19

Necesidades de nuestros tiempos

Santidad · J. C. Ryle

Necesidades de nuestros tiempos

Hombres “entendidos en los tiempos”. 1 Crónicas 12:32

Estas palabras se refieren a la tribu de Isacar, en los primeros tiempos del reinado de David sobre Israel. Parece que después de la triste muerte de Saúl, algunas de las tribus estaban indecisas sobre su futuro inmediato. “¿Bajo qué rey?” era la pregunta del día en Palestina. Algunos no sabían si debían ser leales a la familia de Saúl o aceptar a David como su rey. Titubeaban y no se decidían; otros, sin vacilar, se decidieron por David. Entre estos últimos, había muchos de los hijos de Isacar y el Espíritu Santo los elogia de una manera especial. Los llama “entendidos en los tiempos”.

Sin duda esta frase, como cada una en las Escrituras, fue incluida para nuestra enseñanza. Estos hombres de Isacar nos son presentados como una modelo para imitar y un ejemplo para seguir porque es sumamente importante entender los tiempos en que vivimos y saber lo que estos tiempos requieren. Los sabios en la corte de Asuero “conocían los tiempos” (Est. 1:13). Nuestro Señor Jesucristo le reprocha a su pueblo diciéndole: “No conociste el tiempo de tu visitación”. “Sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡más las señales de los tiempos no podéis!” (Lc. 19:44; Mt. 16:3). Tengamos cuidado y no cometamos el mismo pecado. El hombre que se contenta con sentarse tranquilo en su casa, absorbido por sus propios asuntos, y no tiene conciencia de lo que está sucediendo en la Iglesia y en el mundo, es un patriota lastimoso, y una pobre muestra de lo que debe ser un cristiano. Además de la Biblia y nuestros propios corazones, nuestro Señor quiere que conozcamos nuestros tiempos, como lo hacían los sabios en la corte de Asuero.

En este capítulo, me propongo considerar lo que nuestros propios tiempos requieren de nosotros.

Cada época tiene sus peligros únicos para el cristiano profesante y, en consecuencia, demandan especial atención a los deberes propios de su situación particular. Pido a mi lector que me dé su atención durante unos minutos, mientras trato de mostrar lo que los tiempos requieren del cristiano y, particularmente, los de nuestro país. Son cinco los puntos que presentaré y lo haré claramente y sin reservas. “Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Co. 14:8).

I.La verdad del evangelio y la autoridad divina de la Biblia En primer lugar y de importancia primordial, los tiempos requieren que conservemos valientemente y sin vacilar, toda la verdad del evangelio y la autoridad divina de la Biblia.

Nos toca vivir en una época de mucha incredulidad, escepticismo e infidelidad. Nunca, posiblemente, desde los tiempos de Celso, Porfirio y Julián, ha sido tan abiertamente atacada la verdad del evangelio revelado y nunca se han presentado los ataques de una manera tan engañosamente atractiva. Las palabras escritas por el Obispo Butler en 1736 son, curiosamente, aplicables a nuestros propios tiempos: “Muchas personas dan por sentado que el cristianismo ya no es materia de investigación y se sabe desde hace tiempo que es pura ficción. En consecuencia, lo tratan como si en la actualidad, éste fuera un punto en que coinciden todas las personas analíticas y que no merece más que hacerlo objeto de risa y burlas, como castigo por haber interrumpido por tanto tiempo los placeres del mundo” (Analogy [Analogía] por Butler, Introducción). A veces me pregunto qué habría dicho el buen obispo si hubiera vivido en estos días.

En comentarios, revistas, periódicos, conferencias, ensayos y, a veces, aun en los sermones, docenas de escritores inteligentes libran una batalla constante contra los fundamentos mismos del cristianismo.

La razón, ciencia, geología, antropología, los descubrimientos modernos y el libre pensamiento están de su lado. Por doquier, nos dicen constantemente que ninguna persona educada puede realmente creer en una religión sobrenatural, ni en la inspiración de cada palabra de la Biblia, ni en la posibilidad de que haya milagros. Las doctrinas tan antiguas como la de la Trinidad, la Deidad de Cristo, la personalidad del Espíritu Santo, la expiación, la obligación de guardar el Día del Señor, la necesidad y eficacia de la oración, la existencia del diablo y la realidad de un castigo futuro, son archivados en silencio o tirados por la borda como basura. Y todo esto se hace con tanta astucia y con tanta apariencia de candidez y liberalidad, y con tantos elogios a la capacidad y nobleza de la naturaleza humana, que millares de cristianos inestables han sido arrasados como por un torrente y fluctúan, si no es que su fe experimente un naufragio total.

La existencia de esta plaga de incredulidad no debiera sorprendernos ni por un momento. Se trata del mismo viejo enemigo con un nuevo vestido, una enfermedad antigua con síntomas nuevos. Desde el día en que cayeron Adán y Eva, el diablo nunca ha dejado de tentar al hombre para que no crea en Dios, diciendo directa o indirectamente: “No morirás aunque no creas”. Tenemos la advertencia en las Escrituras, especialmente para los últimos días, de que abundaría la incredulidad: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”. “Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor”. “En los postreros días vendrán burladores” (Lc. 18:8; 2 Ti. 3:13; 2 P. 3:3).

En Inglaterra, el escepticismo es esa reacción natural contra un semipapismo y superstición que muchos sabios han predicho y esperado desde hace mucho tiempo. Es precisamente ese movimiento del péndulo lo que han buscado los estudiosos de la naturaleza humana y el momento ha llegado.

Pero, a la vez que le digo al lector que no se sorprenda ante el escepticismo generalizado de estos tiempos, le insto que no permita que lo altere, ni que deje de perseverar. No hay realmente causa para alarmarse. El arca de Dios no está en peligro, aunque parezca sacudirse un poco. El cristianismo ha sobrevivido los ataques de Hume, Hobbes y Tind, de Colling, Woolston, Bolingbroke y Chubb, de Voltaire, Payne y Holyoake. Estos hombres causaron gran alboroto en su tiempo y asustaron a los débiles, pero no tuvieron más efecto que las marcas que los viajeros ociosos producen al raspar sus nombres en la gran pirámide de Egipto. Esté seguro que de igual manera, el cristianismo sobrevivirá a los ataques de los astutos escritores de esta época. Por la sorprendente originalidad de muchas objeciones modernas a la revelación divina, sus argumentos y escritos parecen tener más peso del que en realidad tienen. Esto no quiere decir que no podemos desatar los nudos porque nuestros dedos no pueden hacerlo o que las formidables dificultades no tengan explicación porque no las entendemos. Cuando usted no puede responder al escéptico, conténtese con esperar más luz, pero nunca renuncie a un gran principio. En el cristianismo, al igual que en muchos interrogantes científicos, dijo Faraday: “La mejor filosofía es, a menudo, no apurarse a emitir juicios”. Aquel que cree, no se apurará, puede esperar.

