante, creemos que el arrepentimiento ante Dios, la fe en nuestro Señor Jesucristo y una conversación santa son temas mucho más importantes para el alma. Sin estos, nadie puede ser salvo. Estas son las cuestiones más importantes y de más peso y, por ello, éstas son las que enfatizamos.
Aquí tenemos una razón por la cual, a menudo, instamos a las personas que no se contenten con la parte externa de la religión. Usted habrá observado que le advertimos con frecuencia que no confíe en el hecho de ser miembro de la iglesia y los privilegios de la iglesia. Le advertimos que no se crea que todo anda bien porque usted asiste a la iglesia los domingos y participa de la Cena del Señor.
Con frecuencia, le instamos que recuerde que no es un cristiano el que lo es solo exteriormente, sino el que ha “nacido de nuevo”, el que tiene una “fe que obra por amor” y es una “nueva creación” por el Espíritu en su corazón. Lo hacemos porque pensamos que es la mente de Cristo. Éste es el tipo de cosas que él enfatiza cuando escribe a las siete iglesias. Creemos que si lo imitamos a él no cometeremos errores graves.
Sé que nos acusan de tener “puntos de vista deficientes” sobre los temas a los cuales me he referido. Poco importa si alguien piensa que nuestros puntos de vista son considerados “deficientes” siempre y cuando nuestra conciencia nos diga que son bíblicos. Los pensamientos elevados, como los llaman, no siempre son terreno seguro sobre el cual transitar. Nuestra respuesta debe ser lo que dijo Balaam: “Lo que hable Jehová, eso diré” (Nm. 24:13).
La verdad simple y llana es que hay dos sistemas cristianos diferentes y separados en Inglaterra hoy día. Es inútil negarlo. Su existencia es una gran realidad y eso hay que entenderlo claramente.
Según uno de los sistemas, la religión es sólo una cuestión corporativa. Uno tiene que pertenecer a cierto grupo de personas. En virtud de ser miembro de este grupo o cuerpo, a uno le son conferidos vastos privilegios, tanto en el tiempo como en la eternidad. Poco importa lo que uno es y lo que siente. No tiene que ponerse a prueba en base a sus sentimientos. Si uno es miembro de una gran corporación eclesiástica, entonces cuenta con todas sus concesiones y privilegios.
¿Pertenece usted a una corporación visible auténtica? Éste es el quid de la cuestión.
Según el otro sistema, la religión es principalmente un asunto personal entre usted y Cristo. Ser miembro de algún cuerpo eclesiástico no le salvará el alma, no importa lo sano que sea ese cuerpo. El solo hecho de ser miembro no le limpiará ni un pecado ni le dará seguridad en el Día del Juicio. Tiene que haber una fe personal en Cristo, una relación personal entre usted y Dios, una comunión personal sentida entre su corazón y el Espíritu Santo. ¿Tiene usted esta fe personal? ¿Siente en su alma la obra del Espíritu Santo? Éste es el quid de la cuestión. Si su respuesta es negativa, usted está perdido.
Este último sistema es al que se aferran y enseñan los que se denominan pastores evangélicos. Lo hacen porque están seguros de que éste es el sistema que enseñan las Sagradas Escrituras. Lo hacen porque están convencidos de que cualquier otro sistema produce consecuencias muy peligrosas y tienen el fin de engañar fatalmente a los hombres en cuanto a su verdadero estado. Lo hacen porque creen que es el único sistema que Dios ha de bendecir y que ninguna iglesia prosperará tanto como aquella en la que el arrepentimiento, la fe, la conversión y la obra del Espíritu son los temas primordiales de los sermones del pastor.
II. “Yo conozco tus obras”
Digo una vez más que repasemos con frecuencia las siete “epístolas a las iglesias”. En segundo lugar, les pido a mis lectores que noten que en cada epístola el Señor Jesús dice: “yo conozco tus obras”. Esta expresión que se repite una y otra vez es muy impresionante. Es por algo que leemos estas palabras siete veces.
