“Sin Cristo”
“Estabais sin Cristo”. Efesios 2:12
El texto que encabeza este capítulo describe la condición de los efesios antes de llegar a ser cristianos. Pero eso no es todo. Describe el estado de cada hombre y mujer en el mundo que no se ha convertido a Dios. ¡No puedo imaginarme una condición peor! Ya es bastante malo no tener dinero, ni salud, ni casa, ni amigos. Pero es mucho peor estar “sin Cristo”.
Examinemos el texto y veamos qué contiene. Quién sabe si puede ser un mensaje de Dios para algún lector de este libro.
I. Cuando un hombre está “sin Cristo”
Consideremos, en primer lugar, cuándo se puede afirmar que el hombre está “sin Cristo”. Yo no inventé la expresión “sin Cristo”. Yo no acuñé las palabras, sino que fueron escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo. San Pablo las usó cuando les estaba recordando a los cristianos de Éfeso cómo había sido su condición anterior, antes de que oyeran el evangelio y creyeran. Ignorantes y en tinieblas, habían estado inmersos en idolatría y paganismo, y eran adoradores de la diosa falsa Diana. Pero no menciona nada de esto. Parece pensar que esto describiría sólo parte de su condición. Entonces, traza un cuadro cuya primera característica es la expresión: “En aquel tiempo estabais sin Cristo” (Ef. 2:12). Ahora bien, ¿Qué quiere decir esta expresión?
(a)Uno está “sin Cristo” cuando no tiene ningún conocimiento intelectual de él. Son millones los que se encuentran en esta condición. No saben quién es Cristo, ni lo que hizo, ni lo que enseñó, ni por qué fue crucificado, no saben dónde está ahora ni lo que él es para la humanidad. En suma, no saben nada de él.
Los paganos, por supuesto, que nunca han escuchado el evangelio, son los primeros que caben dentro de esta descripción. Pero, lamentablemente, no son los únicos.
Hay miles de personas en nuestro país, hoy mismo, que no tienen ideas más claras sobre Cristo que los propios paganos. Pregúnteles qué saben acerca de Cristo y se sorprenderá de ver las tinieblas que ciegan sus mentes. Visítelos en su lecho de muerte y verá que no saben más de Cristo que de Mahoma. Hay miles así en el campo y miles en las ciudades. Ya sea en la ciudad o en el campo, todas esas personas tienen en común que están “sin Cristo”.
Sé que algunos teólogos modernos no comparten mi opinión. Nos dicen que toda la humanidad tiene parte con Cristo, lo conozcan o no. ¡Afirman que todos los hombres y mujeres, por más ignorantes que sean en vida, serán llevados al cielo por la misericordia de Cristo cuando mueran! Creo firmemente que tales creencias no coinciden con la Palabra de Dios. Escrito está: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). Una característica de los impíos, de quienes se vengará en el día final, es que “no conocieron a Dios” (2 Ts. 1:8). Un Cristo desconocido no es un Salvador. ¿Cuál será la condición de los paganos después de la muerte? ¿Cómo serán juzgados los que nunca han oído el evangelio? ¿De qué manera se conducirá Dios con los ignorantes e iletrados? Todas estas preguntas no son de nuestra incumbencia. Podemos estar seguros de lo que dice la Palabra: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25). Pero no contradigamos lo que dice la Biblia. Si las palabras de la Biblia algo significan, no saber de Cristo es estar “sin Cristo”.
(b)Pero esto no es todo. Uno está “sin Cristo” cuando su corazón no confía en él como su Salvador. Es posible saber intelectualmente todo acerca de Cristo y, aun así, no confiar en él.
Hay multitudes que se saben de memoria todos los artículos del Credo y pueden recitar sin vacilar que “nació de la virgen María, sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, murió y fue sepultado”. Lo aprendieron en la escuela. Lo tienen grabado en su memoria. Pero no aprovechan su conocimiento. Confían en algo que no es “Cristo”. Esperan ir al cielo porque son de buena moralidad, excelente conducta, porque dicen sus oraciones y asisten a la iglesia, porque han sido bautizados y participan de la Cena del Señor. Pero no saben nada de una fe viva en la misericordia de Dios a través de Cristo; no tienen una confianza real e inteligente en la sangre, justicia e intercesión de Cristo. Acerca de tales personas puedo decir una cosa: Están “sin Cristo”.