Cuando los escépticos y los impíos han dicho todo lo que tienen para decir, no olvidemos tres grandes realidades que nunca han podido descartar con sus razonamientos, y estoy convencido de que nunca podrán hacerlo. Diré brevemente cuáles son. Son muy sencillas y cualquiera las puede entender.

(a) La primera realidad es Jesucristo mismo. Si el cristianismo es sólo una invención humana y la Biblia no viene de Dios, ¿cómo puede el impío explicar a Jesucristo? No puede negar su existencia en la historia. ¿Cómo puede ser que sin fuerzas ni chantajes, sin armas ni dinero dejó él una huella tan inmensamente profunda en el mundo, como evidentemente lo hizo?

¿Quién era? ¿Qué era? ¿De dónde salió? ¿Cómo es que nunca, ni antes ni después, hubo alguien como él, desde el principio de la historia? No pueden explicarlo. Nada lo puede explicar excepto el gran principio fundamental de la verdad revelada, que Jesucristo es Dios y su evangelio es totalmente cierto.

(b)La segunda realidad es la Biblia misma. Si el cristianismo no es más que una invención humana y la Biblia no tiene más autoridad que cualquier otro libro no inspirado, ¿cómo es que ésta es lo que es? ¿Cómo es que puede tener vigencia y relevancia hoy un Libro escrito por unos cuantos judíos en un rincón remoto de la tierra, escrito en periodos distintos sin un acuerdo entre los escritores, escrito por ciudadanos de una nación, que comparados con los griegos y romanos, nada contribuyeron a la literatura? ¿Cómo es que este libro no tiene paralelos y no hay nada que ni siquiera se le asemeje en cuanto a sus conceptos de Dios, las perspectivas acertadas sobre el hombre, la solemnidad de sus pensamientos, la grandeza de su doctrina y la pureza de su moralidad? ¿Qué explicación puede dar el impío acerca de este Libro tan profundo, tan sencillo, tan sabio, tan libre de defectos? No puede explicar su existencia ni su naturaleza ni sus principios. Sólo podemos hacerlo los que afirmamos que el Libro es sobrenatural y que procede de Dios.

(c) La tercera realidad es el efecto que el cristianismo ha tenido sobre el mundo. Si el cristianismo no es más que una invención humana y no una revelación sobrenatural y divina, ¿cómo es que ha producido un cambio tan completo en el estado moral de la humanidad? Cualquier persona preparada sabe que la diferencia moral entre la condición del mundo antes de que se sembrara el cristianismo y después de que el cristianismo echara raíces, es tan diferente como la noche y el día, como el reino del cielo y el reino de Satanás. Ahora mismo, desafío al que quiera, que observe un mapamundi y compare los países donde la gente es cristiana con aquellos donde la gente no es cristiana, y niegue que estos países son tan distintos como la claridad y la oscuridad,

como el color blanco y el negro. ¿Cómo puede el impío explicar esto, basándose en sus principios? No puede hacerlo. Sólo podemos hacerlo los que creemos que el cristianismo procede de Dios y que es la única religión divina en el mundo.

Si alguna vez se siente usted tentado a alarmarse por el progreso de la impiedad, vuelva a estudiar las tres realidades que acabo de presentar y eche fuera sus temores. Tome su posición con valentía escudado por estas tres realidades y podrá hacerle frente a cualquier argumento de los escépticos modernos. Quizá le hagan cientos de preguntas que usted no puede contestar o presentarle dilemas ingeniosos sobre varias lecturas. Puede ser que le pregunten qué es inspiración, o geología, o acerca del origen del hombre o sobre cuándo sucedió la creación, asuntos sobre los cuales, tal vez usted no pueda contestar. Pueden desconcertarlo e irritarlo con locas especulaciones y teorías que en el momento no puede usted ofrecer prueba de su falacia, aunque sabe que lo es. Pero mantenga la calma y no tema. Recuerde las tres grandes realidades que he mencionado y desafíe audazmente a los escépticos a explicarlas. Las dificultades del cristianismo son indudablemente grandes, pero tenga por seguro que no se comparan con las dificultades de la impiedad.

II.La doctrina cristiana

En segundo lugar, estos tiempos requieren que tengamos ideas distintivas e indubitables acerca de la doctrina cristiana.

Tengo que admitir mi convicción de que la iglesia profesante de este siglo está tan perjudicada por la laxitud y vaguedad en cuestiones doctrinales dentro de ella, como por los escépticos e incrédulos fuera de ella. Miríadas de cristianos en la actualidad, denotan ser absolutamente incapaces de distinguir entre las cosas que son diferentes de su profesión de fe.

Al igual que las personas que sufren de daltonismo que no distinguen la diferencia entre los colores, estos no disciernen entre lo que es verdad y lo que es mentira, entre lo que es verdadero y lo que no lo es. Si el predicador es original, elocuente y parece sincero, creen que todo lo que dice está bien, por más extraños y cuestionables que sean sus sermones. Aparentemente, carecen de sentido espiritual y no pueden detectar los errores. Les da lo mismo el papismo que el protestantismo, la expiación que ninguna expiación, un Espíritu Santo personal que ningún Espíritu Santo, un castigo futuro que ningún castigo futuro, una iglesia ritualista que una carente de ritual, una iglesia liberal que una conservadora. También les da lo mismo el trinitarismo, el arrianismo o el unitarismo; ¡se lo tragan todo, aun cuando ni siquiera lo puedan digerir! Se dejan llevar por una liberalidad y caridad imaginarias, piensan que todos tienen razón y que nadie está equivocado, todo clérigo es digno de confianza y ninguno no lo es, todos serán salvos y nadie se perderá. Su “religión” se compone de negativos ¡y lo único que tienen erradamente positivo es que no hacen diferenciaciones y creen que todos los conceptos extremos, indubitables y positivos son muy malos y equivocados!

