Fragmentos de autores antiguos
Los textos de Traill y Brooks que agrego sobre el tema de la santidad, me parecen de tanto valor, que he decidido incluirlos. Son el producto de una época cuando el cristianismo vivencial era estudiado más profundamente y comprendido mejor de lo que es ahora.
1. Reverendo Robert Traill
En un tiempo pastor en Cranbrook, Kent, 1696. En cuanto a la santificación, hay tres cosas para considerar:
I. Qué es santificación.
II. En qué se parece a la justificación.
III. En qué difiere de la justificación.
I. ¿Qué es santificación?
Es mucho mejor sentirla que expresar qué es. La santificación es igual a la regeneración e igual a la renovación del hombre total. Santificación es la formación de la nueva criatura; es implantar y grabar la imagen de Cristo en la pobre alma. El Apóstol anhelaba:
“Que Cristo fuera formado en los gálatas” (Gá. 4:19); enseñaba y predicaba con denuedo, a fin de que los corintios pudieran llevar “la imagen del celestial” (1 Co. 15:49).
Hay solo dos hombres de los que todos los seres humanos se derivan y según como cuál de los dos sean, así les irá: Son como el primer Adán o como el segundo Adán. Cada persona es, por naturaleza, como el primer Adán y como el diablo porque el diablo y el primer Adán caído se asemejaban. “Vosotros sois de
vuestro padre el diablo”, dice el Señor (Jn. 8:44) y ese padre fue un “homicida desde el principio”. Todos los hijos del primer Adán son hijos del diablo, no hay diferencia en eso.
Y todos los hijos del otro se asemejan a Jesucristo, el segundo Adán; y cuando su imagen se perfeccione en ellos serán completamente felices. “Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co. 15:49). Le ruego que note que llevamos la imagen del terrenal por haber nacido en pecado y desdicha, llevamos la imagen del terrenal por vivir en pecado y sufrimiento, llevamos la imagen del terrenal por morir en pecado y sufrimiento, y llevamos la imagen del terrenal en la podredumbre del sepulcro. En cambio, llevamos la imagen del Adán celestial cuando somos santificados por su Espíritu. La imagen crece en nosotros, según crecemos en santificación, y seguiremos llevando la imagen perfecta del Adán celestial cuando seamos como Cristo Hombre, tanto en el alma como en el cuerpo. Seremos perfectamente felices y perfectamente santos cuando hayamos vencido a la muerte por gracia, así como él la venció por su propio poder. Nunca se sabrá justamente cómo serán los creyentes semejantes a Jesucristo hasta que todos hayan resucitado como pequeños soles brillando en gloria y esplendor. ¡Oh, cuánto se parecerán a Jesucristo, aunque seguirán teniendo su gloria personal transcendente por toda la eternidad!
II. ¿En qué son iguales la justificación y la santificación?
Respondo que en muchas cosas.
Primero. Son iguales en que tienen el mismo autor, el Dios que justifica es el Dios que también santifica. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica” (Ro. 8:33). “Yo soy Jehová que os santifico” es una expresión común en el Antiguo Testamento (Éx. 31:13; Lv. 20:8).
Segundo. Son iguales en que surgen de la misma gracia. La justificación es un acto de la gracia, así como la santificación. “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5). Ambos son de la gracia.
Tercero. Son iguales en que una misma persona tiene a ambos. Nunca es justificado un hombre sin ser también santificado, no hay santificado que no sea justificado; todos los escogidos de Dios, todos los redimidos, comparten estas dos bendiciones.
Cuarto. Son iguales en cuanto al tiempo, suceden al mismo tiempo. Nos es difícil hablar o pensar en términos de tiempo cuando se trata de las obras de Dios. Estas obras de él siempre son realizadas al mismo tiempo; el hombre no es justificado antes de ser santificado, aunque se puede concebir de este modo en el orden de la naturaleza; no obstante, ambas obran al mismo tiempo y por la misma gracia. “Y esto erais algunos”, dice el Apóstol, “mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co. 6:11).
