El trofeo más grande de Cristo
“Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes
tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Lucas
23:39-43
Pocos pasajes en el Nuevo Testamento son tan conocidos como el que encabeza este capítulo. Contiene la muy conocida historia del “ladrón arrepentido”.
Y es apropiado y bueno que estos versículos sean bien conocidos. Han reconfortado a muchas mentes atribuladas, han dado paz a muchas conciencias intranquilas, han sido un bálsamo terapéutico que ha sanado a muchos corazones heridos, han sido medicina para muchas almas enfermas de pecado y han allanado las asperezas de muchos lechos de muerte. Dondequiera que se predique a Cristo, siempre serán honrados, amados y recordados.
Quiero comentar algunos puntos dignos de notar acerca de estos versículos. Trataré de presentar las principales lecciones que pretenden enseñar. No conozco la manera particular de pensar de las personas en cuyas manos pueda caer este escrito. Pero veo verdades en este pasaje que es imposible conocer demasiado bien. Aquí está el trofeo más grande que jamás se haya ganado Jesús.
I.El poder y disposición de Cristo de salvar al pecador
En primer lugar, su intención es que aprendamos de estos versículos acerca del poder y la disposición de Cristo de salvar al pecador.
Ésta es la doctrina principal para aprender de la historia del ladrón arrepentido. Nos enseña lo que debiera ser música para los oídos de todos los que la escuchan. Nos enseña que Jesucristo es “grande para salvar” (Is. 63:1).
Le pido a cualquier lector que diga si conoce de algún caso que parecía tener menos esperanza y ser más desesperante que el del ladrón arrepentido.
Era un hombre malvado, un malhechor y un ladrón, si no es que un asesino. Lo sabemos porque sólo esta clase de delincuentes eran crucificados. Estaba sufriendo un castigo justo por haber quebrantado las leyes. Y así como había vivido malvadamente, parecía seguro que así moriría porque cuando fue crucificado, al principio injuriaba a Jesús.
Y era un hombre al borde de la muerte. Allí estaba, clavado en una cruz de la cual nunca bajaría con vida. Ya ni siquiera tenía fuerzas para mover las manos ni los pies. Sus horas estaban contadas, lo esperaba el sepulcro. Sólo había un paso entre él y la muerte.
Si hubo alguna vez un alma al borde del infierno, fue el alma de este ladrón. Si hubo alguna vez un caso que pareciera perdido, sin salida e irremediable, fue el de él. Si hubo alguna vez un hijo de Adán del que el diablo se aseguró de hacer suyo, fue este hombre.
Pero vea ahora qué pasó. Dejó de injuriar y blasfemar, comenzó a hablar de una manera completamente distinta. Se dirigió a nuestro bendito Señor en oración. Oró pidiendo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Le pidió que cuidara su alma,
que perdonara sus pecados y hasta pensó en un mundo diferente. ¡Verdaderamente éste fue un cambio maravilloso!
Y tome note de la clase de respuesta que recibió. Algunos habrían dicho que era demasiado malvado como para ser perdonado; pero no fue así. Otros pensarían que era demasiado tarde, la puerta estaba cerrada y ya no había lugar para la misericordia; pero vemos que no era demasiado tarde. El Señor Jesús le dio una respuesta inmediata, le habló con bondad, le aseguró que ese mismo día estaría con él en el paraíso; lo perdonó completamente, lo limpió totalmente de sus pecados, lo recibió por su gracia, lo levantó de las puertas del infierno y le dio el derecho a la gloria. Entre toda la multitud de almas salvadas, ninguna ha recibido una confirmación tan gloriosa de su propia salvación como este ladrón arrepentido. Revise la lista completa, desde Génesis hasta Apocalipsis, y no encontrará a nadie a quien se le hayan dicho palabras como éstas: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Creo que el Señor Jesús nunca dio una prueba tan completa de su poder y voluntad para salvar, como la dio en esta ocasión. En la hora cuando parecía más débil, mostró ser un Liberador poderoso. En el instante cuando su cuerpo sufría terrible dolor, mostró que podía sentir ternura por otros. En el momento cuando él mismo estaba muriendo, le dio vida eterna a un pecador.
Entonces, ¿no es cierto que esto me da el derecho de decir que Cristo “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (He. 7:25)? Aquí tenemos la prueba. Si hubo alguna vez un pecador que estaba demasiado perdido como para ser salvo, fue este ladrón. No obstante, fue rescatado como “un tizón arrebatado del incendio” (Zac. 3:2).
¿Acaso no tengo el derecho de decir que Cristo recibe a cada pobre pecador que acude a él orando con fe y que no rechaza a nadie? He aquí la prueba de esto.
Si hubo alguna vez un pecador que parecía demasiado malo como para ser salvo, fue este hombre. No obstante, las puertas de misericordia se abrieron de par en par para él.
¿Acaso no me da el derecho a decir: “Porque por gracia sois salvos… no por obras… No temas; cree solamente”? (Ef. 6:8, 9; Mr. 5:36; Lc. 8:50). He aquí la prueba de esto. ¡Este ladrón nunca fue bautizado, no pertenecía a ninguna iglesia visible, nunca había participado de la Cena del Señor, nunca realizó ninguna obra para Cristo y nunca dio dinero a la causa de Cristo! Pero tuvo fe y, entonces, fue salvo.