Esta gente vive envuelta en una especie de bruma o neblina. No ven nada con claridad y no saben lo que creen. No tienen ninguna convicción acerca de las grandes verdades del evangelio y parecen contentarse con ser miembros honorarios de todas las corrientes de pensamiento. Por más que quisieran, no pueden decir lo que consideran como cierto acerca de la justificación, la regeneración, la santificación, la Cena del Señor, el bautismo, la fe, la conversión, la inspiración divina ni lo que será el más allá. Le tienen un miedo mórbido a las controversias y sienten una aversión ignorante a lo que consideran un espíritu sectario, aunque ni siquiera pueden explicar lo que quieren decir con estas expresiones. ¡Lo único que se les puede detectar es que admiran la inteligencia,

el ingenio y la caridad, y no pueden creer que un hombre inteligente, ingenioso y caritativo se equivoque! Y, entonces, siguen viviendo indecisos y, con demasiada frecuencia, indecisos siguen hasta la muerte, sin consuelo en su fe, y me temo que, a menudo, sin esperanza.

No es difícil encontrar una explicación para esta condición débil, insensible e indecisa del alma. Para empezar, el corazón del hombre natural está espiritualmente en tinieblas (no tiene un sentido intuitivo acerca de la verdad) y, realmente, necesita instrucción e iluminación. Además, el corazón natural de la mayoría de la gente detesta todo esfuerzo espiritual y, cordialmente, detesta el estudio esforzado y perseverante de temas que tienen que ver con Cristo. Sobre todo, al corazón natural, por lo general, le gusta que lo elogien, evita enfrentar las diferencias de opiniones y le encanta que lo consideren caritativo y generoso. El resultado es que a la inmensa mayoría de la gente y, especialmente a los jóvenes, les cae muy bien una especie de “agnosticismo religioso”. Se contentan con descartar como basura todos los motivos de discusión y si uno les dice que son indecisos, le contestan: “Yo no pretendo comprender esta controversia, así que me niego a examinar los puntos en discusión. Creo que, a la larga, no tiene ninguna importancia”. Todos sabemos que abundan por todas partes personas que piensan así.

Le ruego a cada uno de mis lectores que evite ese estado mental en cuanto a sus creencias. Es una pestilencia que anda en la oscuridad y que destruye en el día. Es una actitud perezosa y floja del alma que le ahorra el trabajo de pensar e investigar; pero la Biblia no justifica esa postura, ni lo hacen los artículos de la Iglesia Anglicana ni su Libro de Oraciones. Por el bien de su alma, determine puntualmente lo que cree y atrévase a tener conceptos positivos y distintivos sobre la verdad y el error.

Nunca, nunca tema tener opiniones doctrinales significativas y no permita que por algún miedo al hombre, ni por algún temor mórbido a que lo cataloguen de partidista, intolerante o controversial, lo lleven a contentarse con un cristianismo sin agallas, sin sabor, sin color, tibio y sin doctrina alguna.

Preste atención a lo que digo. Si quiere hacer bien en estos tiempos, tiene que echar fuera toda indecisión y apropiarse de una fe distintiva, incisiva y doctrinal. Si su fe es raquítica, aquellos a quienes trate de hacerle bien no creerán nada. Dondequiera que el cristianismo ha ganado victorias, lo ha hecho gracias a una teología doctrinal distintiva, informándole a la gente abiertamente acerca de la muerte y el sacrificio vicario de Cristo, enseñándole acerca de la justificación por la fe y pidiéndole que crea en un Salvador crucificado. Se posiciona bien la fe cristiana cuando se predica acerca de la ruina por el pecado, la redención por medio de Cristo y la regeneración a través del Espíritu, levantando la serpiente de bronce, pidiendo a los hombres que miren y vivan, que crean, se arrepientan y conviertan. Ésta es la única enseñanza a la que Dios ha honrado dándole la victoria durante más de diecinueve siglos y lo sigue haciendo en la actualidad aquí y en el todo el mundo. Reto a los astutos defensores de una teología no doctrinal y liberal, y a los predicadores de un evangelio sincero, pero carente de moralidad, a que me digan qué aldea, pueblo, ciudad o distrito ha sido evangelizado a base de principios, pero sin tener una “doctrina”. No pueden hacerlo y nunca podrán.

Un cristianismo sin un cuerpo de doctrina distintiva carece de poder. A algunos les puede parecer atractiva una religión sin “doctrina”, pero es estéril. Los hechos no se pueden negar. Es comparativamente poco el bien que ha realizado en el mundo. La impaciencia ignorante puede murmurar y clamar que el cristianismo ha fracasado porque reina la impiedad. Pero dé por seguro que si queremos “hacerle bien” al mundo y sacudirlo,

tenemos que luchar con las antiguas armas apostólicas y aferrarnos al “doctrina”. ¡Sin doctrina, no hay frutos!

¡No hay una doctrina evangélica positiva, no hay evangelización!

Tome nota de lo que digo. Los hombres que más han hecho por la iglesia y han dejado las huellas más profundas en su época y generación, siempre han sido hombres con conceptos doctrinales decisivos y claros. Fueron hombres valientes, decididos y puntuales como Capel Molyneuz y el gran campeón protestante Hugh McNeile, los que hacen pensar a la gente y ponen al mundo “patas para arriba”. Fue la “doctrina” en la era apostólica lo que vació los templos paganos y sacudió a Grecia y a Roma. Fue la “doctrina” que despertó al cristianismo de su letargo en la época de la Reforma y le quitó al papado un tercio de sus súbditos. Fue la “doctrina” lo que, más de 100 años atrás, avivó a la iglesia en los días de Whitefield, Wesley, Venn y Romaine, y prendió fuego a un cristianismo casi moribundo transformándolo en una llama flameante. Es la “doctrina” lo que en este momento da poder a cada misión exitosa aquí y alrededor del mundo. La doctrina clara y vibrante es como el sonido de las bocinas de cuernos usadas alrededor de Jericó, la que echa por tierra la oposición del diablo y del pecado. Aferrémonos a conceptos doctrinales indubitables, no importa lo que digan algunos, y nos haremos bien a nosotros mismos, a otros y a la Iglesia, al igual que a la causa de Cristo alrededor del mundo.

