Lot: Una luz de advertencia
“Deteniéndose él…”. Génesis 19:16
Las Sagradas Escrituras, que fueron escritas para nuestra instrucción, contienen luces de advertencia, al igual que modelos a imitar. Nos muestran ejemplos de lo que debemos evitar, al igual que ejemplos que debemos seguir. El hombre, cuyo nombre encabeza esta página, ha sido puesto como una luz de advertencia para toda la iglesia de Cristo. Nos presenta su carácter en dos breves palabras:
“Deteniéndose él”. Se detuvo. Tomemos asiento y observemos esta luz de advertencia por unos minutos. Consideremos a Lot.
¿Quién es este hombre que se detuvo? Es el sobrino del fiel Abraham. ¿Y cuándo fue que se detuvo? La misma mañana en que Sodoma iba a ser destruida.
¿Y dónde se detuvo? Dentro de las paredes de Sodoma misma. ¿Y ante quién se detuvo? Ante la vista de dos ángeles enviados para sacarlo de la ciudad. ¡Incluso en ese momento se detuvo!
Las palabras son solemnes y llenas de elementos que nos hacen pensar. Debieran sonar como una trompeta en los oídos de todos los que profesan alguna religión. Espero que hagan pensar a cada lector de estas páginas. ¿Quién sabe si no son justo las palabras que su alma requiere? La voz del Señor Jesucristo le manda: “Acordaos de la mujer de Lot” (Lc. 17:32). Las palabras de uno de sus siervos le invitan hoy a recordar a Lot.
Trataré de mostrar:
I. Lo que Lot era en sí mismo.
II. Lo que el texto ya citado dice de su comportamiento.
III. Las razones por las que quizá se detuvo.
IV. Qué clase de fruto dio el hecho que se detuvo.
Pido la atención de todos los que tienen razón para creer que son verdaderos cristianos y anhelan vivir vidas santas.
Establezcamos este principio en nuestras mentes: si seguimos la santidad, no debemos “detenernos”.
I. ¿Qué era Lot?
Lo digo una vez más: Lot es una luz de advertencia.
Éste es un punto muy importante. Si no me aseguro de que usted lo note, podría perderme la clase de cristianos profesantes a quienes quiero beneficiar de un modo especial. Si no lo presento con claridad, muchos quizá digan después de leer este capítulo: “¡Ay! ¡Lot era un hombre malo, un pobre ser, malvado y oscuro: Un hombre inconverso, un hijo de este mundo! Con razón se detuvo”.
Pero ahora preste mucha atención a lo que digo. Lot distó mucho de ser algo así. Lot era un creyente verdadero, un convertido, un auténtico hijo de Dios, un alma justificada, un hombre justo.
¿Tiene alguno de mis lectores gracia en su corazón? Lot también la tenía.
¿Tiene alguno de mis lectores esperanza de salvación? Lot también la tenía. ¿Es alguno de mis lectores un viajero en el camino angosto que conduce a la vida? Lot también lo fue.
Nadie piense que esto es sólo mi opinión particular, una mera fantasía mía, una noción que no tiene fundamento bíblico. Nadie suponga que quiero que lo crea sólo porque yo lo digo. El Espíritu Santo ha colocado el asunto, libre de posibles controversias, llamándolo “justo” y “recto” (2 P. 2:7-8) y nos ha dado evidencias de que la gracia moraba en él.
Una evidencia es que vivía entre hombres impíos “viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos” y la maldad a su alrededor (2 P. 2:8) y, aun así, él mismo no era impío. Ahora bien, para ser un Daniel en Babilonia, un Abdías en la casa de Acab, un Ahías en la familia de Jeroboam, un santo en la corte de Nerón y un “hombre justo” en Sodoma, uno tiene que tener la gracia de Dios.
Sin su gracia sería imposible ser como alguno de estos hombres.
Una segunda evidencia es que “veía a los prevaricadores” y se contrariaba por lo que veía a su alrededor (2 P. 2:7, 8). Se sentía herido, triste, dolorido y lastimado ante la presencia del pecado. Esto era sentirse como el santo David, quien dice: “Veía a los prevaricadores, y me disgustaba, Porque no guardaban tus palabras”, “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Sal. 119: 158, 136). Esto era sentirse como San Pablo, quien dice: “Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón,… por amor a mis hermanos” (Ro. 9:2, 3). Nada puede ser la razón de esto, sino la gracia de Dios.
Un tercera evidencia es que “afligía cada día su alma justa” (2 P. 2:8). No sucedió que se hizo indiferente o que se entibió ante el pecado, como sucede con muchos. La familiaridad y el hábito no le quitaron el filo a sus sentimientos, como sucede con demasiada frecuencia. Para muchos es un shock y un susto ver por primera vez una iniquidad, pero al final se acostumbran tanto que la ven con bastante apatía. Esto es así, especialmente con los que viven en grandes ciudades, o con ingleses que viajan en el continente. Estos, a menudo, terminan siendo totalmente indiferentes al hecho de que no se observa el Día del Señor y a muchas formas de pecados. Pero no fue así con Lot. Y también esto es una gran señal de la realidad de su gracia.