¿Acaso no me da derecho a decir que aun la fe más reciente puede salvar el alma del hombre, si es auténtica? He aquí la prueba de esto. La fe de este hombre tenía menos de un día, pero lo condujo a Cristo y lo salvó del infierno.
¿Por qué habría de desesperarse alguno cuando un pasaje como éste está en la Biblia? Jesús es el Médico que puede curar los casos de personas desahuciadas. Él puede dar vida a las almas muertas y llamar a las cosas que no son como si fuesen.
¡Que nadie se desespere nunca! Jesús sigue siendo el mismo hoy tal y como lo fue tantos siglos atrás. Las llaves de la muerte y del infierno están en su mano. Lo que él abre, nadie lo puede cerrar1.
¿Qué si sus pecados son más numerosos que los cabellos de su cabeza? ¿Qué si sus hábitos impíos han crecido a medida que usted ha crecido y se han fortalecido a medida que usted se ha hecho más fuerte? ¿Qué si ha aborrecido lo bueno y amado lo malo todos los días de su vida? Estas cosas por cierto son tristes; pero hay esperanza, hasta para usted. Cristo lo puede sanar, Cristo lo puede sacar de su lamentable condición.
1 “Oh Salvador, ¡qué proceder es este de tu gracia libre y poderosa! Cuando tú das, ¿qué indignidad puede prohibirnos tu misericordia? Cuando tú das, ¿puede el tiempo perjudicar nuestra vocación?
¿Quién puede dudar de tu bondad, cuando aquel que en la mañana iba dirección al infierno y en la noche ya está contigo en el Paraíso?”. —Obispo Hall.
El cielo no se ha cerrado para usted. Cristo puede franquearle la entrada si pone humildemente su alma en sus manos.
¿Han sido perdonados sus pecados? Si no, le presento este día una salvación completa y gratuita.
Le invito a seguir los pasos del ladrón arrepentido: Venga a Cristo y viva. Le aseguro que Jesús es muy misericordioso y compasivo. Le aseguro que puede hacer por usted todo lo que su alma requiere. Aunque sus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Is. 1:18). ¿Por qué no habría usted de ser salvo como cualquier otro? ¡Venga a Cristo y viva!
¿Es usted un creyente auténtico? Si lo es, debe gloriarse en Cristo. No se gloríe en su propia fe, sus propios sentimientos, su propio conocimiento, sus propias oraciones, sus propios recursos y su propia diligencia. Gloríese sólo en Cristo. ¡Ay! Aun el mejor de nosotros sabe apenas un poco del Salvador misericordioso y poderoso. No lo exaltamos ni nos gloriamos en él lo suficiente. Oremos pidiendo poder para ver más de la plenitud que hay en él.
¿Procura alguna vez hacerles un bien a otros? Si lo hace, no se olvide de hablarles acerca de Cristo. Cuéntele al joven, al menesteroso, al anciano, al ignorante, al enfermo y cuéntele al moribundo; cuénteles a todos acerca de Cristo. Cuénteles de su poder y de su amor; cuénteles de sus obras y de sus sentimientos, cuénteles del peor de los pecadores y lo que está dispuesto a hacer hasta el último día que le queda de vida; cuénteselos una y otra vez. No se canse nunca de hablar de Cristo. Dígales amplia y plenamente, libre e incondicionalmente, sin reservas y sin dudar: “Venga a Cristo como lo hizo el ladrón arrepentido: Venga a Cristo y será salvo”.
II. Algunos son salvos en la hora de su muerte, otros no.
La segunda lección que este pasaje quiere enseñarnos es que algunos son salvos en la hora de su muerte, otros no.
Es esta una verdad que nunca debe ser pasada por alto, por eso me es imposible ignorarla. Es una verdad que se destaca claramente en el triste final del otro malhechor, con demasiada frecuencia olvidado. La gente olvida que había “dos ladrones”.
¿Qué pasó con el otro ladrón que fue crucificado? ¿Por qué no se apartó de su pecado y clamó al Señor? ¿Por qué siguió endurecido e impenitente? ¿Por qué no fue salvo? Sería inútil intentar contestar estas preguntas. Contentémonos con la información que tenemos y veamos qué quiere enseñarnos.
No tenemos ningún derecho a decir que este ladrón era peor que su compañero, no hay nada que pruebe que lo fuera. Es evidente que ambos eran hombres malvados, ambos estaban recibiendo el merecido castigo por sus actos, ambos colgaban de una cruz a los dos lados del Señor Jesús, ambos lo escucharon orar por sus asesinos, ambos lo vieron sufrir con paciencia. Pero mientras uno se arrepintió, el otro siguió endurecido; mientas uno comenzó a orar el otro siguió injuriándole; mientras uno se convirtió al último momento, el otro murió contumaz en su maldad, tal como había vivido; mientras uno fue al paraíso, el otro fue a su lugar: Al lugar del diablo y sus ángeles.