III.El carácter no bíblico del romanismo

En tercer lugar, estos tiempos requieren de nosotros que tengamos un sentido más claro y vivo del carácter del romanismo; que estemos convencidos de que dista mucho de ser bíblico y lleva el alma a la ruina. Éste es un tema doloroso, pero es imperativo atacarlo de frente.

(1) Las verdades del caso son muy sencillas.

Ningún observador inteligente puede dejar de ver que el tono del sentimiento público en Inglaterra en cuanto al romanismo ha cambiado muchísimo en los últimos años. El Padre Oakley, conocido y errado sacerdote, aliado del Cardenal Newman, asegura esto triunfalmente en una edición reciente de su libro Contemporary Review (Crítica contemporánea). Y lamento tener que admitir que, según mi opinión, dice la verdad. Ya no existe una aversión, animosidad ni desconfianza general hacia el papado, que una vez fue casi general en este país. Parece que ya no existe la claridad de antes en el sentimiento británico acerca del protestantismo. Algunos afirman estar cansados de toda la controversia religiosa y están dispuestos a sacrificar la verdad de Dios con tal de mantener la paz. Algunos consideran al romanismo, simplemente como una de las muchas expresiones religiosas inglesas, ni peor ni mejor que las demás. Algunos tratan de convencernos de que el romanismo ha cambiado y ya no es tan malo como lo era. Otros destacan audazmente las faltas de los protestantes y proclaman, a viva voz, que los romanistas son tan buenos como nosotros. Algunos opinan que está bien y es una muestra de liberalidad ser abierto, y argumentan que no tenemos derecho de creer que si una persona es sincera en cuanto a su credo, esté errada. No obstante, hay dos grandes verdades históricas:

(a) que la ignorancia, la inmoralidad y la superstición reinaban soberanamente en Inglaterra hace 400 años bajo el papado y (b) que la Reforma fue la bendición más grande que Dios le dio a este país.

¡Éstas son verdades que sólo a los papistas se les ocurría disputar cincuenta años atrás, pero que ahora es conveniente y está de moda olvidar! En suma, al ritmo que vamos, no sorprendería si, repentinamente, cambiaran las leyes y se permitiera que un papista usara la corona de Inglaterra.

(2)Las causas de este lamentable cambio no son difíciles de

descubrir.

(a) Surgen en parte por el celo constante de la Iglesia de Roma misma. Sus agentes nunca descansan ni duermen. Van por mar y tierra para ganar un prosélito. Se inmiscuyen en todas partes, desde los palacios hasta las fábricas, para promover su causa.

(b)Se ha extendido inmensamente por las medidas del partido ritualista de la Iglesia Anglicana. Ese cuerpo enérgico y activo ha estado vilipendiando a la Reforma y burlándose exitosamente del protestantismo durante muchos años. Ha corrompido, cegado y envenenado la mente de muchos fieles con sus incesantes interpretaciones erróneas. Ha familiarizado gradualmente al pueblo con cada doctrina y práctica del romanismo: La presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en la eucaristía, la transubstanciación (creencia por la fe, no por los sentidos, de que el cuerpo y la sangre de Cristo están presentes en la eucaristía), la misa, la confesión auricular y absolución sacerdotal, el carácter sacerdotal del ministerio, el sistema monástico y un estilo histriónico, sensual y llamativo de su culto público. ¡La consecuencia natural es que mucha gente sencilla no ve nada perjudicial en el papismo!

(c) Por último, pero no menos importante, es cómo la liberalidad falsa del tiempo en que vivimos ayuda a una tendencia hacia el catolicismo romano. Está de moda decir ahora que todas las sectas debieran considerarse iguales, que el estado no debería tener nada que ver con la religión, que todos los credos debieran ser considerados con el mismo respeto y que todas las religiones, en el fondo, comparten una verdad, ¡sea el budismo, islamismo o cristianismo! La consecuencia es que miríadas de gente ignorante comienzan a pensar que no hay nada realmente peligroso en los principios de los papistas, como no lo hay en los principios metodistas, independientes, presbiterianos o bautistas,

y que tenemos que dejar tranquilo al romanismo y nunca exponer su carácter anti bíblico que deshonra a Cristo.

(3)Las consecuencias de este cambio de actitud será muy desastroso y funesto, a menos que se lo detenga. Dejar que el papado se extienda en Inglaterra, significará el final de toda nuestra grandeza nacional. Dios nos abandonará y nos hundiremos al nivel de Portugal y España. Significará que se desalentará la lectura de la Biblia, se prohibirá tener un criterio personal, aparecerán obstáculos y obstrucciones en el camino hacia la cruz de Cristo, se volverá a establecer la función sacerdotal, la confesión auricular en cada parroquia, los monasterios cundirán por todo el país. Las mujeres en todas partes se arrodillarán como esclavas a los pies de los clérigos, los hombres perderán su fe y serán escépticos, las escuelas y universidades pasarán a ser seminarios de los jesuitas, el libre pensamiento será denunciado y declarado anatema. Y con todo esto, gradualmente irá desapareciendo la valentía e independencia del carácter británico. Creo con firmeza que todo esto sucederá, a menos que se avive el sentimiento del valor intrínseco del protestantismo.

(4) Advierto a todo el que lee este escrito y, en particular, advierto a mis hermanos creyentes, que estos tiempos requieren que despertemos y nos mantengamos en guardia. Cuidémonos del romanismo y de cualquier enseñanza religiosa que, queriendo o no, le abre a éste el camino. En nuestro país está desapareciendo gradualmente el protestantismo; le ruego que comprenda esta dolorosa verdad. Y le ruego, como cristiano y patriota, que resista la creciente tendencia a olvidar las bendiciones de la Reforma Inglesa.

Por Cristo, por la iglesia, por nuestra patria, por nuestros hijos, no volvamos a la ignorancia, a la superstición, a los artificios sacerdotales y a la inmoralidad romana.

Nuestros antepasados probaron el papado durante siglos y, finalmente, se libraron de él con disgusto e indignación. No volvamos el reloj regresando a Egipto. No hagamos las paces con Roma hasta que Roma confiese sus errores y haga las paces con Cristo. Hasta que Roma haga eso, la reunificación de las iglesias occidentales, de la cual hablan algunos y nos la recomiendan, es un insulto al cristianismo.