Así era Lot: Un hombre justo y recto, un hombre sellado como heredero al cielo por el Espíritu Santo mismo.
Antes de seguir adelante, recordemos que un cristiano auténtico puede tener muchas manchas, muchos defectos y muchas debilidades y, aun así, ser un cristiano auténtico. No despreciamos al oro porque esté mezclado con mucha escoria. No le quitemos valor a la gracia porque está acompañada de mucha corrupción. Siga leyendo y verá que Lot pagó caro por “detenerse”. Pero no se olvide, al ir leyendo, que Lot era un hijo de Dios.
II. El comportamiento de Lot
Sigamos con el segundo punto que he mencionado. ¿Qué nos dice el texto ya citado sobre el comportamiento de Lot?
Las palabras son increíbles y asombrosas: “Deteniéndose él”. Cuanto más consideremos las circunstancias, más increíbles nos parecerán.
Lot conocía la condición aterradora de la ciudad en que se encontraba. “El clamor” de sus abominaciones había “subido de punto delante de Jehová” (Gn. 19:13). Sin embargo, se detuvo.
Lot conocía el juicio horroroso que estaba a punto de sobrevenir a todos los que moraban dentro de los confines de sus muros. Los ángeles habían dicho claramente: “Por tanto, Jehová nos ha enviado para destruirlo” (Gn. 19:13). Sin embargo, se detuvo.
Lot sabía que Dios era un Dios que siempre cumplía sus promesas y, si decía que iba a hacer algo, era seguro que lo haría. No podía ser sobrino de Abraham, vivir mucho tiempo con él y no tener conciencia de esto. Sin embargo, se detuvo.
Lot creía que había peligro porque fue donde estaban sus yernos y les advirtió que huyeran. “Levantaos”, les dijo, “salid de este lugar; porque Jehová va a destruir esta ciudad” (Gn. 19:14). Sin embargo, se detuvo.
Lot vio a los ángeles de Dios esperando que él y su familia partieran. Oyó la voz de esos ministros de ira retumbándole en los oídos para apurarlos: “Levántate, toma tu mujer, y tus dos hijas que se hallan aquí, para que no perezcas en el castigo de la ciudad” (Gn. 19:15). Sin embargo, se detuvo.
Lot fue…
- lento cuando debió ser rápido,
- atrasado cuando debió ser adelantado,
- demorado cuando debió estar apurándose,
- perdiendo el tiempo cuando debió estar aprovechándolo y - frío cuando debió ser ferviente.
¡Es más que extraño! ¡Parece casi increíble! ¡Aparenta ser demasiado fantástico para ser verdad! Pero el Espíritu lo escribe para nuestra instrucción. Y así fue.
Y aun así, por increíble que parezca a primera vista, me temo que hay muchos entre el pueblo del Señor Jesucristo muy parecidos a Lot.
Pido a cada lector que se grabe muy bien lo que digo. Repito que es imposible que haya algún error en cuanto a su significado. He demostrado que Lot “se detuvo”. Afirmo que hay muchos hombres cristianos y mujeres cristianas hoy que son muy parecidos a Lot.
Hay muchos verdaderos hijos de Dios que parecen saber más de lo que llevan a la práctica, ven mucho más de lo que ponen por obra y se mantienen en este estado por muchos años. ¡Increíble que van la distancia que van y, después, se quedan allí!
Reconocen a la Cabeza que es Cristo y aman la verdad. Les gusta la predicación profunda y coinciden con cada artículo de la doctrina cristiana cuando lo oyen. Pero aun así, hay algo imposible de describir que no es satisfactorio en ellos. Están haciendo constantemente cosas que desilusionan a sus pastores y amigos cristianos más consagrados. ¡Es asombroso que piensen como piensan y, aun así, que se queden frenados donde están, se detienen!
Creen en el cielo y, sin embargo, poco parecen anhelarlo. También creen en el infierno y, sin embargo, poco parecen temerlo. Aman al Señor Jesús y, sin embargo, el trabajo que hacen para él es poco.
Aborrecen al diablo, pero a menudo parecen tentarlo para que se acerque a ellos.
Saben que el tiempo es breve y, sin embargo, viven como si fuera extenso. Saben que tienen una batalla que librar y, sin embargo, aparentan tener paz.
Saben que tienen una carrera que correr, y sin embargo, parecen quedarse sentados.
Saben que el juez está a la puerta y que hay una ira venidera, y, sin embargo, parecen estar adormecidos.
¡Es sorprendente que sean lo que son y, sin embargo, no pueden llegar a ser nada más!
¿Y qué diremos de estas personas? A menudo dejan pasmados a sus amigos y familiares consagrados. Con frecuencia causan gran ansiedad. Repetidamente generan grandes dudas y análisis introspectivos. No obstante, pueden ser clasificados bajo una descripción contundente: Todos son hermanos y hermanas de Lot. Se detienen.