Ahora bien, estas cosas fueron escritas para advertirnos. Hay una advertencia, al igual que un consuelo, en estos versículos y es, de hecho, una advertencia muy seria.
Me dicen y subrayan que aunque algunos se pueden arrepentir y convertirse en su lecho de muerte no significa que todos lo harán. El lecho de muerte no siempre es un tiempo de salvación.
Me dicen y subrayan que dos personas pueden tener las mismas oportunidades de hacerle bien a sus almas, pueden estar colocadas en la misma posición, ver las mismas cosas y oír los mismos sonidos y, no obstante, sólo una de las dos las aprovechan, se arrepienten, creen y son salvas.
Me dicen, sobre todo, que arrepentimiento y fe son dones de Dios y que están fuera del poder del hombre, y que el que se engaña pensando que puede arrepentirse cuando lo escoja, elegir el momento cuando lo hará, buscar al Señor cuando le plazca y, como el ladrón arrepentido, ser salvo al último instante, tarde o temprano descubrirá que está muy equivocado.
Y es bueno y provechoso tener en cuenta esto. Hay en el mundo una inmensa cantidad de ideas engañosas precisamente acerca de este tema. Veo a muchos que dejan que la vida se les vaya de entre las manos, sin estar preparados para morir. Veo a muchos que admiten que debieran arrepentirse, pero siempre lo dejan para mañana. ¡Y creo que una de las razones principales es que la mayoría cree que puede acudir a Dios cuando quiera! Se basan en la parábola de los obreros de la viña que habla de la hora undécima y la usan en la forma que nunca tuvo la intención de ser usada. Se enfocan en la parte placentera de los versículos que ahora estamos considerando, pero olvidan el resto. Hablan del ladrón que se fue al paraíso y se olvidan del que murió como vivió, ¡y se perdió2!
2 “Aquel que demora su arrepentimiento y no busca perdón hasta lo último por seguir este ejemplo, tienta a Dios y convierte en su veneno lo que Dios designaba para un fin mejor. “Las misericordias de Dios nunca se registran en las Escrituras para el engreimiento del hombre, ni los fracasos del hombre para ser imitados”. —Lightfoot, Sermón. 1684. “Muy desagradecida y tonta es la conducta de los que reciben aliento por el ladrón arrepentido que se arrepintió en el momento que moría; muy desagradecida al pervertir la gracia de su Redentor haciéndola ocasión para continuar pecando y muy tonto imaginar que lo que nuestro Señor hizo en una situación tan particular, pueda tomarse como un precedente de lo que es normal”. — Doddridge.
La ruego a cada uno que lee este escrito que use su sentido común y que tenga cuidado de no caer en el mismo error.
Considere la historia de los hombres en la Biblia y vea cuán a menudo las ideas de las que he estado hablando, se contradicen.
Recuerde bien cuántas pruebas hay de que dos hombres hayan recibido el ofrecimiento de la misma iluminación y sólo uno la aprovecha, y que nadie tiene derecho de tomarse libertades con la misericordia de Dios e imaginar que puede arrepentirse cuando a él le plazca.
Vea a Saúl y David. ¡Vivieron más o menos en la misma época, escalaron el mismo rango en la vida, fueron llamados a la misma posición en el mundo, disfrutaron del ministerio del mismo profeta, Samuel, y reinaron la misma cantidad de años! Sin embargo, uno fue salvo y el otro se perdió.
Vea a Sergio Paulo y a Galión. ¡Ambos eran gobernadores romanos, ambos eran hombres sabios y prudentes en su generación y ambos oyeron predicar a Pablo! Pero uno creyó y fue bautizado, el otro “no hacía caso de nada de esto” (Hch. 13:7; 18:17).
Observe el mundo a su alrededor. Fíjese lo que está sucediendo continuamente ante sus ojos. A menudo, dos hermanas asisten a la misma iglesia, oyen las mismas verdades y escuchan los mismos sermones y, sin embargo, sólo una se convierte, mientras que la otra permanece impávida. Puede ser que dos amigos lean el mismo libro cristiano; a uno le conmueve tanto que renuncia a todo para tener a Cristo, el otro no le ve nada de valor y sigue igual que antes. Centenares de personas han leído The Rise and Progress of Religion in the Soul (Auge y Progreso de la religión en el alma) por Doddrige, sin ningún beneficio, pero para Wilberforce significó el inicio de su vida espiritual. Miles han leído su libro Practical View of Christianity (Punto de vista práctico del cristianismo) y no les ha afectado para nada, pero cuando Leigh Richmond lo leyó, se convirtió en otro hombre. Nadie tiene el derecho de decir:
“La salvación es por mi propio poder”.
No pretendo explicar estas cosas. Sólo se las presento como grandes hechos verídicos y le pido que las reflexione con seriedad.
No me malinterprete. No quiero desanimarlo. Le digo estas cosas con todo cariño para advertirle del peligro. No las digo para apartarlo del cielo. Al contrario, las digo para atraerlo más y llevarlo a Cristo mientras puede ser hallado.