Quinto. Son iguales en que la operación de ellas es por el mismo medio, por la Palabra de Dios que nos destina a la vida eterna por la promesa y somos santificados también por el poder de la misma Palabra. “Ya vosotros estáis limpios”, dice nuestro Señor, “por la palabra que os he hablado” (Jn. 15:3). “Para santificarla”, dice el Apóstol refiriéndose a la Iglesia, “habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Ef. 5:26).
Sexto y último. Son iguales en que ambas son necesarias para la vida eterna. No lo digo en cuanto a su orden, sino a que son igualmente necesarias, es decir, está determinado que nadie que no haya sido justificado será salvo y, de igual manera, está determinado que nadie que no haya sido santificado será salvo. Ningún hombre no justificado puede ser salvo y ningún hombre no santificado puede ser salvo. Justificación y santificación son igualmente necesarias, a fin de poseer la vida eterna.
III. ¿En qué difieren la justificación y la santificación?
En lo que difieren es un asunto muy importante que tiene que ver con la práctica y el ejercicio diario de las dos.
Coinciden en muchas cosas, como acabamos de explicar, pero también difieren ampliamente.
Primero. La justificación es un acto de Dios relativo al estado del hombre como persona, en cambio la santificación es la obra de Dios en la naturaleza del hombre. Y estas dos son muy diferentes como lo ilustraré por medio de un símil. La justificación es un acto de Dios, así como el de un juez que absuelve a un delincuente de una sentencia de muerte. En cambio, la santificación es un acto de Dios para nosotros como un médico que nos cura de una enfermedad mortal. Digamos que hay un criminal que se presenta ante el tribunal acusado de traición al estado, el mismo criminal sufre de una enfermedad mortal; puede morir, aunque ningún juez lo haya sentenciado a muerte por su crimen. Es un acto de gracia lo que absuelve al hombre de la sentencia según la ley, el hecho que no morirá por su traición, eso salva la vida del hombre. Pero a pesar de esto, si no puede curarse de su enfermedad, pronto morirá, a pesar del perdón que le otorgó el juez. Por lo tanto, la justificación es un acto de Dios como un Juez bondadoso, la santificación es la obra de Dios como un Médico misericordioso. David los pone lado a lado: “Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Sal. 103:3). Tenemos una promesa: “No os será la iniquidad causa de ruina” (Ez. 18:30). No hay ruina por ser culpables: Esto es justificación. Y no será su ruina, por el poder de ella: Esto es santificación.
Segundo. La justificación es un acto de la gracia de Dios basado en la justicia de otro, pero santificación es una obra de Dios, infundiendo justicia dentro de nosotros. Hay una gran diferencia entre estos porque una es por imputación y la otra por infusión.
En la justificación, la sentencia de Dios procede de esta manera:
La justicia que Cristo logró por su vida, su muerte y su obediencia a la ley de Dios le es contada al pecador para su absolución; de manera que cuando un pecador comparece ante el tribunal de Dios y alguien pregunta: ¿No ha quebrantado este hombre la ley de Dios? Sí, responde Dios. Sí, dice la conciencia del pobre hombre, la he quebrantado de muchas maneras. ¿Y acaso no lo condena la ley a morir por su transgresión? Sí, dice el hombre. Sí, dice la ley de Dios. La ley no sabe más que esto: “El alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:4). Entonces, pues, ¿no hay ninguna esperanza en este caso? Sí, y la gracia del evangelio revela esta esperanza. Hubo Uno que tomó sobre sí el pecado, que murió por los pecados, su justicia le es imputada al pobre pecador y, de esta manera, es absuelto. Somos absueltos habiendo sido justificados por Dios poniendo en nuestra cuenta, por nosotros y para nuestro provecho lo que Cristo hizo y sufrió por nosotros.
En la santificación, el Espíritu de Dios infunde santidad en nuestra alma. No digo que infunde una justicia porque quiero marcar más diferencia entre las dos que la que generalmente se marca. La justicia y la santificación en este caso deben ser mantenidas bien separadas. Nuestra justicia es de afuera, nuestra santidad es de adentro, es la nuestra propia. El Apóstol marca claramente la diferencia: “No teniendo mi propia justicia” (Fil. 3:9). Es nuestra, no originalmente, sino nuestra, inherentemente. No es nuestra por algo que nosotros mismos hayamos hecho, sino que es nuestra porque mora en nosotros.