Lea su Biblia y llene su mente de argumentos bíblicos. Un laicado que lee la Biblia es la manera más segura de defenderse contra el error. No temo por el protestantismo inglés si el laicado inglés cumple su deber. Lea sus treinta y un artículos en Apology (Apología) de Jewell y note cómo esos documentos prácticamente olvidados hablan de las doctrinas romanas. Lamentablemente, los clérigos somos a menudo los culpables. ¡No observamos el primer canon que manda predicar cuatro veces por año en contra de la supremacía del Papa! Con demasiada frecuencia, nos comportamos como si el “papa gigante” estuviera muerto y sepultado, y nunca lo mencionamos. Con demasiada frecuencia, por temor a ofender, no le mostramos a nuestra gente la naturaleza e impiedad real del papado.

Ruego a mi lector que, además de leer la Biblia y los Artículos, lea la historia y se entere de lo que Roma hizo en el pasado. Lea cómo pisoteó las libertades de nuestro país, saquearon los bienes de nuestros antepasados y mantuvieron a toda la nación en la ignorancia, la superstición y la inmoralidad. Lea cómo el Arzobispo Laud arruinó a la iglesia y al estado, y causó que él y el Rey Carlos fueran ejecutados en la horca por su esfuerzo necio, obstinado y desagradable a Dios de erradicar el protestantismo de la Iglesia Anglicana. Lea cómo el último rey de Inglaterra papista, Jacobo Segundo, perdió su corona por su audaz intento de arrasar con el protestantismo y volver a introducir el papado. Y recuerde que Roma nunca cambia.

Es su gloria presumir que es infalible y que siempre lo será. Lea también las condiciones alrededor del mundo en la actualidad. ¿Qué es lo que hizo de Italia y Sicilia lo que eran hasta hace poco? El papado. ¿Qué es lo que ha hecho de los estados sudamericanos lo que son? El papado. ¿Qué es lo que ha hecho de España y Portugal lo que son? El papado. ¿Qué es lo que ha hecho de Irlanda lo que es en Munster, Leinster y Connaught? El papado. ¿Qué es lo que hace que Escocia, los Estados Unidos y nuestra amada Inglaterra sean los países prósperos que son, y rogamos que lo sigan siendo? Respondo sin vacilar que es el protestantismo, la libertad de leer la Biblia y los principios de la Reforma. Por favor, ¡piénselo dos veces antes de descartar los principios de la Reforma! Piénselo dos veces antes de ceder a la tendencia prevaleciente de favorecer el papado y volver a Roma.

La Reforma…

- encontró a los ingleses sumidos en la ignorancia y los dejó

poseyendo conocimiento, - los encontró sin Biblias y puso una Biblia en cada parroquia, - los encontró en las tinieblas y los dejó, comparativamente hablando, en la luz, - los encontró sujetos a los sacerdotes y los dejó disfrutando la

libertad que brinda Cristo, - los encontró ignorantes en cuanto a la sangre de la expiación,

la fe, la gracia y la verdadera santidad, y los dejó con la llave de estas bendiciones en las manos,

- los encontró ciegos y los dejó viendo, - los encontró esclavos y los dejó libres.

¡Siempre demos gracias a Dios por la Reforma! ¡Encendió una luz que no debemos dejar que se apague nunca! ¡Digo bien cuando afirmo que estos tiempos requieren de nosotros un sentido renovado de las maldades del romanismo y del valor enorme de la Reforma Protestante!

IV. La santidad personal y la práctica cotidiana de nuestra fe.

En cuarto lugar, estos tiempos requieren de nosotros una norma más elevada de santidad personal y más atención a la práctica cotidiana de nuestra fe.

Sinceramente, estoy convencido de que desde los días de la Reforma, no ha habido nunca como ahora en Inglaterra tanta profesión de fe sin práctica, tanto hablar de Dios sin andar con él, tanto oír las palabras de Dios sin ponerlas en acción. ¡Nunca hubo tanto metal que resuena y címbalo que retiñe! Nunca tanta formalidad y tan poca realidad. Todo el tenor de la mente de los hombres con respecto a lo que constituye un cristianismo práctico parece estar en declinación. La antigua norma de oro de la conducta apropiada de la mujer y el hombre cristiano parece haberse corrompido y degenerado. Se ve una cantidad de (supuestos) cristianos haciendo continuamente cosas que en el pasado hubieran sido consideradas contradictorias a una fe vital. No ven nada malo en cosas como jugar a las cartas, ir al teatro, bailar, pasarse el día leyendo novelas y viajar los domingos, ¡no entienden en absoluto por qué usted las objeta! La antigua sensibilidad de conciencia acerca de estas cosas parece estar desapareciendo y en peligro de extinción como el dodo de las islas Mauricio. Cuando nos aventuramos a exhortar a los jóvenes que las practican, se nos quedan mirando, considerándonos anticuados, de mente cerrada, fosilizados, y preguntan “¿Qué tiene de malo?”. En suma, la laxitud de las ideas entre los jóvenes y la seguridad en sí mismos, además de la frivolidad entre las señoritas, son características demasiado comunes de una nueva generación de profesantes cristianos.

No me equivoco al decir todo esto. Esté seguro que mi intención no es recomendar una práctica ascética. Los monasterios para monjes y para monjas, un retiro completo del mundo y negarnos a cumplir nuestras obligaciones en él, distan de ser bíblicos, según mi entender,

y no son más que errores en las prácticas que distraen del comportamiento cristiano bíblico. Tampoco creo que me toque instar a los hombres a vivir una norma ideal de perfección que no encuentro en la Palabra de Dios, una norma imposible de alcanzar en esta vida, y que pasa la administración de los asuntos de la sociedad al diablo y a los impíos. No, anhelo siempre promover una práctica cristiana amistosa, alegre y valiente que glorifica a Cristo y es apropiada en toda ocasión y en todo lugar.

El camino a una norma de santidad más elevada es muy sencilla, tan sencilla que me imagino a algún lector sonriendo con desdén. Pero, aun sencilla como es, es un camino tristemente descuidado y lleno de malezas, y ya es tiempo de llamar la atención a él.