Quiero que se cuide de cualquier presunción. No abuse de la misericordia y compasión de Dios. Le ruego que no siga pecando, pensando que se puede arrepentir, creer y ser salvo cuando a usted le plazca, cuando quiera, cuando se le antoje. Siempre pondré delante de usted una puerta abierta. Siempre le diré: “Mientras hay vida hay esperanza”. Pero si quiere ser sabio, no deje para después nada que concierna a su alma.
Quiero que se cuide de dejar pasar los buenos pensamientos y las convicciones espirituales. Valórelas y aliméntelas, no sea que los pierda para siempre. Aprovéchelas al máximo, no sea que saquen alas y huyan volando.
¿Siente usted el deseo de comenzar a orar? Empiece a hacerlo inmediatamente.
¿Está disfrutando de alguna iluminación espiritual? Asegúrese de vivir en consonancia con esa iluminación. No juegue con las oportunidades, no sea que llegue el día cuando las quiere aprovechar y no podrá. No se rezague, no sea que obtenga sabiduría demasiado tarde.
Quizá diga usted: “Nunca es demasiado tarde para arrepentirse”. Respondo: “Es cierto, pero rara vez resulta así.” Y digo más: “Si aplaza arrepentirse, no puede estar seguro de que alguna vez lo haga”.
Quizá diga usted: “¿Por qué debiera tener miedo? El ladrón arrepentido fue salvo”. Respondo: “¡Es cierto, pero vuelva a mirar el pasaje que le dice que el otro ladrón se perdió!”.
III.El Espíritu siempre guía de la misma manera a cada alma salvada La tercera lección que quiere enseñarnos este pasaje es que el Espíritu siempre guía de la misma manera al alma salvada.
Éste es un punto que merece atención especial y que, a menudo, es pasado por alto. Las personas se fijan en que el ladrón arrepentido fue salvo cuando ya moría y no van más allá.
No toman en cuenta las evidencias que este ladrón dejó tras de sí.
No observan las pruebas abundantes que dio de la obra del Espíritu en su corazón. Y estas pruebas son las que quiero destacar. Deseo mostrar que el Espíritu siempre obra de una misma manera y que, sea que convierta a una persona en una hora, como lo hizo con el ladrón arrepentido, o que lo haga gradualmente, como lo hace con otros, los pasos por medio de los cuales conduce las almas al cielo son siempre los mismos.
Procuraré hacerle claro esto a todo el que lee este escrito. Quiero ponerlo en guardia. Quiero que se quite la idea generalizada de que hay algún camino fácil y divino al cielo desde el lecho de muerte. Quiero que comprenda a conciencia que cada alma salvada pasa por la misma experiencia y que los principios principales de la fe del ladrón arrepentido son los mismos que los santos más ancianos que han existido.
(a)Veamos, en primer lugar, cuan fuerte fue la fe de este hombre. Llamó “Señor” a Jesús. Declaró su creencia de que tendría un “reino”. Creyó que podía darle vida eterna y gloria y, creyéndolo, le dirigió su oración. Declaró que Jesús era inocente de todos los cargos que le eran imputados. “Éste”, dijo, “ningún mal hizo” (Lc. 23:41). Otros quizá pensaron que el Señor era inocente, pero este pobre hombre al borde de la muerte fue el único que lo declaró abiertamente.
¿Y cuándo sucedió todo esto? Sucedió…
- cuando toda la nación había rechazado a Cristo, gritando:
“¡Crucifícale!
¡Crucifícale!... No tenemos más rey que César” (Jn. 19:6; 15), - cuando los principales sacerdotes y fariseos lo habían condenado
y declarado “digno de muerte” (Mr. 14:64), - cuando sus propios discípulos lo habían abandonado y huido, - cuando colgaba débil, sangrando y muriendo en la cruz, - cuando fue contado entre los transgresores y considerado maldito. ¡Ésta fue la hora cuando el ladrón creyó en Cristo y le dirigió su oración! Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nunca se había visto una fe como ésta desde la creación del mundo3.
3 “No sé de otro ejemplo de fe tan notable e impresionante desde la creación del mundo. —
Commentary on the Gospels (Comentario de los Evangelios) por Calvino. “Una fe que puede ver el sol a través de una nube tan oscura, que puede descubrir a Cristo, a un Salvador, a través de un Jesús tan pobre, desechado, despreciado y crucificado y llamarlo Señor.
“Una gran fe que desde su cruz podía ver el reino de Cristo, el sepulcro y la muerte, cuando había tan pocas señales del reino, y orar pidiendo ser recordado en ese reino”. —Lightofoot, Sermón. 1684.
“El ladrón arrepentido fue el primero en confesar el reino celestial de Cristo, el primer mártir que dio testimonio de la santidad de sus sufrimientos y el primer apologista de su inocencia”. —Quesnel sobre el evangelio.
“Probablemente, hay pocos santos en gloria que hayan honrado a Cristo tan gloriosamente como este pecador moribundo”. —Doddridge.