¡Estos son aquellos a quienes se les ocurre que es imposible que todos los creyentes sean muy santos y muy espirituales! Admiten que una santidad insigne es maravillosa. Les gusta leer acerca de ella en los libros, inclusive a veces, les inspira verlo en los demás. Pero no piensan que la intención es que todos deben aspirar a una norma tan elevada. Sea como fuera, parece que decidirse está fuera de su alcance.
Estos son aquellos a quienes se les mete en la cabeza ideas falsas sobre el amor, como le llaman ellos. Tienen un temor mórbido de ser intolerantes y cerrados, y están siempre volando al extremo opuesto. Anhelan complacer a todos y estar de acuerdo con todos. Pero se olvidan que primero deben estar seguros de que complacen a Dios.
Estos son aquellos a quienes les da pavor tener que sacrificarse y rehúyen tener que negarse a sí mismos. Parece que nunca pueden aplicar el mandato de nuestro Señor de “tomar la cruz” y “cortar su mano derecha” (Lc. 9:23; Mt. 5:29, 30).
No pueden negar que nuestro Señor usó estas expresiones, pero nunca les encuentran un lugar en su propia religión. Se pasan la vida tratando de hacer más ancha la puerta y más liviana la cruz. Pero nunca tienen éxito.
Estos son los que siempre están tratando de andar al ritmo del mundo.
Estos son ingeniosos en descubrir razones para no separarse contundentemente del mundo y en dar excusas convincentes para participar de diversiones cuestionables y para frecuentar amistades objetables. Un día le cuentan a uno que asistieron a un estudio bíblico y el día siguiente quizá le cuentan que fueron a un baile. Un día ayunan o participan de la Cena del Señor y otro día van al hipódromo durante la mañana y en la noche a la ópera. Un día su entusiasmo por el sermón predicado por un predicador impresionante casi los lleva a la histeria y otro día están llorando al leer una novela. Están constantemente esforzándose por convencerse a sí mismos de que mezclarse un poquito con la gente mundana en su entorno, hace bien. No obstante, en su caso, resulta muy claro que no les hace nada de bien, sino sólo daño.
Estos son los que no tienen el valor de luchar contra sus pecados, ya sea pereza, indolencia, mal carácter, orgullo, egoísmo, impaciencia o lo que sea. Permiten que estos sean un inquilino tolerablemente quieto y tranquilo de sus corazones. Dicen que es por su “salud, su temperamento, sus pruebas o su manera de ser. Su padre, su madre o su abuela eran iguales, por lo que están seguros de que no lo pueden remediar”. ¡Y cuando uno los vuelve a ver después de más o menos un año, usted escuchará la misma historia!
Pero todo, todo, sí todo puede resumirse en una sola oración, son hermanos y hermanas de Lot. Se estancan, se detienen.
¡Ay, si es usted un alma que se mantiene detenida, no es feliz!
Usted sabe que no lo es. Sería raro que lo fuera. El detenerse es la destrucción segura del cristianismo feliz. La conciencia del que se detiene le prohíbe disfrutar de paz interior.
Quizá en algún momento todo marchaba bien. Pero ha dejado su primer amor y, desde entonces, nunca ha sentido la misma tranquilidad y no volverá a sentirla hasta que vuelva a sus “primeras obras” (Ap. 2:5). Como Pedro, cuando prendieron al Señor Jesús, lo están siguiendo de lejos y como en el caso del Apóstol, su camino no es agradable, sino difícil.
Venga y observe a Lot. Venga y tome nota de la historia de Lot.
Venga, considere el “detenerse” de Lot y sea sabio.
III. Razones por las cuales Lot se detuvo
Consideremos ahora las razones que pueden haber contribuido a que Lot se detuviera.
Ésta es una cuestión muy importante y le pido que le dé su más seria atención. Saber el origen de una enfermedad es un paso hacia su remedio. Aquel a quien le advierten, de antemano lo arman.
¿Quién entre mis lectores se siente seguro y no teme detenerse? Venga y escuche mientras le cuento algunos pasajes de la historia de Lot. Si actúa como lo hizo él, será un milagro si al final su alma no esté en el mismo estado que la de él.
(1)Una cosa que observo en Lot es que tomó una decisión equivocada siendo muy joven.
Hubo un tiempo cuando Abraham y Lot vivían juntos. Ambos eran ricos y ya no podían seguir viviendo juntos. Abraham, el mayor de los dos, con verdadera humildad y cortesía, le dio a Lot el privilegio de escoger las tierras que prefería cuando resolvieron separarse. Le dijo: “Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda” (Gn. 13:9).
¿Y qué hizo Lot? Nos dice la Biblia que vio que los valles del Jordán, cerca de Sodoma, eran ricos,
fértiles y recibían abundante lluvia. Eran tierras buenas para pastar el ganado. Él tenía muchos rebaños y ganados, y los campos eran precisamente los que estos requerían. Y estas tierras fueron las que escogió sencillamente porque eran “de riego” (Gn. 13:10).
