Santificación
“Santifícalos en tu verdad”. Juan 17:17
“La voluntad de Dios es vuestra santificación”.
1 Tesalonicenses 4:3
Me temo que el tema de la santificación es uno que a muchos les desagrada considerablemente. Algunos hasta lo rechazan con desprecio y desdén. Lo último que quisieran es ser un “santo” o un hombre “santificado”. No obstante, el tema no merece ser tratado de este modo. No es un enemigo, sino un amigo.
Es un tema de suma importancia para nuestras almas. Si la Biblia dice la verdad, entonces es cierto que, a menos que seamos “santificados”, no seremos salvos. Hay tres cosas que, según la Biblia, son absolutamente necesarias para la salvación de cada hombre y mujer en la cristiandad. Estas tres son: Justificación, regeneración y santificación. Las tres se encuentran en cada hijo de Dios: El que ha aceptado a Cristo como su Señor y Salvador es nacido de nuevo, justificado y santificado. Al que le falte uno de estos tres elementos, no es un verdadero cristiano a los ojos de Dios y, si muere en esa condición, no lo encontraremos en el cielo ni será glorificado en el día final.
Es un tema muy apropiado para esta época porque han aparecido últimamente doctrinas extrañas, sobre todo, respecto al tema de la santificación. Algunas de esas doctrinas parecen confundirla con la justificación. Algunos la rebajan al grado de anularla bajo la excusa de tener un gran celo por la gracia y la descuidan, prácticamente, en su totalidad. Otros tienen tanto temor de que las “obras” sean incluidas como parte de la justificación, que casi ni pueden encontrarle un lugar a las “obras” en su fe.
2. Santificación 39
Otros más, adoptan una norma equivocada con respecto a la santificación, nunca la logran, desperdician su vida en repetidos cambios de iglesia en iglesia, de congregación en congregación y de secta en secta con la esperanza inútil de que encontrarán lo que quieren. En tiempos como éste, un examen sereno del tema, como uno de los temas principales del evangelio, puede ser de mucho provecho para nuestras almas.
I.Primero, consideremos la verdadera naturaleza de la
santificación.
II. Segundo, consideremos las señales visibles de la santificación. III. Por último, consideremos, en qué coinciden la justificación
y santificación, en qué se parecen y cómo difieren.
Si lamentablemente el lector de estas páginas es alguien a quien sólo le interesa el mundo y no profesa una religión, no puedo esperar que se interese mucho en lo que escribo. Probablemente le parezca cuestión de “palabras y nombres” y lindas preguntas que no tienen ninguna relación con lo que cree. Pero si es un cristiano reflexivo, razonable y sensible, me atrevo a decir que encontrará que vale la penar tener algunos conceptos claros acerca de la santificación.
I.Naturaleza de la santificación
En primer lugar, tenemos que considerar la naturaleza de la santificación.
¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla del hombre “santificado”?
La santificación es la obra espiritual interior que el Señor Jesucristo lleva a cabo en el hombre por medio del Espíritu Santo, cuando lo llama a ser un verdadero creyente. No sólo 1) lo limpia de sus pecados con su propia sangre, sino que también 2) lo separa de su amor natural por el pecado y el mundo, 3) pone un principio nuevo en su corazón y 4) lo hace practicar la piedad en su vida.
El instrumento por el cual el Espíritu hace esto es, generalmente, la Palabra de Dios, aunque a veces usa aflicciones y visitaciones providenciales son “sin palabra” (1 P. 3:1). El sujeto de esta obra de Cristo por su Espíritu es llamado en las Escrituras hombre “santificado”1.
El que supone que Jesucristo sólo vivió, murió y resucitó a fin de proveer justificación y perdón de pecado a su pueblo, tiene todavía mucho que aprender. Aunque lo sepa o no, está deshonrando a nuestro bendito Señor y convirtiéndolo en apenas un Salvador a medias.
El Señor Jesús se ha hecho cargo de todo lo que las almas de los suyos requieren; no sólo para librarlos de la culpa de sus pecados por medio de su muerte expiatoria, sino también del dominio de sus pecados, colocando al Espíritu Santo en sus corazones, no únicamente para justificarlos, sino también para santificarlos. Es él, de este modo, no sólo la “justicia” del creyente, sino su “santificación” (1 Co. 1:30). Prestemos atención a lo que dice la Biblia:
1 “Las Escrituras mencionan una doble santificación y, en consecuencia, hay una doble santidad. La primera es común a las personas y cosas, consistiendo de una dedicación, consagración o separación singulares de ellas para el servicio de Dios, por su propio nombramiento, por el cual se hacen santos. Esto se aplica a los sacerdotes y levitas de antaño; el arca, el altar, el tabernáculo y el templo que eran santificados y hechos santos y, ciertamente, en toda santidad hay una dedicación y separación singular para Dios. Pero en el sentido mencionado, la suya era solitaria y, exclusivamente, de él. Nada se relacionaba con esta separación sagrada ni había ningún otro efecto de esta santificación. Pero, en segundo lugar, hay otro tipo de santificación y santidad, este apartarse para Dios no es lo primero realizado ni lo intencionado, sino una consecuencia y efecto de ella. Ésta es real en el interior, por la comunicación de un principio de santidad de nuestra naturaleza, desarrollado con su práctica de actos y deberes de obediencia santa a Dios. Esto es lo que buscamos”. —John Owen (1616-1683) acerca del Espíritu Santo, Works (Obras). Tomo 3, p. 370, edición de Goold.
“Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados”, “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado”, “Jesucristo… se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”, Cristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia”, “Os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Jn. 17:19; Ef. 5:25, 26; Tito 2:14; 1 P. 2:24; Col. 1:21, 22). Consideremos con cuidado el significado de estos cinco textos. Si algo significan esas palabras, es que Cristo lleva a cabo la santificación, tal como lo hace en el caso de la justificación de su pueblo creyente. Se hace provisión para ambas igualmente “en ese pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y… guardado” del cual el Mediador es Cristo. De hecho, Cristo es llamado en otro lugar: “El que santifica” y a su pueblo se le llama: “Los que son santificados” (He. 2:11).
El tema que tenemos ante nosotros es tan profundo y de tanta importancia que requiere protegerlo, vigilarlo, aclararlo y delinearlo por todos sus costados. Una doctrina que es indispensable para la salvación, nunca puede ser desarrollada con demasiada precisión ni ser esclarecida totalmente. Aclarar la confusión entre unas doctrinas y otras, lo cual es lamentablemente común entre los cristianos, y trazar una relación precisa entre unas verdades y otras en la fe, es una manera de arribar a un acierto total en nuestra teología. Por lo tanto, no vacilo en exponer a mis lectores a una serie de proposiciones o declaraciones conectadas, tomadas de las Escrituras, que creo encontrarán útiles para definir la naturaleza exacta de la santificación.
(1) Santificación es, pues, el resultado invariable de esa unión con Cristo que la fe auténtica da al cristiano. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn. 15:5). La rama que no lleva fruto no es una rama viva en la vid. La unión con Cristo que no produce ningún efecto en la vida es una mera unión de forma, que no tiene valor ante Dios. La fe que no tiene una influencia santificadora sobre el carácter del creyente, no es mejor que la fe de los demonios. Es una “fe muerta, porque es sola”. No es un don de Dios. No es la fe de los escogidos de Dios. En resumen, donde no hay una santificación de la vida, no hay una fe verdadera en Cristo. La fe verdadera obra por el amor. Constriñe al hombre a vivir para el Señor como efecto de un profundo sentido de gratitud por su redención. Le hace sentir que nunca puede hacer demasiado por Aquel que murió por él. Habiendo sido perdonado por mucho, mucho ama. Aquel a quien la sangre de Cristo lo limpia, vive en la luz. El que tiene una auténtica esperanza viva, se purifica a sí mismo tal como el Señor es puro. (Stg. 2:17-20; Tito 1:1; Gá. 5:6; 1 Jn. 1:7; 3:3.)
(2) Además, la santificación es el resultado y consecuencia inseparable de la regeneración. El que es nacido de nuevo y hecho nueva criatura, recibe una nueva naturaleza y nuevos principios de vida, y vive siempre una vida nueva. Una supuesta regeneración que puede tener el hombre y, no obstante, vivir en el pecado o mundanalidad sin importarle, es una regeneración inventada por teólogos poco inspirados, que las Escrituras no mencionan. Por el contrario, Juan dice expresamente que “todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, ama a su hermano, se guarda a sí mismo y vence al mundo” (1 Jn. 2:29; 3:9-14; 5:4,18). En suma, donde no hay santificación, no hay regeneración y donde no hay una vida santa, no hay un nuevo nacimiento.
Ésta es, sin duda, una afirmación dura para muchos; pero, dura o no, es sencillamente una verdad bíblica. Está escrito claramente que el que es nacido de Dios es uno en quien permanece la simiente de Dios; “y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn. 3:9).
(3) Santificación también es la única certeza de la evidencia de que el Espíritu Santo mora en él, lo cual es esencial en la salvación. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). El Espíritu no se mantiene dormido ni inactivo dentro del alma: Siempre da a conocer su presencia por el fruto que causa que nazca en el corazón, en el carácter y en la vida. “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” y cosas similares (Gá. 5:22, 23). Donde existen estas virtudes, allí está el Espíritu; donde faltan, los hombres están muertos para Dios. El Espíritu es comparado con el viento y, como el viento, no se ve con ojos físicos. Pero así como sabemos que hay viento por el efecto que produce en las olas, en los árboles y en el humo, podemos también saber que el Espíritu está en alguien por los efectos que produce en su conducta. Es necio suponer que tenemos el Espíritu si no andamos en el Espíritu (Gá. 5:25). Podemos depender de esto con gran certeza: Que donde no hay un vivir santo, no hay Espíritu Santo. El sello que el Espíritu estampa en el pueblo de Dios, es santificación. Todos los que de hecho son “guiados por el Espíritu de Dios, éstos”, estos únicamente, “son hijos de Dios” (Ro. 8:14).