En cambio, nuestra justicia no es nuestra originalmente ni inherentemente; no la obramos nosotros, sino que es obra de Jesucristo y mora eternamente en él, y sólo la puede obtener la pobre criatura, si la pide por fe. Nuestra santidad, aunque no es nuestra originalmente, es nuestra inherentemente y mora en nosotros. Tenemos la distinción que hace el Apóstol: “Ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:9).
Tercero. La justificación es perfecta, mientras que la santificación es imperfecta; ésta es una gran diferencia entre ambas. La justificación, repito, es perfecta. No tiene niveles: Nunca se malogra, nunca se toma intervalos y nunca se interrumpe. En cambio, la santificación puede tener estos niveles. Cuando digo que la justificación es perfecta, quiero decir que toda persona justificada, lo es de la misma manera y a la perfección. El creyente más débil, en la actualidad, es tan justificado como lo era el apóstol Pablo; y todo creyente auténtico es tan justificado ahora como lo será dentro de mil años. La justificación es perfecta en todos los justificados ahora y para la eternidad. Y no tiene niveles, sencillamente por la siguiente razón: Se basa en la justicia perfecta de Jesús y tenemos derecho a ella por un acto de Dios, el juez bondadoso, y ese acto es válido para siempre. Y si “Dios es el que justifica”, “¿quién acusará a los escogidos de Dios?” (Ro. 8:33). En cambio, la santificación es cambiante, incompleta e imperfecta. Un creyente puede estar más santificado que otros. Me inclino a pensar que el apóstol Pablo estaba más santificado la primera hora de su conversión de lo que pueda estarlo alguno en la actualidad.
La santificación difiere mucho en las distintas personas santificadas. Y difiere también mucho en la propia persona porque un creyente auténtico, verdaderamente santificado, puede ser más santo y santificado en una ocasión que en otra.
Perfeccionarnos en santidad en el temor de Dios (2 Co. 7:1) requiere esfuerzo de nuestra parte. En cambio, en ningún lugar se nos requiere perfeccionarnos en justicia a los ojos de Dios, porque Dios obró una justicia perfecta en la que confiamos; entonces, tengamos cuidado y seamos diligentes en perfeccionar nuestra santidad en el temor de Dios. El santo en gloria es más santificado que nunca porque lo es a la perfección, mientras que no es más justificado de lo que lo era en la tierra. La única diferencia es que la percibe mejor y la gloria de aquella luz en la cual la ve, se manifiesta con más brillo y claridad.
Tomado de Sermons, acerca de 1 Pedro 1:1-3, tomo 4, p. 71. Edición Edinburgo de Traill’s Works (Obras de Traill), 1810.
2. Reverendo Thomas Brooks
Rector de St. Margaret, Fish Street Hill, Londres, 1662. Consideremos la necesidad de la santidad. Es imposible que alguno sea feliz, a menos que sea santo. Nada de santidad aquí, nada de santidad en el más allá. Las Escrituras mencionan tres habitantes corporales del cielo: Enoc, antes de la ley; Elías, bajo la ley; y Jesucristo, bajo el evangelio, los tres, eminentes en santidad para enseñarnos que normalmente nadie va al cielo sin santidad. Hay muchos miles de miles ahora en el cielo, pero entre ellos no hay ni un impío, no hay ni un pecador entre todos esos santos, ni una cabra entre todas esas ovejas, ni una mala hierba entre todas esas flores, ni una espina entre todas esas rosas, ni una piedrecita entre todos los diamantes resplandecientes. No hay en el cielo ni un Caín entre todos esos Abel, ni un Ismael entre todos esos Isaac, ni un Esaú entre todos esos Jacob. No hay ningún Cam entre todos los patriarcas (Gén. 9:18), ni un Saúl entre todos los profetas, ni un Judas entre todos los apóstoles, ni un Demas entre todos los predicadores, ni un Simón el Mago entre todos los fieles.