¡Estaba cerca de la ciudad de Sodoma! No le importaba. ¡Los hombres de Sodoma, que serían sus vecinos, eran impíos! No le interesaba. ¡Eran extremadamente pecadores ante Dios! No le incumbía. La llanura era rica. Las tierras eran buenas. Quería una región así para sus rebaños y sus ganados. Y ante este argumento, todos sus escrúpulos y dudas, si es que los tenía, desaparecieron. a)Escogió por vista, no por fe.
b)No le pidió consejo a Dios, para que lo preservara de los errores.
c) Consideró las cosas temporales, no las eternas.
d)Pensó en sus ganancias mundanas y no las de su alma.
e) Tuvo en cuenta sólo lo que le beneficiaría en esta vida y olvidó la seria cuestión de la vida venidera.
Éste fue un mal comienzo.
(2)Pero observo también que Lot se mezcló con pecadores cuando no tenía ninguna razón para hacerlo.
Al principio mismo, Lot “fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma” (Gn. 13:12).
Ya he demostrado que esto fue un gran error.
Pero la próxima vez que es mencionado, nos encontramos con que está viviendo en la misma Sodoma. El Espíritu dice expresamente: “Moraba en Sodoma” (Gn. 14:12). Dejó sus tiendas. Renunció a sus tierras. Ocupó una casa en las calles mismas de la impía ciudad.
El texto no nos dice la razón de este cambio. No sabemos de ninguna situación que lo hubiera causado. Estamos seguros de que no puede haber sido por mandato de Dios. Quizá a la esposa le gustaba la ciudad mejor que el campo, a fin de poder formar parte de la sociedad. Se nota a ojos vista que carecía de gracia.
Quizá convenció a Lot que era necesario para beneficio de sus hijas, para que pudieran casarse y tener una vida tranquila. Quizá las hijas lo instaron a vivir en la ciudad para poder tener amistades divertidas. Es evidente que eran chicas con una mentalidad ligera. Quizá a Lot mismo le gustaba la idea, a fin de ganar más con sus rebaños y ganados. Al hombre nunca la faltan razones para confirmar su voluntad. Pero una cosa es segura: Lot vivió en medio de Sodoma sin una razón válida.
Cuando el hijo de Dios hace estas dos cosas que he mencionado, nunca debe sorprendemos si, a la larga, recibimos malas noticias de su alma. No nos debe sorprender si hace oídos sordos a la voz de advertencia acerca de aflicciones futuras, como las tuvo Lot (Gn. 14:12), y termina deteniéndose en el día de tribulaciones y peligros, como lo hizo Lot.
Tome una decisión equivocada en la vida, una decisión no bíblica, asiéntese innecesariamente en medio de un pueblo mundano y estará en la condición más segura para perjudicar su propia espiritualidad y de retrasarse en lo que a su eternidad se refiere. Éste es el modo de hacer que el pulso de su alma lata débil y lánguidamente. Es la manera de embotar e insensibilizar sus sentimientos sobre el pecado. Es la forma de apagar los ojos de su discernimiento espiritual hasta que apenas puede ver la diferencia entre el bien y el mal, y de caminar a los tropezones. Éste es el modo de causarle parálisis moral a sus pies y demás miembros, y lo hacen andar a tambaleante y temeroso por el camino a Sion como si el saltamontes fuera una carga. Es la manera de franquearle la puerta a su peor enemigo, para darle al diablo terreno ventajoso en la batalla, de amarrar sus brazos en la lucha, de encadenar las piernas al correr, secar la fuente de su fuerza, de quitarle su energía, de cortarse el cabello, como Sansón, y entregarse a los filisteos, arrancarse sus propios ojos, girar el molino en la prisión y ser un esclavo.
Ruego a todo lector de este libro que preste mucha atención a lo que estoy diciendo. Grabe estas cosas en su mente. No las olvide. Recuérdelas al amanecer. Tráigalas a su mente al anochecer. Deje que penetren profundamente en su corazón. Si alguna vez va estar a salvo de “detenerse”, no se mezcle innecesariamente con gente mundana. ¡Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot! Si usted no quiere que el estado de su alma sea seco, torpe, embotado, perezoso, estéril, pesado, carnal, estúpido y obtuso, ¡cuídese de no tomar una decisión como la de Lot!
(a) Recuerde esto cuando va a escoger un lugar donde vivir o residir. No basta con que la casa sea cómoda, bien ubicada, donde se respira aire puro, el vecindario es agradable, el alquiler o el precio bajo, y el costo de vida bajo también. Hay también otros factores para tener en cuenta. Debe pensar en su alma inmortal. El entorno de la casa en la cual usted está pensando ¿lo ayudará a ir al cielo o al infierno? ¿Se predica el evangelio en las cercanías? ¿Está al alcance de su puerta el Cristo crucificado? ¿Tiene cerca a un verdadero siervo de Dios que vele por su alma? Le insto encarecidamente que si ama la vida, no pase por alto esas condiciones tan importantes. Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot.