Sé que muchos no quieren reconocer la verdad de lo que acabo de expresar. Hay quienes dicen que todos los bautizados son miembros de Cristo en virtud de su bautismo. Otros dicen que donde hay conocimiento intelectual, no tenemos derecho a cuestionar la relación con Cristo. Tengo sólo una respuesta para estas maneras de pensar. La Biblia nos prohíbe afirmar que alguien esté unido a Cristo mientras no cree. El bautismo no es prueba de que estemos unidos a Cristo. Simón el Mago fue bautizado y, no obstante, le fue dicho claramente: “No tienes tú parte ni suerte en este asunto” (Hch. 8:21). Conocer a Cristo intelectualmente no es prueba de que estamos unidos a él. Los demonios conocían bien a Cristo, pero no tenían parte con él. Dios sabe desde toda la eternidad quiénes son de él. Pero el hombre no sabe nada de la justificación de nadie hasta que cree. La pregunta que importa es: “¿Cree usted?” Escrito está: “El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. “El que no creyere, será condenado” (Jn. 3:36; Mr. 16:16). Si algo significan las palabras bíblicas, entonces, no tener fe es estar “sin Cristo”.
(c) Tengo una cosa más que decir. Uno está “sin Cristo” cuando no se ve la obra del Espíritu Santo en su vida.
¿Quién puede evitar ver, si observa en su derredor, que hay miríadas de cristianos profesantes que no saben nada de la conversión interior del corazón? Estos le dirán que creen en la religión cristiana, van al culto con alguna regularidad, creen que es correcto casarse y ser sepultado con todas las ceremonias de la iglesia y se ofenderían profundamente si alguien dudara de que sean cristianos. Pero, ¿dónde se puede ver el Espíritu Santo en sus vidas? ¿A qué dan su corazón y sus afectos? ¿Qué factores se destacan en sus gustos, sus hábitos y sus costumbres? ¡Ay, sólo puede haber una respuesta! No saben nada de la obra renovadora y santificadora del Espíritu Santo por experiencia. Siguen muertos para Dios. La condición de todos estos se resumen en tres palabras: Están “sin Cristo”.
Sé también que hay pocos que lo admiten. La gran mayoría dirá que es extremista, una locura y exageración pedir tanto del cristiano y de exigir que tenga que haber una conversión en cada uno. Dirán que es imposible lograr la norma elevada a la cual acabo de referirme, estando todavía en el mundo, y que se puede ir al cielo sin ser tan santo. A todo esto sólo respondo: ¿Qué dicen las Escrituras? ¿Qué dice el Señor? Escrito está: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. (Jn. 3:3; Mt. 18:3; 1 Jn. 2:6; Ro. 8:9). Las Escrituras no se pueden quebrantar. Si algo significan las palabras bíblicas, entonces estar sin el Espíritu es estar “sin Cristo”.
Dejo con usted las tres proposiciones que acabo de presentar para que las analice reflexivamente y con espíritu de oración. Fíjese bien en la conclusión de cada una. Examine bien todos sus aspectos. Es absolutamente necesario tener parte con Cristo para salvación y el conocimiento, la fe y la gracia del Espíritu Santo.
El que no los tiene está “sin Cristo”. ¡Cuán tristemente ignorantes son muchos! No saben literalmente nada del cristianismo. Para ellos Cristo, el Espíritu Santo, la fe, la gracia, la conversión y santificación son sólo “palabras y nombres”. No podrían explicar bajo ningún concepto lo que significan. ¿Puede tal ignorancia llevar a alguien al cielo?
¡Imposible! ¡No tener conocimiento, es estar “sin Cristo”!
¡Qué lastimosamente farisaicos son muchos! Hablan muy satisfechos de sí mismos acerca de haber “cumplido su deber”, de ser “buenos con todo el mundo”, de ser “fieles a su iglesia” y de “nunca haber hecho nada realmente malo” como otros y que, por lo tanto, ¡están seguros de que irán al cielo! No parece tener ningún lugar en sus creencias el sentido profundo de pecado y la fe sencilla en la sangre y el sacrificio de Cristo. Todo lo que dicen se trata de hacer y nunca de creer. ¿Y llevará alguien al cielo este fariseísmo? ¡Nunca! ¡No tener fe, es estar “sin Cristo”!