“¿Es ésta la voz de un ladrón o de un discípulo? Dame permiso, oh Salvador de usar tus propias palabras: ‘Mateo 8:10’. Te vio colgado muriendo a tu lado, no obstante, te llama ‘Señor’. Te vio muriendo y, no obstante, habla de tu reino. Se sintió morir él mismo y, no obstante, habla de que lo recuerdes en el futuro. ¡Oh fe, más fuerte que la muerte, que puede ver una corona más allá de la cruz; más allá de su expiración, una visión de vida y gloria! ¿Cuál de tus once discípulos te dijo alguna vez palabras tan llenas de gracia como estas en estos, tus últimos estertores?”. —Obispo Hall.
Los discípulos habían visto señales y milagros poderosos. Habían visto la resurrección de un muerto mediante sólo tres palabras, a los leprosos curados mediante un toque, a los ciegos recibiendo su vista, a los mudos hablar y a los cojos caminar. Habían visto cómo miles de personas fueron alimentadas con unos cuantos panes y peces. Habían visto a su Maestro caminar sobre el agua como si fuera tierra seca. Lo habían oído hablar como nunca nadie antes había hablado y hacer promesas de cosas buenas por venir. Algunos de ellos habían tenido un anticipo de su gloria en el Monte de Transfiguración. Sin duda que la fe de ellos era “don de Dios”, pero además de ese don, contaban con muchas ayudas para fortalecerla.
El ladrón moribundo no había visto ninguna de las maravillas mencionadas. Lo único que él vio fue a nuestro Señor en agonía, débil, sufriendo y sobrellevando el dolor. Lo vio soportando un castigo ignominioso, abandonado, vilipendiado, objeto de burlas, aborrecido y blanco de blasfemias. Lo vio rechazado por los más grandes, sabios y nobles de su propio pueblo, su vigor seco como un tiesto, su vida cercana al Seol (Sal. 22:15; 88:3). No vio ningún cetro, ninguna corona real, ningún dominio externo, ninguna gloria, ninguna majestad, ningún poder, ninguna señal de omnipotencia. Y aun así, el ladrón agonizante creyó y gozó viendo de antemano el reino de Cristo.
¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que le hago ahora. ¿Dónde está su fe en Cristo?
(b)Note, en segundo lugar, qué sentido correcto tenía del pecado. Le dice a su compañero: Nosotros “recibimos lo que merecieron nuestros hechos”. Reconoce su impiedad y la justicia de su castigo. No hace ningún intento por justificarse o hacer excusas por su iniquidad. Habla como un hombre humillado y degradado al recordar sus iniquidades del pasado. Esto es lo que sienten todos los hijos de Dios.
Están prontos para reconocer que son pobres pecadores que merecen el infierno. Pueden decir de corazón, al igual que con su boca: “Hemos dejado de hacer las cosas que deberíamos haber hecho, e hicimos las cosas que no deberíamos haber hecho, y no hay salud en nosotros” (ver Mt. 23:23).
¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que ahora le hago: ¿Tiene conciencia de sus pecados?
(c)Veamos, en tercer lugar, el amor fraternal que demostró el ladrón hacia su compañero. Procuró conseguir que dejara de injuriar y blasfemar, y que reaccionara. “¿Ni aun temes tú a Dios”, le dice, “estando en la misma condenación?”. ¡No hay mejor señal de gracia que ésta! La gracia despoja al hombre de su egoísmo y lo lleva a identificarse con el alma de los demás. Cuando se convirtió la mujer samaritana, dejó su jarro y corrió a la ciudad diciendo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Jn. 4:28-29). Cuando se convirtió Saulo, fue inmediatamente a la sinagoga en Damasco y testificó a sus hermanos israelitas que Jesús “era el Hijo de Dios” (Hch. 9:20).
¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces, ¿dónde está su caridad y amor por las almas?
En suma, vemos en el ladrón arrepentido una obra consumada del Espíritu Santo. Podemos encontrar en el malhechor arrepentido cada parte del carácter del creyente. Con todo lo breve que fue su vida después de su conversión, usó el tiempo que le quedaba para dejar abundantes evidencias de que era hijo de Dios. Su fe, su oración, su humildad y su amor fraternal son testimonio indudable de la realidad de su arrepentimiento. No era un hombre arrepentido de palabra únicamente, sino de hecho y en verdad.
Nadie piense, entonces, que porque el ladrón arrepentido fue salvo, que una persona puede ser salva sin dejar ninguna evidencia de la obra del Espíritu. Analice bien cada uno las evidencias que dejó este hombre y tenga cuidado.
Evidencias al borde de la muerte
Es triste oír lo que la gente habla, a veces, de lo que llaman evidencias en el lecho de muerte. Es muy penoso observar con qué poco se satisfacen algunas personas y qué fácilmente se pueden convencer a sí mismos de que sus amigos se han ido al cielo.
Cuando su pariente ha muerto, comentan: “Dijo una oración tan hermosa un día, habló tan bien de que estaba arrepentido por sus viejas costumbres y su intención de vivir de una manera distinta en este mundo, o que le gustaba que alguien le leyera o que orara por él”. Y como tienen esto para alegar, ¡parecen estar tranquilos teniendo la esperanza de que su ser querido fue salvo!