(b)Recuerde esto al escoger un llamado, una posición o una profesión en la vida. No basta que el sueldo sea alto, bueno el jornal, fácil el trabajo, numerosos los beneficios y muy favorables las perspectivas de ser ascendido. Piense en su alma, su alma inmortal. ¿Prosperará o se retrasará? ¿Tendrá libre los domingos y podrá contar con un día por semana para sus asuntos espirituales? Le ruego, por la misericordia de Dios, que tenga cuidado con lo que hace. No tome decisiones impulsivas. Considere al lugar desde todos los puntos de vista; el de Dios, al igual que el del mundo. El oro se puede pagar demasiado caro. Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot.
(c) Si es usted soltero o soltera, recuerde esto al escoger esposo o esposa. No basta con que le agrade su aspecto, que tengan los mismos gustos, que congenien en lo que piensan, que haya afecto y cariño y que luchen juntos por tener un hogar cómodo para toda la vida. Se necesita algo más que esto. Hay una vida venidera. Piense en su alma, su alma inmortal. ¿Será impulsada hacia arriba o arrastrada hacia abajo por la unión que está planeando? ¿Será un matrimonio más celestial o más terrenal, vivido más cerca de Cristo o del mundo? ¿Su fe será cada vez más fuerte o más débil? Le ruego, por todas sus esperanzas de gloria, que incluya esto en sus cálculos. Decía el anciano Baxter: “Piense, piense y vuelva a pensar” antes de comprometerse. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Co. 6:14). El matrimonio no se menciona en ninguna parte como un medio de conversión. Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot.
(d) Recuerde esto si alguna vez le ofrecen un trabajo en el ferrocarril. No basta recibir un buen sueldo y tener un empleo fijo, la confianza de los directores y la posibilidad de que le den un ascenso. Por supuesto, estas cosas son muy buenas, pero no lo son todo. ¿Cómo le irá a su alma si trabaja en una compañía ferroviaria que corre los trenes los domingos? ¿De qué día dispondrá para dedicarle a Dios y a los asuntos de la eternidad? ¿Qué oportunidades tendrá para oír la predicación del evangelio? Le advierto con toda seriedad que piense en esto. De nada le valdrá llenar su bolsa si su alma pasa hambre y se empobrece. ¡Cuidado con vender su Día del Señor para tener una buena posición! Recuerde el plato de lentejas de Esaú. ¡Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot!
Algún lector puede pensar: “El creyente no tiene nada que temer; es una oveja de Cristo, nunca perecerá, no puede sufrir mucho daño. No puede ser que tales pequeñeces sean tan importantes”.
Bueno, puede pensar eso, pero le advierto que si descuida estos asuntos, su alma nunca prosperará.
Es cierto que el verdadero creyente no será echado fuera aunque se detenga. Pero si lo hace, es inútil suponer que su fe prosperará. La gracia es una planta tierna. A menos que la valore y cuide bien, pronto se debilitará en este mundo impío. El oro más brillante pronto pierde su brillo cuando se lo expone a un ambiente húmedo. El hierro más caliente pronto se enfría. Se requiere esfuerzo y trabajo para lograr que llegue a estar al rojo vivo, pero no requiere más que dejarlo estar o un poco de agua fría para que se ponga negro y duro.
Puede usted ser ahora un cristiano ferviente y celoso. Puede que se sienta como David en su prosperidad: “No seré jamás conmovido” (Sal. 30:6). Pero no se engañe. No tiene que seguir las pisadas de Lot y tomar las decisiones que Lot tomó para llegar pronto al estado del alma de Lot. Haga lo que él hizo, actúe como actuó él, y tenga por seguro que pronto descubrirá que se ha convertido en un rezagado infeliz como él. Descubrirá, como Sansón, que ya no cuenta con la presencia del Señor. Probará, para su propia vergüenza, que es un hombre indeciso y vacilante en el día de la prueba. A su fe le atacará un cáncer que arrasará con su vitalidad sin que usted se dé cuenta. Su fortaleza espiritual se debilitará lentamente como si tuviera tuberculosis. Y a la larga, despertará para encontrarse con que sus manos apenas sí pueden realizar la obra del Señor, sus pies apenas lo pueden arrastrar por el camino del Señor y su fe no es más grande que un grano de mostaza; y esto, quizá suceda en un momento decisivo de su vida, en un momento cuando el enemigo viene, como una inundación, precisamente cuando su necesidad es más dolorosa. (Ver Sal. 106:15).
¡Ay, si no quiere detenerse en su fe, considere estas cosas! ¡Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot!
IV.El fruto de la vida de Lot
Veamos ahora qué tipo de fruto produjo al final de cuentas el espíritu rezagado de Lot.