(a) Necesitamos, pues, examinar más detenidamente nuestros viejos amigos, los Diez Mandamientos. Estudiados y apropiadamente desarrollados como lo fueron por el Obispo Andrews y los puritanos, las dos tablas de la ley de Dios son una mina perfecta de religión práctica. Creo que es una señal maligna de nuestros tiempos, el que muchos pastores no hacen colocar una placa con los diez mandamientos en sus templos nuevos o restaurados, y tranquilamente dicen: “¡Ya no se necesitan!” ¡Creo que nunca han sido tan necesarios como ahora!

(b) Tenemos que examinar con más cuidado, porciones de las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo como el Sermón del Monte. ¡Qué riqueza para reflexión contiene ese maravilloso discurso! Qué expresión impresionante es: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 5:20). ¡Ay, rara vez se usa ese texto!

(c)En último lugar, pero no por eso menos importante, tenemos que estudiar con cuidado la última parte, eminentemente práctica, de casi todas las epístolas de Pablo a las iglesias. Casi ni se las tiene en cuenta. Me temo que muchos lectores de la Biblia conocen bien los primeros once capítulos de la Epístola a los Romanos,

pero poco saben de los últimos cinco. Cuando Thomas Scott predicaba sobre la Epístola a los Efesios en la antigua Lock Chapel, hizo la observación de que ¡cuando llegó a la parte práctica del libro, la asistencia comenzó a bajar!

Vuelvo a decir que quizá usted piense que mis recomendaciones son demasiado sencillas. No vacilo en afirmar que darles su atención sería, con la bendición de Dios, muy provechoso para la causa de Cristo. Creo que elevaría la norma cristiana de mi lector a un nivel hasta ahora casi desconocido, en relación con temas como la fe en el hogar, el apartarse del mundo, diligencia en cumplir con las obligaciones diarias, generosidad, buen carácter y una mente espiritual.

En estos últimos tiempos, se escucha una queja común en cuanto a la falta de poder en el cristianismo moderno. Se dice que la verdadera iglesia de Cristo, el cuerpo del cual él es la Cabeza, no sacude al mundo actual como lo hacía en el pasado. ¿Quiere que le diga directamente cuál es la razón? Es la escasa espiritualidad que tristemente prevalece entre los cristianos profesantes. Es la falta de hombres y mujeres que caminan con Dios y ante Dios, como lo hacían Enoc y Abraham. Aunque ahora los fieles exceden por mucho a nuestros antepasados evangélicos, creo que somos muchos menos, los que estamos a la altura de ellos en cuanto a la práctica de nuestras creencias se refiere. ¿Dónde está el negarnos a nosotros mismos, la redención del tiempo, el desprecio a los lujos y a darnos gusto, la separación notoria de las cosas terrenales, el aspecto manifiesto de estar siempre ocupados en los asuntos de nuestro Señor, la fidelidad, la sencillez de la vida hogareña, la conversación de altura en la sociedad, la paciencia, la humildad y la cortesía universal que caracterizó a tantos de nuestros antepasados hace setenta y ochenta años.

Sí, ¿dónde están todas estas virtudes? Hemos heredado sus principios y vestimos su armadura, pero me temo que no hemos heredado su práctica.

El Espíritu Santo lo ve y se contrista, el mundo lo ve y nos desprecia. El mundo lo ve y le importa poco nuestro testimonio. Es un estilo de vida, en imitación de la vida de Cristo, lo que influye sobre el mundo. Resolvamos, con la bendición de Dios, quitarnos este reproche. Despertemos para ver claramente lo que estos tiempos requieren de nosotros en este sentido. Apuntemos a una norma más elevada de la práctica de nuestra fe. Dejemos atrás el vivir una santidad a medias. En adelante, esforcémonos por caminar con Dios, ser íntegros e irrefutables en nuestra vida cotidiana y así, si no podemos convertir a un mundo burlón, por lo menos podremos silenciarlo.

V. Perseverancia en las sendas antiguas

En quinto y último lugar, estos tiempos requieren de nosotros una perseverancia más regular y constante en andar en las sendas antiguas, a fin de recibir bendiciones para nuestras almas.

Religiosidad pública

No creo que ninguna persona inteligente puede dejar de ver que ha habido en los últimos años un aumento tremendo de lo que tengo que llamar, por falta de una expresión mejor, una religiosidad pública. Se han multiplicado, extrañamente, los lugares para el culto público de todo tipo. Por lo menos diez veces más, iglesias han abierto sus puertas a la oración, predicación y administración de la Cena del Señor, que hace cincuenta años. Los servicios religiosos en las naves de las catedrales, las reuniones en grandes salones públicos y cultos en misiones se llevan a cabo día tras día y noche tras noche. Todo esto se ha convertido en algo muy común. Son, de hecho, las instituciones establecidas de esta época y, a juzgar por el número de asistentes, son prueba fehaciente de que son populares. En suma, nos encontramos con el hecho incuestionable de que el último cuarto del siglo XIX es una época con una cantidad inmensa de religiosidad pública.

No pienso criticarlo. Que nadie lo suponga ni por un minuto. Al contrario, doy gracias a Dios por el avivamiento del plan apostólico de “agresividad” cristiana y el aumento evidente de un anhelo por imitar a San Pablo en cuanto a su celo por la evangelización: “A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos” (1 Co. 9:22). Doy gracias por los cultos más breves, los grupos misioneros en casas de familia y los movimientos evangelizadores como los de Moody y Sankey. Cualquier cosa es mejor que el letargo, la apatía y la inercia. El mismo Apóstol decía: “Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún” (Fil. 1:18). Los predicadores y justos de Inglaterra en un tiempo anhelaban ver algo así, pero nunca lo pudieron ver. Si a Whitefield y Wesley les hubieran dicho que vendría una época cuando los arzobispos y obispos ingleses, no sólo aprobarían cultos en las misiones, sino que tomarían parte activa en ellos, no creo que lo hubieran creído. Pienso que dirían más bien, como el samaritano noble en la época de Eliseo: “Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto así?” (2 R. 7:2).