Probablemente el nombre de Cristo nunca fue mencionado, tal vez tampoco se mencionó en ningún momento el camino de salvación. ¡Pero esto no les importa, si habló de algo aparentemente espiritual, con eso se contentan!
Ahora bien, no es mi deseo lastimar a nadie que lee este escrito, pero tengo que hablar claramente sobre este tema.
Quiero decir, de una vez por todas que, por regla general, no hay nada más insatisfactorio que las evidencias en el lecho de muerte. Se puede depender muy poco de los sentimientos que el hombre expresa cuando está enfermo y asustado. Con frecuencia, demasiada frecuencia, son el resultado del temor y no surgen de una convicción del corazón. Con frecuencia, demasiada frecuencia, son cosas dichas de memoria, habiéndolas escuchado de boca de pastores y de amigos preocupados, no porque él mismo las sienta. Y no hay prueba más fuerte de esto que el hecho bien sabido de que muchas de las personas que prometen reformarse cuando están enfermas y, por primera vez, hablan de algo espiritual, si se recuperan, vuelven a su pecado y al mundo. Cuando alguien ha vivido una vida irreflexiva e insensata, quiero algo más que unas lindas palabras y buenos augurios cuando está en su lecho de muerte como para convencerme acerca de la condición de su alma.
No me basta con que me deje leerle la Biblia y orar junto a su cama o que diga que “no había pensado tanto como debiera acerca del evangelio y que le parece que va a ser un hombre distinto si se mejora”. Nada de esto me contenta, no me hace sentir tranquilo en cuanto a su estado. Está bien en lo que cabe, pero no es una conversión. Está bien en un sentido, pero no es fe en Cristo. No puedo ni me atrevo a sentirme satisfecho. Otros pueden sentirse tranquilos, si quieren, y decir que esperan que su amigo fallecido esté en el cielo. Por mi parte, preferiría quedarme callado. Estaría satisfecho con la medida más pequeña de arrepentimiento y fe del moribundo, aunque no fuera más grande que un grano de mostaza. Pero contentarme con cualquier cosa menor que arrepentimiento y fe, me parece casi una infidelidad.
¿Qué clase de evidencias piensa dejar usted acerca del estado de su alma? Siga el ejemplo del ladrón arrepentido y le irá bien.
Cuando lo pongan en su ataúd ¿será que tendrán que buscar palabras sin sentido y sobras de espiritualidad a fin de alegar que fue un verdadero creyente? No tengan que comentar vacilantes: “Espero que esté feliz. Un día habló tan lindo y, en otra ocasión, parecía tan complacido con aquel capítulo de la Biblia y decía que le gustaba tal o cual persona que es buena gente”. Ojalá podamos hablar con seguridad acerca de la condición de usted. Ojalá tengamos alguna prueba segura de su arrepentimiento, su fe y su santidad, de modo que nadie, en ningún momento, pueda cuestionar su condición. Tenga por seguro que sin esto, los que deja atrás no podrán tener un consuelo fehaciente acerca de su alma. Podemos valernos de una forma de religión en su funeral y expresar esperanzas benévolas. Podemos encontrarnos con usted a la entrada del cementerio y decir: “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor” (Ap. 14:13). ¡Pero esto no alterará su condición! Si muere sin convertirse a Dios, sin arrepentimiento y sin fe,
su funeral no será más que las exequias de un alma perdida y mejor sería que nunca hubiera nacido.
IV.El creyente en Cristo está con el Señor cuando muere Además, la intención de estos versículos es que aprendamos que el creyente en Cristo está con el Señor cuando muere.
Podemos llegar a esta conclusión por las palabras del Señor al ladrón arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y tenemos una expresión muy similar en la Epístola a los Filipenses, donde Pablo dice que su anhelo es “partir y estar con Cristo” (Fil. 1:23).
Diré poco sobre este tema. Se lo presento sencillamente para sus propios momentos de meditación en privado. Para mí, está lleno de consuelo y paz. Después de la muerte, el creyente está “con Cristo”. Eso contesta muchas preguntas difíciles que, de otra manera, intriga la mente curiosa e intranquila del hombre. La morada de los santos fallecidos, sus alegrías, sus sentimientos y su felicidad reciben respuestas en una sencilla expresión: Están “con Cristo”.
No puedo entrar a explicar completamente el estado separado de los creyentes que han partido. Es un tema elevado y profundo, tanto que la mente del hombre no puede ni abarcarlo ni imaginarlo. Sé que su felicidad se queda corta comparada con lo que será cuando sus cuerpos se levanten de nuevo, en la resurrección en el último día, y Jesús regrese a la tierra. Pero sé también que disfruta de un descanso bendito, un descanso de sus labores, un descanso de sus aflicciones, un descanso del dolor y un descanso del pecado. No puedo explicar estas cosas, pero estoy convencido de que serán mucho más felices de lo que jamás lo fueron en la tierra. Veo su felicidad en este mismo pasaje: “Están con Cristo” y cuando veo esto, he visto todo lo que necesito ver. Si las ovejas están con su Pastor, si los miembros están con la Cabeza y si los hijos de la familia de Cristo están con él,
quien los amó y los sostuvo todo el trayecto de su peregrinaje en esta tierra, todo tiene que estar bien, todo tiene que estar perfecto.