A una iglesia el Señor Jesús dice “tu arduo trabajo y tu paciencia”, a otra “tu tribulación y tu pobreza”, a la tercera “tu amor, y fe, y servicio”. En cambio, a todas les dice las palabras que ahora estamos enfocando: “Yo conozco tus obras”. No dice: “Yo conozco la fe que profesas, tus anhelos, tus decisiones y tus anhelos”, sino que dice obras. Yo conozco tus obras.
Las obras de un cristiano profesante son de gran importancia. No pueden salvar su alma. No pueden justificarlo. No pueden limpiarlo de sus pecados. No pueden librarlo de la ira de Dios. Pero porque no puedan salvarlo, no significa que no sean importantes. Tenga cuidado, no sea que se le ocurra creer esto. La persona que lo cree está terriblemente engañada. A menudo, pienso que con gusto moriría por defender la doctrina de la justificación por la fe sin las obras de la ley. Pero mantengo firmemente que, por lo general, las obras del hombre son evidencia de su fe.
Si se denomina usted cristiano, tiene de demostrarlo en su diario vivir y su comportamiento cotidiano. Recuerde que la fe de Abraham y la de Rahab se comprobó por sus obras (Stg. 2:21-26). Recuerde que no le sirve a usted ni me sirve a mí profesar que conozco a Dios, si nuestras obras lo desdicen (Tito 1:16). Recuerde las palabras de nuestro Señor Jesús: “Porque cada árbol se conoce por su fruto” (Lc. 6:44).
Además, sean las que fueren las obras de un cristiano profesante, dice la Palabra: “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Pr. 15:3). Nunca ha realizado usted una acción, por más privada que haya sido, que el Señor no viera. Nunca dijo una palabra, no, ni siquiera un susurro, que Jesús no oyera. Nunca escribió una carta, aun a su amigo más querido, que Jesús no haya leído. Nunca ha tenido un pensamiento, por más secreto que haya sido, que Jesús no sabía. Sus ojos son como fuego que arde. La oscuridad no es oscuridad para él. Todas las cosas le son manifiestas. Le dice a cada uno: “Yo conozco tus obras”.
(a) El Señor Jesús conoce las obras de todas las almas impenitentes e incrédulas y, un día, las castigará. No son olvidadas en el cielo, aunque se olviden en la tierra. Cuando el gran trono blanco esté preparado y los libros sean abiertos, los impíos muertos serán juzgados “según sus obras” (Ap. 20:12-13).
(b)El Señor conoce las obras de su propio pueblo y las pesa. “A él le toca pesar las acciones” (1 S. 2:3). Él conoce el porqué y el para qué de las obras de todos los creyentes. Ve las motivaciones de cada paso que dan. Discierne cuánto se realiza en su nombre y cuánto para ser alabado. ¡Ay! Muchas cosas que hacen los creyentes nos parecen muy buenas a usted y a mí, pero Cristo las da una calificación muy baja.
(c)El Señor Jesús conoce las obras de todos los que pertenecen a su pueblo y, un día, las recompensará.
Nunca pasa por alto una palabra cariñosa ni una buena obra realizada en su nombre. A él le pertenecen todos los frutos de la fe, aun los más pequeños; y los declarará ante el mundo el día de su venida. Si ama usted al Señor Jesús y le sigue, puede estar seguro de que sus obras para el Señor no serán en vano. Las obras de los que mueren en el Señor “con ellos siguen” (Ap. 14:13). No irán antes que ellos, ni a su lado, sino que los siguen y serán los elementos para su balance el día de la venida de Cristo. La parábola de las minas se hará realidad (Lc. 19:12-27). “Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor” (1 Co. 3:8). El mundo no lo conoce a usted porque no conoce a su Hacedor. Pero Jesús ve y sabe todo. “Yo conozco tus obras”.
Reflexione acerca de la advertencia solemne que hay aquí para todo el que profesa una religión mundana e hipócrita. Lea, subraye y digiera estas palabras. Jesús le dice: “Yo conozco tus obras”. Usted puede engañarme a mí y a otros pastores; es fácil hacerlo. Usted puede recibir de mis manos el pan y la copa y, no obstante, estar aferrándose a la iniquidad en su corazón. Puede asistir a la iglesia semana tras semana y escuchar con seriedad las palabras del predicador y, sin embargo, no creerlas. Pero recuerde que no puede engañar a Cristo. Aquel que descubrió lo muerta que estaba la iglesia en Sardis y lo tibia que era la de Laodicea, lo conoce a usted de pies a cabeza, y lo expondrá en el día final, a menos que se arrepienta.