Pero, aunque damos gracias por el aumento de religiosidad pública, no olvidemos nunca que, a menos que vaya acompañada por una fe personal, no tienen ningún valor y hasta puede tener efectos negativos. Correr incesantemente detrás de predicadores sensacionalistas en salones de reuniones calurosos y abarrotados, que se prolongan hasta altas horas de la noche, una ansiedad constante por sentir nuevas emociones y ver métodos novedosos, terminan produciendo un estilo enfermizo de cristianismo, y me temo que, en muchos casos, significan la ruina total del alma. Porque desgraciadamente los que hacen de la religiosidad pública su todo, a menudo, por puras emociones temporales, después de algún gran despliegue de oratoria eclesiástica, profesan sentir más de lo que realmente sienten. Después de esto, los vemos en un nivel que imaginan haber alcanzado por una sucesión de excitaciones religiosas.

Pero tarde o temprano, como sucede con los que mastican opio y los que beben alcohol, llega un momento cuando sus dosis ya no hacen efecto y comienzan a sentirse agotados y descontentos. Me temo que, con demasiada frecuencia, la conclusión de toda la cuestión es que vuelven a caer en una falta de vitalidad e incredulidad total, y un regreso total al mundo. ¡Y todo esto no tiene nada que ver más que con el hecho de tener sólo una religiosidad pública! Oh, recuerde el pueblo que no fue el viento, ni el fuego, ni el terremoto, que le mostró a Elías la presencia de Dios, sino “un silbo apacible y delicado” (1 R. 19:12).

Religiosidad personal

En primer lugar, quiero advertir que no quiero ver que disminuya la religiosidad pública; en cambio, sí quiero promover un aumento de una espiritualidad basada en una fe auténtica que sea privada, privada entre cada persona y su Dios. La raíz de una planta o un árbol no se ve en la superficie de la tierra. Si escarbamos hasta encontrarla y la examinamos, descubrimos es una cosa fea, sucia y tosca que dista de ser hermosa a la vista, como lo es el fruto, la hoja o la flor. No obstante, esa raíz fea, es el verdadero origen de toda la vida, salud, vigor y fertilidad que los ojos ven y, sin ella, la planta o él árbol, pronto muere. Ahora bien, la comunión privada es la raíz de todo cristianismo vital. Sin ella, podemos aparentar mucho en las reuniones o en la plataforma, cantar a viva voz, derramar muchas lágrimas y tener el nombre de estar vivos y la alabanza de la gente. Pero, sin una fe personal, no tenemos vestido de boda y estamos “muertos ante Dios”. Los tiempos requieren de todos nosotros más atención a nuestra fe personal, nuestra adoración privada.

(a) Oremos con más fervor a solas y pongamos toda el alma en nuestras oraciones. Hay oraciones vivas y oraciones muertas, oraciones que no nos cuestan nada y oraciones que, a menudo, nos cuestan muchas lágrimas.

¿Cómo son las suyas? Cuando grandes profesantes resbalan en público y la iglesia se sorprende y queda pasmada, la verdad es que ya habían caído mucho antes en privado. Ya habían descuidado el trono de gracia.

(b) Leamos más nuestras Biblias a solas y con más sacrificio y diligencia. Ignorar las Escrituras es la raíz de todo error y nos mantiene indefensos ante las acechanzas del diablo. Sospecho que, en la actualidad, hay menos lectura bíblica en privado que cincuenta años atrás. No puedo creer que haya tantos hombres y mujeres ingleses que han sido “llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Ef. 4:14). Hay algunos cayendo en el escepticismo, otros en un fanatismo cerrado y exagerado y otros más, yéndose a la religión de Roma, y todo esto porque se habituaron a leer la Palabra de Dios con desgano, superficialidad, indiferencia y por costumbre. “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mt. 22:29). La Biblia en el púlpito nunca debe reemplazar a la Biblia en el hogar.

(c)Tengamos el hábito de cultivar más la meditación y comunión con Cristo a solas. Resolvamos dedicar tiempo a estar a solas, ocasionalmente, para hablarles a nuestras propias almas como lo hizo David; para derramar nuestros corazones a nuestro Sumo Sacerdote, Abogado y Confesor a la diestra de Dios. Queremos más confesión auricular, pero no con el hombre. El confesionario que queremos no es un rincón de la sacristía, sino ante el trono de gracia. Veo que algunos cristianos profesantes siempre andan de aquí para allá buscando alimento espiritual, siempre en público y siempre sin aliento y apurados. Nunca se toman el tiempo para sentarse tranquilamente, con el fin de considerar y analizar su condición espiritual. No es de sorprender, pues, ver que estos cristianos tienen una fe raquítica y atrofiada, y no crecen, y si, como las vacas flacas de Faraón, no se ven mejor, sino peor, es por sus banquetes de religiosidad pública.

Nuestra prosperidad espiritual depende muchísimo de nuestra fe personal y nuestra fe personal no puede prosperar, a menos que decidamos que, con la ayuda de Dios, cueste lo que cueste, nos haremos tiempo para reflexionar, orar, leer la Biblia y tener una comunión personal con Cristo. ¡Ay! Cómo se descuida aquel consejo de nuestro Señor: “Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre” (Mt. 6:6). Nuestros antepasados evangélicos tenían mucho menos medios y oportunidades de los que tenemos nosotros. Desconocían lo que eran los salones de reunión completamente llenos, excepto, ocasionalmente, algún lugar donde predicaban hombres como Whitefield, Wesley o Rowlands. Los procedimientos que usaban no eran novedosos ni populares y, a menudo, les hacían más propensos a ser perseguidos y maltratados que a ser elogiados. Pero las armas que usaban, las usaban bien. Con menos ruido y aplausos de parte del hombre, dejaron una huella mucho más profunda para Dios en su generación de la que dejamos nosotros con nuestras conferencias, reuniones, misiones, salones y múltiples espectáculos religiosos. Sospecho que los convertidos de antaño, como las telas de lino, quedaban mejor, duraban más, desteñían menos, mantenían mejor su color, eran más estables y estaban más fuertemente arraigados que muchos de los infantes espirituales de esta época. ¿Y cuál era la razón? Creo que era porque daban más atención a su fe personal, a su comunión privada, que la que, generalmente, damos nosotros. Andaban cerca del Señor y lo honraban en privado, y él los honraba en público. ¡Oh, sigamos a Cristo como lo seguían ellos! Vayamos y hagamos lo mismo.

Aplicaciones prácticas

Concluiremos con algunas aplicaciones prácticas.