No puedo describir qué clase de lugar es el paraíso porque no puedo entender la condición de un alma separada del cuerpo, pero no pido una visión más resplandeciente del paraíso que ésta: Que allí está Cristo4. Todo lo demás que podamos imaginarnos de lo que será ese estado entre la muerte y la resurrección no son nada en comparación con esto. Cómo está él allí y de qué manera lo está, no lo sé. Sólo ver a Cristo en el paraíso cuando mis ojos se cierren en la hora de la muerte, me basta. Bien dice el salmista: “En tu presencia hay plenitud de gozo” (Sal. 16:11). Fue cierto lo que dijo una niña a punto de morir cuando su madre trató de consolarla describiéndole cómo sería el paraíso. “Allí”, le decía, “no habrá dolor ni enfermedades, allí verás a tus hermanitos y hermanitas que han ido antes que tú y siempre serás feliz”. “¡Ah, madre!” fue la respuesta de la niña, “pero hay algo mejor que todo y es que allí estará Cristo”.
Puede ser que usted no piense mucho acerca de su alma. Puede ser que usted sepa poco de Cristo como su Salvador y que nunca ha probado, por experiencia, que es precioso. Y a pesar de ello, quizá tiene la esperanza de ir al cielo cuando muera. Éste es seguramente un pasaje que debiera hacerle pensar. El paraíso es un lugar donde está Cristo. ¿Sería entonces un lugar del que disfrutaría usted?
Puede ser que sea creyente y, no obstante, tiembla ante el pensamiento del sepulcro. Parece frío y lóbrego. Siente que todo lo que tiene por delante es oscuro y sombrío. No tema, ¡anímese con este pasaje! Va camino al paraíso y allí estará Cristo.
4 “No entremos en argumentos curiosos y sutiles acerca del lugar del paraíso. Estemos satisfechos con saber que los que están injertados en el cuerpo de Cristo por fe, son partícipes de la vida, y que allí disfrutarán después de la muerte un descanso bendito y gozoso hasta cuando la gloria perfecta de la vida celestial se manifieste plenamente en la venida de Cristo”. —Commentary on the Gospels (Comentario de los Evangelios) por Calvino.
V. La parte eterna del alma de cada ser humano está cerca de él Lo último que se supone que debemos aprender de estos versículos es lo siguiente: La parte eterna del alma de cada ser humano está cerca de Cristo.
“Hoy”, le dice nuestro Señor al ladrón arrepentido, “hoy estarás conmigo en el paraíso”. No menciona ningún periodo distante. No habla de entrar a un estado de felicidad como algo “lejano”. Habla de hoy, “este día mismo que estás colgado en la cruz”.
¡Qué cercano parece eso! ¡Qué extremadamente cerca nos traen esas palabras a nuestra morada eterna! Felicidad o sufrimiento, dolor o gozo, la presencia de Cristo o la compañía de los demonios, están todos cerca de nosotros. “Hay un paso”, dice David, “entre mí y la muerte” (1 S. 20:3). Podemos decir que hay sólo un paso entre nosotros y el paraíso o el infierno.
Ninguno de nosotros entiende esto lo bien que debiera. Ha llegado el momento de quitarnos las ideas sobre este tema que son producto de nuestra imaginación. Tenemos la tendencia de hablar y pensar, aun refiriéndonos a creyentes, como si la muerte fuera un largo viaje y como si el santo que ha muerto se ha embarcado en una larga travesía. ¡Esto es un error, un puro error! Su puerto seguro y su patria celestial están cerca y ya han entrado en él.
Algunos sabemos, por amarga experiencia, qué largo se nos hace el tiempo entre la muerte de un ser querido y la hora cuando lo sepultamos fuera de nuestra vista. Esas horas son las más lentas, tristes y pesadas de nuestras vidas. Pero, bendito sea Dios, las almas de los santos que han partido están libres desde el instante mismo cuando dieron su último aliento. Mientras nosotros lloramos, se está preparando el ataúd, se tiene el velorio y se llevan a cabo los últimos arreglos, el espíritu de nuestro ser querido está disfrutando de la presencia de Cristo.
Se encuentra libre para siempre de la carga de la carne. Está donde “los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job 3:17).
En el preciso momento en que el creyente muere, está en el paraíso. Su batalla ha acabado, sus luchas han terminado. Ha pasado por el valle sombrío que un día tendremos que pasar nosotros, ha cruzado el río tenebroso que un día tendremos que cruzar nosotros. Ha bebido la última copa amarga que el pecado le preparó, ha llegado al lugar donde ya no hay aflicciones y lamentos. ¡No debemos desear que regrese de donde está! No debemos llorar por él, sino por nosotros mismos.