No quiero pasar por alto este punto por muchas razones y, especialmente, en la actualidad. No son pocos los que dirían: “Después de todo, Lot era salvo, fue justificado, llegó al cielo. Esto es todo lo que yo pretendo. Si llego al cielo, con esto me contento”. Si esto es lo que piensa en su corazón, haga una pausa y lea un poquito más. Le mostraré algunas cosas en la historia de Lot que merecen atención y, quizá, lo motiven a cambiar de idea.
Creo que es de gran importancia dar nuestra atención a este tema. Siempre afirmaré que una santidad prominente y una utilidad insigne se relacionan estrechamente, que la felicidad y “seguir al Señor totalmente” van de la mano, y que si los creyentes se detienen no pueden esperar ser útiles en su día y generación, ni ser muy santos ni parecidos a Cristo, ni disfrutar de gran tranquilidad y paz simplemente porque creen.
(a)Destaquemos entonces, para empezar, que Lot no hizo ningún bien entre los habitantes de Sodoma.
Es probable que Lot haya vivido muchos años en Sodoma. Sin duda, tuvo oportunidades preciosas de hablar de las cosas de Dios y de apartar del pecado a las almas. Pero parece que no hizo nada. No parece haber tenido ninguna influencia sobre la gente que vivía a su alrededor. No contaba para nada con el respeto y la reverencia que hasta los hombres del mundo, a menudo, muestran hacia un buen siervo de Dios.
No se pudo encontrar ni una persona justa en toda Sodoma fuera de las paredes de la casa de Lot. Ni uno de sus vecinos creía su testimonio. Ni uno de sus conocidos honraba al Señor que él adoraba. Ni uno de sus sirvientes servía al Dios de su amo. A nadie “de ninguna parte” le importada para nada su opinión cuando trató de contener su maldad. Dijeron: “Vino este extraño para habitar entre nosotros, ¿y habrá de erigirse en juez?” (Gn. 19:9). Su vida no tenía ninguna influencia, sus palabras no eran escuchadas ni su fe atrajo a nadie de modo que la siguiera.
¡Y de verdad que no me extraña! Por regla general, las almas inactivas no le hacen ningún bien al mundo ni traen mérito alguno a la causa de Dios. Su sal no tiene sabor suficiente para curar la corrupción a su alrededor. No son “cartas conocidas y leídas por todos” (2 Co. 3:2). No hay nada magnético, ni atractivo, ni nada que refleje a Cristo en su manera de ser. Recordémoslo.
(b)Destaquemos, en segundo lugar, que Lot no ayudó a su familia, ni a sus parientes ni a aquellos con los que se relacionó, a ir al cielo.
No conocemos el tamaño de su familia. Pero sabemos que tenía una esposa y al menos dos hijas el día que fue llamado a partir de Sodoma, si es que no tenía más.
Pero independientemente que la familia de Lot haya sido grande o pequeña, una cosa es perfectamente clara: ¡No había ni uno entre ellos que temiera a Dios!
Cuando “habló a sus yernos, los que habían de tomar sus hijas” y les advirtió que huyeran del juicio que venía a Sodoma, dice la Biblia que les “pareció a sus yernos como que se burlaba” (Gn. 19:14). ¡Qué palabras terribles son éstas! Era como decir: “¿A quién le importa lo que dice usted?”. Mientras dure el mundo, esto será prueba dolorosa del desprecio que se siente por el que está “detenido” en su fe.
¿Y qué de la esposa de Lot? Dejó la ciudad en su compañía, pero no llegó lejos. No tenía la suficiente fe como para ver la necesidad de una huida apresurada. Dejó su corazón en Sodoma cuando comenzó a huir. Mientras caminaban, a espaldas de su marido, miró hacia atrás a pesar del mandato explícito de no hacerlo (Gn. 19:17), convirtiéndose inmediatamente en una estatua de sal (Gn. 19:26).
¿Y qué de las dos hijas de Lot? Escaparon, por cierto, pero sólo para hacer la obra del diablo. Se convirtieron en las tentadoras que condujeron a su padre a cometer una iniquidad, a perpetrar el más inmundo de los pecados.
En suma, ¡Lot parece haber estado sólo, aun en su familia! ¡No fue usado como medio para conseguir que ni siquiera un alma se apartara de las puertas del infierno!
Y no me extraña. Las almas que se detienen se ven a través de sus propias familias y, cuando uno las ve de cerca, son despreciados. Si sus parientes más cercanos entienden sólo una cosa de la fe cristiana, ésta es la inconsecuencia. Seguramente esos parientes piensan: “Si creyera todo lo que profesa creer, no seguiría como sigue”. Los padres de familia que se detienen, rara vez tienen hijos consagrados. Los ojos del hijo absorben mucho más que los oídos. El niño siempre observará lo que hacemos, mucho más que lo que decimos. Recordemos esto.
(c)Destaquemos, en tercer lugar, que Lot no dejó evidencias
cuando falleció. Poco sabemos de Lot después de que huyó de Sodoma y, lo poco que sabemos, es negativo.