(1) En primer lugar, ¿comprende qué requiere de usted este tiempo con referencia a su propia alma? Preste atención y se lo diré. Usted vive en una época de peligros espirituales singulares.

Posiblemente, nunca hubo en el pasado tantas trampas y obstáculos en el camino al cielo y, por cierto, nunca han existido trampas con señuelos tan habilidosos y obstáculos tan ingeniosos como en el presente. Mire bien quién es usted. Fíjese bien en sus acciones. Reflexione en los senderos por donde andan sus pies. Tenga cuidado de no causar la aflicción y ruina eterna de su propia alma. Tenga cuidado de no caer en la infidelidad práctica bajo el engañoso nombre del libre pensamiento. Cuidado de no caer indefenso en un estado de indecisión con referencia a las verdades doctrinales por no querer ser partidista y bajo la influencia perjudicial de la llamada liberalidad y caridad. Tenga cuidado de no malgastar su vida en deseos y la búsqueda de significado porque puede llegar el día de decisión cuando la puerta se cierre y usted sea entregado a una conciencia muerta y a una muerte sin esperanza. Despierte y sienta el peligro que corre. Levántese y sea diligente en asegurarse de que su llamado y elección sea segura, no importa que otras cosas deja inseguras. El reino de Dios está muy cerca. Cristo, el Salvador todopoderoso, Cristo el Amigo del pecador, Cristo y la vida eterna están listos para usted. Lo único que usted tiene que hacer es venir a Cristo. Levántese y deje a un lado todas las excusas, Cristo lo llama hoy mismo. No espere una compañía, si no la puede tener, no espere a nadie. Los tiempos, repito, son desesperadamente peligrosos. Si son pocos los que toman el camino angosto de la vida, decida que con la ayuda de Dios, al menos usted estará entre esos pocos.

(2)En segundo lugar, ¿comprende usted lo que este tiempo requiere de todos los cristianos con referencia a las almas de los demás? Preste atención y se lo diré. Usted vive en un tiempo de mucha libertad y abundantes oportunidades de hacer el bien. Nunca hubo tantas puertas abiertas para ser útiles, tantos campos blancos para la mies.

Ocúpese de usar esas puertas abiertas y procure cosechar esos campos. Trate de hacer un poco de bien antes de morir. Esfuércese por ser útil. Decida que, con la ayuda de Dios, dejará el mundo un poco mejor el día de su muerte que el día en que nació. Recuerde las almas de familiares, amigos y compañeros; recuerde que Dios, a menudo, obra por medio de instrumentos débiles, y trate con santo ingenio, de guiarles a Cristo. El tiempo es breve: La arena del reloj de este mundo ya casi ha descendido del todo; entonces, redima el tiempo y procure no irse al cielo solo. Es claro que usted no puede ordenar el éxito. No es seguro que sus esfuerzos de hacer el bien siempre resulten en el bien de otros; pero es muy seguro que siempre le hará bien a usted. El ejercicio es el gran secreto de una buena salud, tanto física como espiritual. “Y el que saciare, él también será saciado” (Pr. 11:25). Pocos entienden la siguiente afirmación profunda y sin igual del Señor: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35).

(3)En último lugar, ¿comprende usted lo que este tiempo requiere de usted con referencia a la Iglesia? Deme su atención y se lo diré. Es indudable que vivimos en una época cuando nuestra iglesia, respetada por tantos años, se encuentra en una posición muy crítica, angustiante y peligrosa. Sus remeros la han llevado a aguas revueltas. Su existencia misma peligra debido a los papistas, infieles y liberales de afuera y a la conducta de traidores, falsos amigos y líderes medrosos de adentro. No obstante, mientras la Iglesia se aferre firmemente a la Biblia, los Artículos y los principios de la Reforma Protestante, le aconsejo que se quede en la iglesia. Cuando los Artículos sean arrojados por la borda y se haya bajado la vieja bandera, entonces, y no hasta entonces, será tiempo de que usted y yo echemos los botes salvavidas al mar y abandonemos el barco para no naufragar. Pero por ahora, quedémonos en la vieja embarcación.

¿Por qué hemos de abandonarla ahora, cuando se encuentra en dificultades y cuesta trabajo mantener la verdad? ¿Cómo podemos mejorar nosotros mismos? ¿A quién podemos ir? ¿A dónde encontraremos mejores oraciones? ¿En qué congregación o comunidad encontraremos que se esté haciendo tanto bien, a pesar de la existencia de tanta maldad? Es indudable que hay mucho que lamentar, pero no hay en la actualidad ni una iglesia visible sobre la tierra que ande mejor. No hay ni una comunidad cristiana donde no haya nubarrones y reine la serenidad. “El mal está mezclado con lo bueno en todas partes”. El trigo nunca crece sin cizaña. A pesar de todo, tenemos mucho de qué alegrarnos. Hay más predicación evangélica que nunca en el país, más obra aquí y en otras naciones. Si el que fuera William Romaine, de St. Anne’s, Blackfriars, quien junto con media docena más eran los únicos en Londres el siglo pasado, hubiera vivido para ver lo que nuestros ojos ven, nos reprendería fuertemente por nuestro desaliento e ingratitud. ¡No! La batalla de la Iglesia reformada no está perdida, a pesar del semipapismo y el escepticismo, no importa lo que digan los observadores de afuera y los quejosos de adentro. Como dijo Napoleón a las cuatro de la tarde en la batalla de Marengo: “Todavía hay tiempo para ganar una victoria”. Si los miembros realmente fieles de la Iglesia la apoyan con valentía, en lugar de mirarse fríamente los unos a los otros y, en vez, de negarse a trabajar en la misma máquina apagafuegos o en el mismo bote salvavidas, y si cesan de pelear y discutir, dañándose a sí mismos, la Iglesia vivirá y no morirá, y será una bendición para los hijos de nuestros hijos. Por lo tanto, plantemos los pies en el suelo y permanezcamos firmes en nuestra posición. No nos apuremos a abandonar el barco por unas pocas fugas; en cambio, pongamos hombres a bombear y tratemos de mantener al buen barco a flote. Sigamos trabajando, sigamos luchando, sigamos orando y sigamos fieles a la Iglesia. Estoy convencido de que el creyente que haga esto, es el que “entiende los tiempos”.

↑ Back to top ← Back to Book ← Books Library

↑