¡Cuán tristemente impíos son muchos! Viven en un abandono habitual del Día del Señor, de la Biblia del Señor y de las ordenanzas del Señor. No les importa hacer las cosas que Dios ha prohibido terminantemente. Viven siempre contrariando los mandamientos de Dios. Entonces, ¿puede semejante impiedad terminar en salvación? ¡Imposible! ¡No tener al Espíritu Santo es estar “sin Cristo”!
Sé muy bien que, a primera vista, estas afirmaciones parecen duras, fuertes, ásperas y severas. Pero, al final de cuentas, ¿acaso no constituyen la verdad de Dios que nos ha sido revelada en las Escrituras? De ser así, ¿no hemos de darlas a conocer? Si algo sé de mi propio corazón, es que anhelo por sobre todas las cosas, magnificar las riquezas del amor de Dios por los pecadores. Ansío contarle a toda la humanidad acerca de la abundancia de misericordia y benevolencia en el corazón de Dios para todo aquel que las busque.
¡Pero no encuentro en ninguna parte, que diga que la persona ignorante, incrédula y no convertida tendrá parte con Cristo! Si me equivoco, agradeceré a cualquiera que pueda mostrarme un camino más excelente. Pero hasta que alguien lo haga, mantendré firmemente las posiciones que ya he presentado. No me atrevería a apartarme de ellas, no suceda que sea hallado culpable de manejar engañosamente la Palabra de Dios. No me atrevería a quedarme en silencio en cuanto a ellas, no sea que alguno se perdiera por mi culpa. ¡La persona sin conocimiento, sin fe y sin el Espíritu Santo es una persona “sin Cristo”!
II. La verdadera condición del hombre “sin Cristo”
Ahora quiero considerar otro tema. ¿Cuál es la verdadera condición del hombre “sin Cristo”?
Éste es un aspecto de nuestro tema que demanda una atención muy especial. Estaré muy agradecido si logro explicarlo en toda su dimensión. Me es fácil imaginar a algún lector diciendo para sus adentros: “Supongamos que estoy sin Cristo, ¿qué mal hay en eso? Espero que Dios sea misericordioso. No soy peor que otros. Confío en que al final todo saldrá bien”. Escúcheme y, con la ayuda de Dios, trataré de hacerle ver que vive tristemente engañado. “Sin Cristo” nada saldrá bien, sino todo desesperadamente mal.
(a) En primer lugar, estar sin Cristo es estar sin Dios. Así se lo dijo directamente el apóstol a los efesios. Termina la famosa frase con la que comenzó: “Estabais sin Cristo”, afirmando que estaban “sin Dios en el mundo”. ¿Y a quién le puede sorprender esto? Al que tiene un concepto muy pobre de Dios, que no lo concibe como un Ser espiritual, glorioso y puro. Al que está tan ciego que no ve que la naturaleza humana es corrupta, pecaminosa y vil. Entonces, ¿cómo puede un gusano como el hombre acercarse a Dios con confianza? ¿Cómo puede levantar sus ojos a él con confianza y sin sentir temor? ¿Cómo puede hablarle, relacionarse con él?
¿Cómo puede tener expectativas de morar con él tranquilo y sin motivo para alarmarse? Es necesario que haya un Mediador entre Dios y el hombre y, únicamente uno, puede serlo. El único es Cristo.
¿Habla alguno de ustedes de la misericordia de Dios y el amor de Dios separada e independientemente de Cristo? Las Escrituras no registran un amor y una misericordia tal. Sepa cada uno que Dios, separadamente de Cristo, es un “fuego consumidor” (He. 12:29).
Incuestionablemente es misericordioso, rico en misericordia, abundante en misericordia. Pero su misericordia está conectada, inseparablemente, con la mediación de su Hijo amado, Jesucristo. Tiene que fluir a través de él, el canal escogido, o no fluye para nada. Escrito está: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió”. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 5:23; 14:6). Estar “sin Cristo” es estar sin Dios.
(b)En segundo lugar, estar sin Cristo es estar sin paz. Cada ser una humano tiene una conciencia en su interior que tiene que ser satisfecha antes de poder ser realmente feliz. Mientras que esta conciencia está dormida o casi muerta, le va bastante bien. Pero en cuanto despierta la conciencia del hombre y comienza a pensar en sus pecados pasados, sus fracasos del presente y el juicio en el futuro, descubre inmediatamente que necesita algo que le dé tranquilidad interior. Pero, ¿qué es lo que puede dársela? Puede probar arrepentirse, orar, leer la Biblia, asistir a la iglesia, participar de las ordenanzas y mortificar la carne, pero será en vano. Nada de esto, jamás, ha quitado la carga de la conciencia de nadie. ¡No obstante, la paz es posible! Sólo una cosa puede dar paz a la conciencia y ésta es la sangre de Jesucristo rociada sobre ella. Una comprensión clara de que la muerte de Cristo fue, de hecho, la paga de nuestra deuda con Dios y que se le adjudica el mérito de su muerte al hombre cuando cree, es el gran secreto de la paz interior.