El cielo es sólo para el santo y el santo es sólo para el cielo; el cielo es un manto de gloria apto sólo para el santo. Dios, quien es la verdad en sí mismo, no puede mentir y lo ha dicho: Sin santidad nadie verá al Señor. Tome nota de esa palabra ‘nadie’. Sin santidad el rico no verá al Señor, sin santidad el obrero no verá el Señor; sin santidad el noble no verá al Señor, sin santidad el humilde no verá al Señor; sin santidad el príncipe no verá al Señor, sin santidad el campesino no verá al Señor; sin santidad el gobernante no verá al Señor, sin santidad el súbdito no verá al Señor; sin santidad el letrado no verá al Señor, sin santidad el iletrado no verá al Señor; sin santidad el esposo no verá al Señor, sin santidad la esposa no verá al Señor; sin santidad el padre de familia no verá al Señor, sin santidad el hijo no verá al Señor; sin santidad el patrón no verá al Señor, sin santidad el sirviente no verá al Señor. Porque fiel y fuerte es el Señor de señores, quien lo ha dicho (Jos. 23:14).
En la actualidad, algunos pregonan una forma de culto, otros otra; algunos pregonan una “iglesia del estado”, otros otra. Algunos pregonan un camino al cielo, otros otro; pero lo cierto es que las sendas de santidad son las sendas antiguas (Jer. 6:16); el Camino del Rey de reyes es el camino al cielo y la felicidad: “Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará” (Is. 35:8). Algunos dicen: “He aquí, éste es el camino”, otros dicen: “He aquí, aquel es el camino”, pero lo cierto es que el camino de santidad es el más seguro, el más fácil, el más noble y el más corto a la felicidad.
Entre los paganos, nadie puede entrar en el templo de honor sin antes entrar en el templo de virtud. No hay entrada al templo de felicidad sin antes entrar al templo de santidad. Usted primero tiene que entrar en la santidad, antes de que pueda entrar en la morada de Dios.
Tal como Sansón clamó “¿moriré yo ahora de sed?” o como clamó Raquel “dame hijos, o si no, me muero”, deben clamar las almas no santificadas: “Señor, dame santidad, si no, moriré eternamente”. Si los ángeles, esos príncipes de gloria, caen una vez de su santidad, son excluidos de la felicidad y bendición eterna. Si Adán en el paraíso, cae una vez perdiendo su pureza, será prontamente echado fuera de la presencia de la gloria divina. Agustín ya no quiso ser malvado ni impío porque no sabía si moriría esa misma hora y, si moría en ese estado impío, sabía que estaría separado para siempre de la presencia del Señor y la gloria de su poder.
Oh, querido lector, no engañe a su propia alma; la santidad es absolutamente necesaria, sin ella “nadie verá al Señor” (He. 12:14). No es absolutamente necesario que sea usted rico en este mundo, pero es absolutamente necesario que sea santo. No es absolutamente necesario que tenga buena salud, fuerzas, amigos, libertad y vida, pero es absolutamente necesario que sea santo. Podemos ver al Señor sin tener prosperidad mundana, pero nunca podremos ver al Señor, excepto que seamos santos. Podremos ir al cielo sin honra o gloria del mundo, pero nunca podremos llegar al cielo sin santidad. Sin santidad aquí, no hay cielo en el más allá: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda” (Ap. 21:27). En el día final, Dios cerrará las puertas a la gloria dejando fuera a toda persona que no es pura de corazón.
La santidad es una flor que no crece en el jardín de la naturaleza. El ser humano no nace con santidad en su corazón, como nace con una lengua en la boca. La santidad es de origen divino, es una perla de gran precio que no se encuentra en cualquier naturaleza, sino en una naturaleza renovada. No hay ningún rayo ni chispa de santidad en nadie revestido de naturaleza terrenal. “Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). “¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?” (Job 25:4).
La pregunta tiene una connotación fuertemente negativa: “¿Cómo puede ser limpio el hombre?”, es decir, el hombre que nace de mujer no puede ser limpio; el hombre nacido de mujer nace en pecado y nace bajo la ira y la maldición. “¿Quién hará limpio a lo inmundo?”. “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Job 14:4; Is. 64:6). “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios” (Ro. 3:10, 11). Todo hombre es por naturaleza un extraño, sí, un enemigo de la santidad (Ro. 8:7). Cada uno que nace en este mundo, lo hace con su rostro hacia el pecado y el infierno y su espalda hacia Dios y la santidad.