Su ruego por ir a Zoar, porque era “pequeña”, su partida de Zoar después y su conducta en la cueva, cuentan la misma historia. Demuestran la poca gracia en él y el estado degradante en el que había caído su alma.
No sabemos cuánto tiempo más vivió después de su huida. No sabemos dónde murió ni cuándo, tampoco si volvió a ver a Abraham, de qué murió ni lo que decía y pensaba. Todo esto es un misterio. La Biblia nos cuenta de los últimos días de Abraham, Isaac, Jacob, José y David, pero ni una sola palabra acerca de Lot. ¡Oh, que lecho de muerte tan sombrío debió haber sido el de Lot!
La Biblia parece correr un velo a su alrededor. Hay un silencio doloroso acerca de los últimos días de su vida y su final. Parece extinguirse como se extingue una lámpara dejando tras sí un legado amargo. Y si no fuera porque el Nuevo Testamento dice específicamente que Lot era “justo”, creo que, de hecho, dudaríamos de que Lot hubiera sido un alma salvada.
Pero no me extraña su triste final. El creyente que se detiene, que se mantiene pasivo, por lo general, cosecha según lo que sembró. A menudo, la muerte lo sorprende cuando está detenido. El final lo encuentra con poca paz. Llega al cielo, es cierto; pero llega en malas condiciones, cansado, con los pies lastimados, con debilidad y lágrimas, en la oscuridad y la tormenta. Es “salvo, aunque así como por fuego” (1 Co. 3:15).
Le pido al lector de estas líneas que considere las tres cosas que acabo de mencionar. No me malentienda. ¡Es asombroso observar qué pronto aprovecha la gente cualquier excusa para entender mal las cosas que conciernen a su alma!
No digo que todos los creyentes que no se “detienen”, por no hacerlo, sean grandes instrumentos de provecho para el mundo. Noé predicó ciento veinte años, a pesar de que nadie le creía. El Señor Jesús no era estimado por su propio pueblo, el judío.
Ni digo que todos los creyentes que no se detienen, por no hacerlo, sean el medio para que sus familias y parientes se conviertan. Muchos de los hijos de David eran impíos. Al Señor Jesús no le creían ni sus propios hermanos.
Pero sí digo que, es casi imposible, no ver alguna relación entre la mala elección de Lot con el hecho que se detuvo, y entre el que Lot se detuviera y el hecho de que no fue de provecho alguno para su familia y el mundo. Creo que fue la intención del Espíritu que lo viéramos. Creo que el Espíritu tuvo la intención de que fuera una luz de advertencia para todos los cristianos profesantes. Y estoy seguro de que las lecciones que he tratado de sacar de toda esta historia merecen una reflexión seria.
Últimas palabras
Y ahora, deseo decir unas últimas palabras a todo el que lee este escrito y, especialmente, al que se considera creyente en Cristo.
No quiero entristecerlos.
No quiero darles una perspectiva sombría del peregrinaje cristiano. Mi único objetivo es darles cariñosas advertencias. Anhelo paz y tranquilidad para todos ustedes. Me encantaría verlos felices, al igual que seguros, gozosos, al igual que justificados. He hablado como lo he hecho por su bien.
Vivimos en una época cuando abunda la religión pasiva, que se detiene, como se detuvo Lot. En muchos lugares, la corriente de profesiones de fe es mucho más ancha de lo que una vez fue, pero mucho menos profunda. Podríamos decir que, casi está de moda, cierto tipo de cristianismo que se define por…
- pertenecer a alguna facción de la Iglesia Anglicana, que muestra su
celo por sus intereses, - hablar de las principales controversias de la actualidad, - comprar libros religiosos populares en cuanto se publican y
colocarles en la mesa, - asistir a reuniones, suscribirse a asociaciones, discutir los
méritos de predicadores, - entusiasmarse y emocionarse por cada nueva forma de
religión sensacionalista que aparece…
todas éstas, son prácticas comunes y comparativamente fáciles. No hacen que una persona sea singular. Requiere pocos sacrificios o ninguno. No implica una cruz.
En cambio…
- caminar estrechamente con Dios,
- ser realmente espiritual,
- comportarse como extranjeros y peregrinos,
- ser diferentes del mundo en el empleo del tiempo, en la
conversación, las diversiones y en el vestir, - dejar un sabor de nuestro Maestro en todos los lugares de trabajo, - orar, ser humilde, generoso, de buen carácter, callado, fácil de
complacer, caritativo, paciente, sumiso,
- temer celosamente todo tipo de pecado y experimentar temor y
temblor al estar consciente de nuestros peligros del mundo… ¡Éstas, éstas siguen siendo virtudes que pocas veces se ven! No son comunes entre los que se llaman verdaderos cristianos y, lo peor de todo es que, uno ni se da cuenta de que no las tiene, ni lo lamenta como debiera.