Satisface cada ansiedad de la conciencia. Contesta cada acusación. Calma todo temor. Escrito está: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz”. “Él es nuestra paz”. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. (Jn. 16:33; Ef. 2:14; Ro. 5:1). Tenemos paz por medio de la sangre de su cruz: Paz como una mina profunda, paz como un arroyuelo con una corriente eterna. Pero “sin Cristo” no hay paz.
(c) Además, estar sin Cristo es estar sin esperanza. Casi todos tienen esperanza de un tipo u otro. Raramente encontraremos a alguien que afirme contundentemente que no tiene ninguna esperanza para su alma. ¡Pero cuán pocos son los que pueden dar “razón de la esperanza que hay en” ellos (1 P. 3:15)!
¡Cuán pocos pueden explicarla, describirla y mostrar en qué se basa! ¡Cuánta de la esperanza de muchos no es más que un sentimiento incierto y vacío, que en la enfermedad y en la hora de la muerte prueba ser completamente inútil para consolar o para salvar!
Existe sólo una esperanza que tiene raíces, vida, potencia y solidez, y esa es la esperanza edificada sobre la gran roca de la obra de Cristo y de su redención. “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co. 3:11). Todo el que edifica sobre esta piedra angular, “no será avergonzado”. Esta esperanza se basa en una realidad. Responde positivamente cuando se la examina y analiza. Tiene respuesta para cualquier pregunta. Sondéela de principio a fin y no encontrará en ella ni un defecto. Cualquier otra esperanza fuera de ésta, no tiene ningún valor. Como las fuentes de agua que se secan en el verano, fallan cuando el hombre más la necesita (1 R. 17:3-7). Son como barcos defectuosos que parecen buenos mientras están anclados en el puerto, pero cuando los vientos y las olas del mar empiezan a ponerlos a prueba, se descubre su mal estado y se hunden bajo el agua. No hay ninguna esperanza valedera sin Cristo, y estar “sin Cristo” es estar “sin esperanza” (Ef. 2:12).
(d)Por otra parte, estar sin Cristo es estar sin el cielo. Al decir esto no quiero decir solamente que no hay entrada al cielo, sino que “sin Cristo” no podría haber ninguna felicidad al estar allí. El hombre sin su Salvador y Redentor nunca se sentiría cómodo en el cielo. Sentiría que no tiene ningún derecho de estar allí; sería imposible que se sintiera valiente, confiado y tranquilo. En medio de la pureza y la santidad de los ángeles, bajo los ojos de un Dios puro y santo, no podría levantar la cabeza, se sentiría confundido y avergonzado. La esencia de todos los conceptos correctos del cielo es que allí está Cristo.
¿Hay alguno que sueña en un cielo en el que Cristo no tiene un lugar? Despierte de su locura. Sepa que en cada descripción del cielo que la Biblia contiene, la presencia de Cristo es esencial. “En medio del trono”, dice Juan, “estaba en pie un Cordero como inmolado”. El trono mismo de Dios es llamado “el trono de Dios y del Cordero”. El Cordero es la luz del cielo y el templo de él. Los santos que moran en el cielo han de ser alimentados por el Cordero y él mismo “los guiará a fuentes de aguas de vida”. A la reunión de los santos en el cielo se le llama “las bodas del Cordero” (Ap. 5:6; 22:3; 21:22-23; 7:17; 19:9). Un cielo sin Cristo no sería el cielo de la Biblia. Estar “sin Cristo” es estar “sin cielo”.
Me sería fácil agregar otras cosas. Le diría que estar sin Cristo es no tener vida, no tener fortaleza, no tener seguridad, no tener un fundamento, no tener un amigo en el cielo y no tener justicia. ¡No hay nadie en peores condiciones que los que están sin Cristo!