Oh, créame, la hipocresía siempre pierde. Nunca da resultado parecer una cosa y ser otra, ni llamarse cristiano y no serlo. Puede estar seguro de que si le remuerde la conciencia en este sentido, puede estarlo también de que su pecado será descubierto. Los ojos que vieron a Acán robar un lingote de oro y esconderlo, están sobre usted. El libro que registró las obras de Giezi, Ananías y Safira, está registrando sus obras. Jesús, en su misericordia, le envía hoy una advertencia. Dice: “Yo conozco tus obras”.
Por otro lado, piense en el aliento que hay aquí para cada creyente sincero y auténtico. También a usted le dice Jesús: “Yo conozco tus obras”. Usted no ve nada especial en ninguna de sus acciones. Todo le parece imperfecto, manchado y deshonroso. A veces, se siente mal por sus propias faltas. A menudo, siente que toda su vida es un gran error y que cada día es un espacio en blanco o un manchón. Pero sepa ahora que Jesús puede ver algo de hermosura en todo lo que hace con el anhelo consciente de complacerle. Sus ojos pueden discernir la excelencia, aun en lo más pequeño, que es fruto de su propio Espíritu. Él puede sacar las pepitas de oro de la escoria de sus acciones y separar la cizaña del trigo en todos sus quehaceres. Todas sus lágrimas van en su redoma (Sal. 56:8). Sus esfuerzos por ayudar a los demás, por más pequeños que sean, están escritos en su libro memorial. La copa más pequeña de agua, dada en su nombre, recibirá su recompensa. El Señor no olvida sus obras y trabajos de amor, aunque el mundo no los valore.
Parece demasiado maravilloso y sí, lo es. A Jesús le encanta honrar la obra de su Espíritu en su pueblo y de pasar por alto sus flaquezas. Toma en cuenta la fe de Rahab, pero no su mentira. Felicita a sus apóstoles por permanecer con él durante sus tentaciones y no tiene en cuenta su ignorancia y falta de fe (Lc. 12:28). “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Sal. 103:13). Y de la misma manera como un padre de familia se complace con las más pequeñas y dignas acciones de sus hijos, de las cuales los extraños nada saben, se complace el Señor con nuestros débiles esfuerzos por servirle.
Es todo muy maravilloso. Puedo comprender por qué los justos en el Día del Juicio dirán: “¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?” (Mt. 25:37- 39). ¡Les parecerá increíble e imposible haber hecho algo digno de mencionar en aquel gran día! No obstante, así es.
Cobren aliento por esto, todos los creyentes. El Señor dice: “Yo conozco todas tus obras”. Esto debe hacerle humilde, pero no temeroso.
III. Una promesa al que venciere
Les pido a mis lectores que observen, en tercer y último lugar, que en cada epístola el Señor Jesús hace una promesa al que venciere.
Siete veces Jesús promete a las iglesias cosas muy grandes y preciosas. Cada una es diferente y cada una está llena de consolación, pero cada una va dirigida al cristiano vencedor. Es siempre “al que venciere” o “el que venciere”.
Cada cristiano es un soldado de Cristo. Por su bautismo está comprometido a librar la batalla de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. El hombre que no lo hace está rompiendo su pacto. Es un moroso espiritual. No cumple los compromisos que le corresponden. El cristiano que rompe su compromiso, prácticamente, renuncia a su cristianismo. El hecho mismo de que pertenece a una iglesia, asiste a un lugar de adoración cristiano, es una declaración pública de que quiere ser contado como soldado de Cristo.
El Señor provee una armadura para la lucha, pero el cristiano tiene que usarla. “Tomad”, dice Pablo a los efesios, “toda la armadura de Dios”. “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia”. “Y tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”. “Sobretodo, tomad el escudo de la fe” (Ef. 6:13-17).