Nuestra naturaleza es tan corrupta que no tiene en ella ningún bien divino, es como el fuego y el agua, como leña mojada y leña ardiendo. En cambio, en cuanto al mal, es como fuego con paja, es como el sátiro necio que se apuró a besar el fuego cuando lo vio por primera vez, es como el material que los naturalistas dicen que atrae el fuego, que luego lo consume. Todos nacemos pecadores y no hay nada, fuera de un poder divino, que pueda transformarnos en santos. Todos podemos ser felices, pero por naturaleza, detestamos la idea de serlo. Por esto, vemos que, así como el alimento es indispensable para la vida natural, la santidad lo es para la preservación y salvación del alma. Si tuviéramos la sabiduría de Salomón, la fuerza de Sansón, la valentía de Josué, el consejo de Ahitofel, los honores de Amán, el poder de Asuero y la elocuencia de Apolo, aun con todo, sin santidad no tendríamos salvación. Los tiempos en que vivimos exigen que tengamos santidad. Si los consideramos como tiempos bajo la gracia, ¿qué móvil ha tenido un pueblo, tan fuerte como el que Dios nos ha dado a nosotros que gozamos de tantos medios, maneras y ayudas para que seamos santos? ¡Oh, el sacrificio, el cuidado, el costo, la empresa en que ha estado y está ocupado Dios todos los días, para hacernos santos!
¿Acaso no nos envía todavía a sus mensajeros que se levantan temprano y se acuestan tarde, y todo para instarnos a ser santos? Muchos de ellos, ¿acaso no han dado su tiempo, su fuerza, su espíritu y sus vidas para hacernos santos?
Oh amigos, ¿de qué valen las ordenanzas sagradas sin corazones santos y sin vidas santas? ¿De qué valen los días de luz, si no andamos en la luz y nos despojamos de las obras de las tinieblas? ¿Cuál es el mensaje de todos los medios de gracia, sino éste: Oh, esfuérzate para ser objeto de la gracia? ¿Y qué es la voz del Espíritu santo, sino ésta: ¡Oh, esfuérzate por ser santo!? ¿Y qué dice la voz de todos los milagros de misericordia que Dios ha realizado en medio nuestro, sino: “Sed santos, sed santos”? ¡Oh!, ¿qué podría realizar Dios que no haya realizado ya para hacernos santos? ¿Acaso no nos ha dado ya todas las ayudas santas del cielo? ¿No nos ha seguido muy de cerca hasta ahora con ofrecimientos santos, ruegos santos, consejos santos, palabras de aliento santas y todo para hacernos santos? Y con todo esto, ¿seguiremos siendo indiferentes, orgullosos, mundanos, maliciosos, envidiosos, contenciosos e impíos?
¡Oh!, ¿qué es esto, sino provocar a Dios para que apague todas las luces del cielo, deje a un lado nuestros maestros, quite nuestros candeleros que han sido débiles, y dé todos estos favores a un pueblo que los valore más, los ame más, los defienda con más firmeza y que los ponga en práctica con más consagración de lo que lo hemos hecho nosotros hasta hoy? (Ap. 2:4,5; Is. 42:25). Creo que no hay nada más evidente que el hecho de que los tiempos en que vivimos claman pidiendo que cada uno procure santidad y se esfuerce por tener más santidad. Nunca nos quejemos del tiempo en que vivimos, en cambio, dejemos de hacer el mal, esforcémonos por hacer lo bueno y todo estará bien.
Tengamos corazones mejores, vidas mejores y pronto veremos tiempos mejores (Is. 1:16-19).
Tomado de Crown and Glory of Christianity, or Holiness: The only way to happiness (Corona y gloria del cristianismo, o Santidad: El único camino a la felicidad). Brook’s Works (Obras de Brooks), tomo 4, pp. 151-153, 187-188, edición de Grosart, 1866.