Nosotros todavía estamos batallando, en cambio él está en paz. Nosotros estamos trabajando, en cambio él está descansando. Nosotros estamos velando, en cambio él está descansando. Nosotros estamos vistiendo nuestra armadura espiritual, en cambio él se la ha quitado para siempre. Nosotros todavía estamos de viaje, en cambio él está en puerto seguro. Nosotros tenemos lágrimas, en cambio él tiene gozo. Nosotros somos extranjeros y peregrinos, en cambio él está en su hogar permanente. ¡No hay duda de que los muertos en Cristo están mejor que los vivos! ¡No hay duda de que desde el preciso instante en que el santo muere, está inmediatamente en una posición mucho más elevada y más feliz que el más feliz sobre la faz de tierra!5
Me temo que abundan fantasías sobre esta realidad. Me temo que muchos que no son católicos romanos y profesan no creer en el purgatorio, no obstante, tienen ideas extrañas sobre las consecuencias inmediatas de la muerte.
Me temo también que muchas personas tienen una especie de noción indefinida de un intervalo o espacio de tiempo entre la muerte y su estado eterno. Se imaginan que estarán pasando por algún proceso purificador y que, aunque mueren ineptos para el cielo, ¡al final serán encontrados idóneos para él!
Pero esto es totalmente equivocado. No sucede ningún cambio después de la muerte, no hay ninguna conversión en la tumba, no hay un nuevo corazón después del último suspiro. El mismo día en que partimos, lo hacemos para siempre, el día que partimos de este mundo, comenzamos una condición eterna. Desde ese día no hay ninguna alteración del alma, ningún cambio espiritual. Así como morimos, así recibiremos nuestra parte después de la muerte; “en el lugar que el árbol cayere, allí quedará” (Ec. 11:3).
Si usted no es cristiano, esto debiera hacerlo pensar. ¿Sabe que está cerca del infierno? Puede morir este mismo día y, si no muere en Cristo, abrirá inmediatamente sus ojos en el infierno y en medio de tormentos.
Si es usted un cristiano auténtico, está mucho más cerca del cielo de lo que cree. Si el Señor se lo llevara este mismo día, se encontraría en el paraíso. La tierra prometida está muy cerca de usted. Si cerrara sus ojos en medio de debilidad y dolor, se abrirían inmediatamente en medio de un descanso glorioso imposible de describir.
Conclusión
Diré ahora unas pocas palabras a manera de conclusión. (a) Este escrito puede caer en las manos de un pecador humilde y
contrito.
¿Es usted uno de ellos? Entonces aquí le tengo palabras de aliento. Tome nota de lo que hizo el ladrón arrepentido y haga usted lo mismo.
5 “Te damos gracias porque te ha placido librar a éste, tu hermano, de los sufrimientos de este mundo pecador”. —Burial Service (Servicio fúnebre) de la Iglesia Anglicana. “Tengo buenas nuevas para dar. Un ser querido tuyo ha terminado su batalla, ha recibido respuesta a sus oraciones y sobre un gozo eterno descansa su sien. Mi esposa querida, el origen de mis mejores momentos terrenales durante veinte años, partió el martes”. —Carta de Venn a Stillingfleet, anunciando el fallecimiento de su esposa.
Tome nota de cómo oró, cómo llamó a Jesucristo; tome nota de la respuesta de paz que obtuvo. Hermano o hermana, ¿por qué no hace usted lo mismo? ¿Por qué no habría de ser salvo usted también?
(b)Este escrito puede caer en manos de un soberbio y presumido
mundano.
¿Es usted uno de ellos? Entonces preste atención a mi advertencia. Tome nota de que el ladrón impenitente murió tal como había vivido y tenga cuidado de no llegar a un final igual. Oh, hermana o hermano errado, ¡no esté tan confiado, no sea que muera en sus pecados! Busque al Señor mientras puede ser hallado. Vuélvase al Señor, ¿por qué habría de morir sin él?
(c) Este escrito puede caer en manos de un creyente que profesa a Cristo. ¿Es usted uno de ellos? Entonces tome la fe del ladrón arrepentido como criterio para medir su propia fe. Asegúrese de saber lo que es el verdadero arrepentimiento y la fe salvadora, la humildad auténtica y el amor ferviente. Hermano o hermana, no se satisfaga con la norma del mundo acerca del cristianismo. Piense como el ladrón arrepentido, eso es ser sabio.
(d) Este escrito puede caer en manos de alguien que está llorando por creyentes que han partido. ¿Es usted uno de ellos? Entonces reciba consuelo de este pasaje. Note cómo sus seres queridos están en las mejores manos. No pueden estar mejor. Nunca estuvieron tan bien en su vida como lo están ahora. Están con Jesús, a quien sus almas amaban sobre la tierra. ¡Oh, ya basta de sus lamentos egoístas! Regocíjese porque están libres de aflicciones y han entrado en su descanso.
(e)Y este escrito puede caer en las manos de algún siervo de Cristo entrado en años. ¿Es usted uno de ellos? Entonces vea por medio de estos versículos cuán cerca está de su patria celestial. Su salvación está más próxima que cuando recién creyó. Unos pocos días más de trabajo y aflicción, y el Rey de reyes mandará a buscarlo y, en un instante, su batalla habrá terminado y estará en completa paz.