El Señor Jesús tiene el propósito de ser para el alma del hombre lo que el arca fue para Noé, lo que el cordero pascual fue para Israel en Egipto, lo que el maná, la piedra golpeada, la serpiente de bronce, la columna de nube y fuego, el chivo expiatorio fueron para las tribus en el desierto. ¡No hay peores desamparados que los que están sin Cristo!
Lo que la raíz es para las ramas, lo que el aire es para nuestros pulmones, lo que el alimento y el agua son para nuestro cuerpo, lo que el sol es para la Creación, todo esto y mucho más tiene Cristo, el propósito de ser para nosotros.
¡Nadie es tan indefenso, nadie es tan digno de lástima como el que está sin Cristo! Reconozco que si no existieran cosas como las enfermedades y la muerte, si los hombres y mujeres nunca envejecieran y vivieran sobre esta tierra para siempre, el tema de este capítulo no tendría ninguna importancia. Pero todos sabemos que las enfermedades, la muerte y el sepulcro son tristes realidades.
Si esta vida fuera todo, si no hubiera un juicio, ni el cielo, ni el infierno, ni la eternidad, sería una pérdida de tiempo molestarse con preguntas como las de este capítulo. Pero usted tiene una conciencia. Sabe bien que viene el día más allá de la tumba cuando tendrá que rendir cuentas. Todavía hay un Día del Juicio por venir.
El tema de este capítulo no es un asunto superficial. No es poca cosa ni carece de valor. Demanda la atención de cada persona sensata. Es la raíz misma de aquella cuestión de primordial importancia que es la salvación de nuestras almas. Estar “sin Cristo” es ser el más miserable de los hombres.
III. ¿Está usted “sin Cristo”?
(a)Le pido ahora a todo el que ha leído este capítulo entero que se examine y determine exactamente su propia condición. ¿Está usted sin Cristo?
No deje que pase la vida sin pensar reflexivamente y auto examinarse. No puede seguir siempre en la condición en que se encuentra ahora. El día vendrá cuando comer, beber, dormir, vestirse, divertirse y gastar dinero acabará. Vendrá un día cuando su lugar estará vacío y se hablará de usted como alguien que partió para siempre.
¿Y dónde estará entonces, si ha vivido sin pensar en su alma, sin Dios y sin Cristo? ¡Oh, recuerde que es mil veces mejor estar sin dinero, salud, amigos, compañía y alegría que estar sin Cristo! (b)Si ha vivido sin Cristo hasta ahora, le invito con todo cariño que cambie de dirección sin demora. Busque al Señor Jesús mientras puede ser hallado (Is. 55:6). Llámelo en tanto está cercano. Está sentado a la diestra de Dios y puede salvar a todo el que acude a él, no importa lo pecador e indiferente que puede haber sido. Está sentado a la diestra de Dios, dispuesto a escuchar la oración de todo el que siente que su vida pasada ha sido equivocada y quiere arreglar su situación. Busque a Cristo, busque a Cristo sin demora. Conózcalo. No le dé vergüenza recurrir a él. Sea usted este año amigo de Cristo y dirá que es el año más feliz de su vida.
(c)Si usted ya es un amigo de Cristo, lo exhorto a ser agradecido. ¡Desarrolle un sentido más profundo de la misericordia infinita que es tener un Salvador todopoderoso, derecho al cielo, una patria celestial que es eterna y un Amigo que nunca muere! ¡Qué consuelo es pensar que tenemos en Cristo algo que nunca podemos perder!
Desarrolle un sentido más profundo de la condición lastimosa de los que están “sin Cristo”. Muchas veces nos recuerdan a los que no tienen alimentos, ropa, escuelas o iglesias. Compadezcámonos de ellos y ayudémosles todo lo que podamos. Pero no olvidemos nunca que hay personas cuya condición es mucho peor. ¿Quiénes son? ¡Los que están “sin Cristo”! ¿Tenemos familiares “sin Cristo”? Sintamos compasión por ellos, oremos por ellos, hablemos con el Rey acerca de ellos y procuremos recomendarles el evangelio. No dejemos piedra sin mover en nuestros esfuerzos por llevarlos a Cristo. ¿Tenemos vecinos “sin Cristo”? Esforcémonos cada día para que sus almas sean salvas. La noche viene cuando nadie puede obrar.
Feliz aquel que vive con la permanente convicción de que estar “en Cristo” significa paz, seguridad y felicidad, y que estar “sin Cristo” es estar al borde de la destrucción.