Y no de menos importancia, el cristiano profesante tiene… - el mejor de los líderes: Jesús, el Capitán de la salvación, por
medio del cual es más que vencedor, - las mejores provisiones: El pan de vida y el agua viva y - la promesa del mejor pago: Un eterno peso de gloria.
Todas estas cosas no son nada nuevo. No me desviaré de mi tema a fin de explicarlas.
Un punto que quiero dejar en su alma ahora es que el creyente auténtico, no sólo es un soldado, sino un soldado victorioso. No sólo profesa luchar del lado de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo, sino que realmente lucha y vence.
He aquí la gran característica que distingue al cristiano auténtico. A otros quizá, les guste solamente el hecho de ser contados en el ejército de Cristo. Otros pueden tener pocos deseos y anhelos lánguidos de lograr la corona de gloria. Pero es únicamente el cristiano auténtico, el que le hace frente a los enemigos de su alma, quien realmente lucha contra ellos y, en esa lucha, los vence.
Una gran lección que deseo que mis lectores aprendan de estas epístolas es que, si han de dar pruebas de haber nacido de nuevo y de que van en dirección al cielo, tienen que ser soldados victoriosos de Cristo. Si anhelan estar seguros de que tienen derecho a las promesas preciosas de Cristo, tienen que pelear la buena batalla en la causa de Cristo y salir airosos.
La victoria es la única evidencia satisfactoria de que tienen una fe salvadora. Quizá les guste escuchar buenos sermones. Respetan la Biblia y la leen ocasionalmente. Elevan a Dios sus oraciones en la noche y en la mañana. Tienen el culto familiar y ofrendan a la obra misionera. Doy gracias a Dios por esto. Pero, ¿cómo va la batalla? ¿Cómo pelean sus batallas durante el tiempo de lucha? ¿Están venciendo el amor al mundo y el temor al hombre? ¿Están venciendo las pasiones, el mal carácter y la lascivia de sus propios corazones? ¿Están resistiendo al diablo y obligándolo a huir? ¿Cómo va esto? Tienen que vencer o servir al pecado, al diablo y al mundo. No hay otra alternativa. Tienen que vencer o ser vencidos para perdición.
Sé muy bien y quiero que ustedes también sepan que es una batalla difícil la que tienen que pelear.
Deben pelear la buena batalla de la fe y soportar aflicciones para alcanzar la vida eterna. Tienen que decidirse a luchar diariamente si quieren llegar al cielo. Puede haber caminos breves al cielo inventados por el hombre, pero el cristianismo legado de la antigüedad es el camino de la cruz, el camino de conflictos. El pecado, el mundo y el diablo tienen que ser realmente mortificados, resistidos y vencidos.
Éste es el camino que los santos de antaño tomaron dejando “su récord en lo más alto”.
(a)Moisés rechazó los placeres pecaminosos en Egipto y escogió las aflicciones del pueblo de Dios. Esto fue vencer: Venció el amor a los placeres.
(b) Micaías se negó a profetizar buen éxito al rey Acab, aunque sabía que profetizar la verdad significaría que sería perseguido. Esto fue vencer: Venció el amor a la comodidad.
(c) Daniel se negó a dejar de orar, aunque sabía que había un foso de leones preparado para él, Esto fue vencer: Venció el temor a la muerte.
(d) Mateo abandonó sus negocios cuando nuestro Señor le pidió que lo siguiera. Esto fue vencer. Venció el amor al dinero. (e) Pedro y Juan ante el concilio dijeron con valentía: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. Esto fue vencer. Vencieron el temor al hombre.
(f)Saulo, el fariseo, renunció a su fama entre los judíos y predicó a ese mismo Jesús que había perseguido. Esto fue vencer: Venció el amor a la alabanza del hombre.
Nosotros tenemos que hacer el mismo tipo de acciones de estos hombres, si queremos ser salvos. Eran hombres con pasiones como las nuestras y las vencieron. Tenían tantas pruebas, como posiblemente tenemos nosotros, pero vencieron. Lucharon. Batallaron. Pelearon. Nosotros tenemos que hacer lo mismo.