En una época como ésta me atrevo a ofrecer mis consejos a cada lector creyente. No los rechace. No se enoje conmigo porque hablo directamente. Le ruego que considere las palabras del apóstol Pedro:
“Procurad hacer firme vuestra vocación y elección” (2 P. 1:10). Le ruego que no sea indolente, no sea negligente, no se contente con una medida escasa de gracia ni tampoco con ser un poquito mejor que el mundo. Le advierto seriamente que no intente hacer algo que nunca puede hacerse, es decir, servir a Cristo y, a la vez, andar en el mundo. Le insto y le ruego que sea un cristiano de todo corazón, que procure una santidad insigne, que apunte a un grado superior de santificación, que viva una vida consagrada, que presente su cuerpo como “sacrificio vivo” a Dios, que ande “también por el Espíritu” (Ro. 12:1; Gá. 5:25). Le encargo y le exhorto, por todas sus esperanzas del cielo y anhelos de gloria, que si quiere ser feliz, si quiere ser útil, no sea un alma que se detiene.
¿Quiere saber lo que nuestros tiempos demandan? Sacudir a las naciones, desarraigar las cosas antiguas, desbaratar los reinos, agitar e inquietar la mente de los hombres ¿y qué dicen? Claman a gran voz: ¡Cristiano! ¡No se detenga!
¿Quiere estar preparado para la segunda venida de Cristo, con sus lomos ceñidos, su lámpara encendida y, usted mismo, decidido y preparado para encontrase con él? Entonces no se detenga.
¿Quiere disfrutar de tranquilidad en su fe; sentir el testimonio del Espíritu en su interior, saber a quién ha creído y no ser un cristiano sombrío, quejoso, amargado, triste y melancólico? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere disfrutar de una seguridad sólida de su propia salvación, en enfermedad y en su lecho de muerte? ¿Quiere ver con los ojos de la fe al cielo que se abre y a Jesús levantándose para recibirlo? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere dejar el legado de grandes y amplias evidencias cuando parta? ¿Quiere que lo bajemos a la tumba con una esperanza tranquila y hablar sin ninguna duda de su estado después de muerto? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere serle útil al mundo en su época y generación? ¿Quiere apartar a los hombres del pecado y llevarlos a Cristo, adornar su doctrina y hacer que la causa de su Maestro les sea atractiva? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere conducir a sus hijos y parientes hacia el cielo y lograr que digan: “Iremos contigo” e impedir que sean infieles y que desprecien la fe cristiana?
¡Entonces no se detenga!
¿Quiere tener una gran corona el día que Cristo aparezca y no ser la estrella más insignificante y pequeña en la gloria y no ser el último ni el menor en el reino de Dios? ¡Entonces no se detenga! ¡Oh, que ninguno de nosotros se detenga! El tiempo no se detiene, la muerte no lo hace, el juicio no lo hace, el diablo no lo hace y el mundo no lo hace. Tampoco lo hagan los hijos de Dios.
¿Hay algún lector que se siente detenido? ¿Ha sentido un peso en su corazón y remordimientos de conciencia mientras ha estado leyendo estas páginas? ¿Hay algo en su interior que susurra: “¿Soy yo ese hombre?”? Entonces preste atención a lo que estoy diciendo. Su alma no está en paz. Despierte y trate de mejorar. Si usted es de los que se detienen, debe acudir a Cristo inmediatamente para ser sano. Tiene que usar el antiguo remedio, tiene que bañarse en la antigua fuente. Tiene que volverse nuevamente a Cristo para ser sano. La manera de hacer algo es simplemente hacerlo. ¡Hágalo ahora mismo!
No crea, ni por instante, que su caso es irremediable. No piense que no hay esperanza de que se avive porque ha estado viviendo por largo tiempo en un estado de aridez y aletargamiento en su alma. ¿Acaso no es el Señor Jesucristo el Médico que cura todos los males espirituales? ¿Acaso no curaba todo tipo de enfermedades cuando estaba sobre la tierra? ¿Acaso no echaba fuera todo tipo de demonios? ¿Acaso no levantó al pobre Pedro y le puso un canto nuevo en la boca después de que hubo caído? ¡Oh, no dude, sino que crea fervientemente que, aún, avivará su obra en usted! Sólo vuelva a andar, confiese su necedad y venga, venga ahora mismo a Cristo. Benditas son las palabras del profeta: “Reconoce, pues, tu maldad”. “Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones” (Jer. 3:13, 22).
Y recordemos las almas de los demás, no sólo las nuestras. Si en algún momento vemos detenido a un hermano o hermana, tratemos de despertarlo, tratemos de estimularlo y tratemos de avivarlo. “Exhortaos los unos a los otros”, según tengamos oportunidad, “para estimularnos al amor y a las buenas obras” (He. 3:13; 10:24). No tengamos temor de decirnos unos a otros: “Hermano, hermana, ¿ha olvidado a Lot? ¡Despierte y recuerde a Lot! Despierte y no se quede detenido ya más”.