¿Cuál fue el secreto de su victoria? Su fe.
Creyeron en Cristo y, creyendo, recibieron fuerzas. Creyeron en Cristo y, creyendo, fueron sostenidos. En todas sus batallas, tuvieron sus ojos puestos en Jesús y él nunca los dejó ni los abandonó. “Y ellos le han vencido [al acusador] por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” y lo mismo sea con nosotros (Ap. 12:11).
Les dejo estas palabras. Les pido que las tomen a pecho. Cada uno decida, por la gracia de Dios, ser un cristiano vencedor.
Me preocupan muchos cristianos profesantes. No veo en ellos ninguna señal de lucha y, menos aún, de victorias. Nunca abren la boca en defensa de Cristo. Están en paz con sus enemigos. No tienen problemas con el pecado. Le advierto que esto no es ser cristiano. Éste no es el camino al cielo.
A menudo, me preocupo mucho por los que escuchan el evangelio regularmente. Me preocupa que se acostumbren tanto a oír su doctrina, que se insensibilizan a su poder. Me temo que su fe se limite a una conversación incierta acerca de su propia flaqueza y corrupción, y algunas expresiones sentimentales acerca de Cristo, mientras ignoran totalmente la necesidad de luchar por Cristo de verdad y en la práctica. Cuídese de no caer en este mismo error. “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores”. ¡Sin victoria no hay corona!
¡Luche y venza! (Stg. 1:22).
Jóvenes y señoritas y, especialmente los que se han criado en un hogar cristiano: Temo por ustedes. Temo que se acostumbren a ceder a las tentaciones. Temo que les dé miedo decirle “¡no!” al mundo y al diablo, y que cuando los pecadores los tientan, no tengan reparos en ceder. Tengan cuidado, les ruego que no cedan. Cada vez que lo hacen, se van debilitando. Salgan al mundo decididos a pelear la batalla de Cristo y a abrirse paso luchando.
Creyentes en el Señor Jesús, de todas las iglesias y posiciones en la vida: Me identifico mucho con ustedes.
Sé que su camino es difícil. Sé que la batalla que tienen que pelear es difícil. Sé que, a menudo, se sienten tentados a decir: “No vale la pena” y a bajar sus brazos.
Anímense queridos hermanos y hermanas. Les ruego que sean valientes. Vean el lado positivo de su posición. Cobren aliento para seguir luchando. El tiempo es breve. El Señor viene pronto. La noche está avanzada. Millones de personas débiles como ustedes han peleado la misma batalla. Ni uno de todos esos millones ha terminado cautivo de Satanás. Sus enemigos son poderosos, pero el Capitán de su salvación es aún más poderoso. Su brazo, su gracia y su Espíritu lo mantendrán en pie. Alégrense. No se desanimen.
¿Qué si pierde una batalla o dos? No las perderá todas. ¿Qué si a veces desmaya? No será destruido. Guárdese del pecado y el pecado no tendrá poder sobre usted. Resista al diablo y él huirá de usted. Aléjese audazmente del mundo y el mundo se verá obligado a dejarlo ir. Al final será más que vencedor.
Aplicación práctica
Daré algunas palabras de aplicación de todo el tema y, con esto, habré terminado.
(a) Para empezar, advierto a todo el que está viviendo solo para el mundo, que piense bien lo que está haciendo. Aunque no lo sepa, usted es enemigo de Cristo. Él conoce sus caminos aunque le esté dando la espalda y se niegue a entregarle su corazón. Está observando su vivir cotidiano y notando lo que hace. Habrá una resurrección de todos sus pensamientos, palabras y acciones. Usted puede olvidarlas, pero Dios no las olvida. Puede ser que usted ni les dé importancia, pero están escritas con cuidado en el libro de memorias. ¡Oh, hombre mundano! ¡Piense en esto! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.
(b)En segundo lugar, advierto a todo formalista y fariseo que mire bien que no sea engañado.
Usted se imagina que irá al cielo porque asiste regularmente a la iglesia. Se queda tranquilo pensando que tiene vida eterna porque siempre participa de la Cena del Señor y su asistencia a los cultos es perfecta. Pero, ¿dónde está su arrepentimiento? ¿Dónde está su fe? ¿Dónde están las evidencias de un nuevo corazón? ¿Dónde están las evidencias de regeneración? ¡Oh, cristiano de nombre solamente! ¡Piense en estas preguntas! ¡Tiemble, tiemble y arrepiéntase!
(c) En tercer lugar, advierto a todo miembro negligente de las iglesias que tengan cuidado, no sea que por su negligencia, su alma termine en el infierno. Usted vive año tras año como si no hubiera ninguna batalla que pelear con el pecado, el mundo y el diablo. Pasa por la vida sonriendo, riendo y portándose como un caballero o una dama, y actúa como si no hubiera un diablo, un cielo ni un infierno. Oh, miembro negligente de la iglesia, episcopal negligente, presbiteriano negligente, independiente negligente, bautista negligente:
¡Despierte para ver las realidades eternas en su verdadera perspectiva! ¡Despierte y póngase la armadura de Dios! ¡Despierte y luche duro por la vida! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.
(d) En cuarto lugar, advierto a todo aquel que quiera ser salvo, que no se contente con las normas del mundo concernientes al cristianismo. Nadie que tiene los ojos abiertos puede dejar de ver que el cristianismo del Nuevo Testamento es muy superior y más profundo que el que profesa la mayoría de los cristianos. Esas prácticas ceremoniosas, fáciles y carentes de obras que la mayoría llama cristianismo, evidentemente, no es el cristianismo del Señor Jesús. Las virtudes que elogia en estas siete epístolas no son las que elogia el mundo. Las cosas que condena son cosas en las que el mundo no ve nada malo. ¡Oh, si su intención es seguir a Cristo, no se contente con el cristianismo del mundo! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.
(e)En último lugar, advierto a todo el que profesa creer en el Señor Jesús, que no se contente con una medida escasa de él.
De todas las cosas que se ven en la iglesia de Cristo, no hay ninguna más penosa que el cristiano que se contenta y está satisfecho con un poquito de gracia, un poquito de arrepentimiento, un poquito de fe, un poquito de conocimiento, un poquito de amor y un poquito de santidad. Le ruego a cada uno que lee estas líneas que no sea ese tipo de cristiano. Si quiere ser útil, si desea promover la gloria de su Señor y si anhela paz interior, no se contente con solo un poquito de cristianismo.
En cambio, busquemos cada día de nuestra vida progresar espiritualmente cada vez más, crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús, ser más humildes y conocernos mejor, crecer en espiritualidad, pensando en el cielo y conformarnos, cada vez mejor, a la imagen de nuestro Señor.
Tengamos cuidado de no dejar nuestro primer amor como la iglesia en Éfeso, de ser tibios como la de Laodicea, de tolerar prácticas falsas como la de Pérgamo, de jugar con falsas doctrinas como la de Tiatira y de estar al borde de la muerte como la de Sardis.
En cambio, anhelemos los dones mejores. Sea nuestra meta lograr una santidad excelente. Procuremos ser como la iglesia de Esmirna y la de Filadelfia. Mantengamos, sin fluctuar, lo que ya tenemos y procuremos, continuamente, lograr más. Trabajemos para ser incuestionablemente cristianos. Que no seamos identificados como hombres de ciencia, ni escritores exitosos, ni hombres de mundo, ni gente divertida ni hombres de negocios, sino “hombres de Dios”. Vivamos de modo que todos vean que lo más importante para nosotros es todo lo que se relaciona con Dios y que la gloria de Dios es nuestra primera prioridad, seguir a Cristo el gran objetivo del presente y estar con Cristo, el gran anhelo para la vida venidera.
Vivamos de esta manera y seremos felices. Vivamos de esta manera y le haremos bien al mundo. Vivamos de esta manera y dejaremos buena evidencia detrás de nosotros cuando muramos. Vivamos de esta manera y lo que el Espíritu dijo a las iglesias no habrá sido dicho en vano.