(4) Santificación también es la única señal segura de la elección de Dios. Los nombres y la cantidad de escogidos son algo secreto, sin duda, que Dios sabiamente se ha guardado para él y no ha revelado al hombre. No nos es dado en este mundo estudiar las páginas del libro de la vida y ver los nombres que contiene. Pero hay una realidad clara y simple de la elección y es ésta: Que los hombres y mujeres escogidos pueden ser conocidos y distinguidos por su vida santa. Está escrito expresamente que son…
- “Elegidos… en santificación”, - “Escogido[s]… para salvación, mediante la santificación”, - “Los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” y - “nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para
que fuésemos santos”.
Por esto, cuando Pablo vio el obrar de la “fe” y el “amor” en la práctica y la “esperanza paciente” de los creyentes tesalonicenses, dijo: “Conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección” (1 P. 1:2; 2 Ts. 2:13; Ro. 8:29; Ef. 1:4; 1 Ts. 1:3, 4).
El que se vanagloria de ser uno de los escogidos mientras que, intencional y habitualmente, vive en pecado, sólo se engaña a sí mismo y blasfema. Por supuesto que es difícil saber lo que realmente es la gente; muchos que parecen bastante buenos externamente, pueden resultar hipócritas con un corazón corrupto. Pero el individuo en el que no hay, al menos, alguna indicación externa de santificación, podemos estar seguros de que tampoco es escogido. El catecismo de la Iglesia Anglicana, sabia y correctamente, enseña que el Espíritu Santo “santifica a todo el pueblo escogido de Dios”.
(5) Santificación, repito, es una realidad que siempre será posible ver. Al igual que la Gran Cabeza de la Iglesia, de la cual surge, no puede ser escondida. “Porque cada árbol se conoce por su fruto” (Lc. 6:44). La persona realmente santificada puede estar tan vestida de humildad, que sólo puede ver en sí misma, sus propias debilidades y defectos. Como Moisés, cuando bajó del Monte Sinaí, quien posiblemente no tenía conciencia de que su rostro resplandecía. Como el justo, en la poderosa parábola de las ovejas y los cabritos, quien no pudo ver que quizá hubiera hecho algo digno de la atención y felicitación de su Maestro:
“¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?” (Mt. 25:37). Pero no importa si él mismo lo ve o no, otros siempre lo verán en su tono, gustos, carácter y los hábitos de su vida que son diferentes de los demás. La idea misma de que el hombre sea “santificado”, mientras no se nota nada de santidad en su vida, es pura necedad y un uso equivocado de palabras. La luz de su santificación puede ser muy tenue; pero si hay apenas un destello en un cuarto oscuro, esa chispa será vista. La vida puede ser débil, pero si el pulso late sólo un poquito, se sentirá. Sucede lo mismo con el hombre santificado: Su santificación es algo que se siente y se ve aunque él mismo no lo entienda. ¡El “santo” en quien nada puede verse, sino mundanalidad o pecado, es un tipo de monstruo que la Biblia no reconoce!
(6) Santificación es algo por lo cual cada creyente es responsable. No me equivoco al decir esto. Creo tan firmemente como cualquiera que todo hombre sobre la tierra es responsable ante Dios y que todos los perdidos no tendrán nada que decir ni excusas que dar en el día final. Cada uno tiene el poder de perder “su alma” (Mt. 16:26). Pero aunque creo esto, afirmo que los creyentes son, principal y particularmente, responsables y tienen una obligación especial de vivir una vida santa. No son como los demás: Muertos, ciegos y carentes de renovación; están vivos para Dios, tienen luz, conocimiento y nuevos principios dentro de ellos. ¿Quién tiene la culpa de que no sean santos, sino ellos mismos? ¿A quién le pueden echar la culpa de que no son santificados, sino a ellos mismos? Dios, quien les ha dado gracia, un corazón nuevo y una naturaleza nueva, los ha dejado sin excusas, si no viven para Su alabanza.
Éste es un punto demasiado olvidado. El hombre que profesa ser un auténtico cristiano y no hace nada, se contenta con un grado muy inferior de santificación (si acaso la tiene) y dice tranquilamente que “no puede hacer nada”, es digno de lástima y, además, muy ignorante. Cuidémonos y estemos en guardia. La Palabra de Dios siempre dirige sus preceptos a los creyentes como seres que rendirán cuentas y a quienes considera responsables. Si el Salvador de pecadores nos otorga una gracia renovadora y nos llama por medio de su Espíritu, podemos estar seguros de que espera que usemos esa gracia y que no nos quedemos dormidos. Olvidar esto es lo que causa que muchos creyentes “constriñan al Espíritu” y los lleva a ser cristianos muy inútiles y desagradables.
(7) Santificación es un proceso que admite crecimiento y grados. El hombre puede subir de un escalón de santidad a otro y ser mucho más santificado en un periodo de su vida que en otro.
- No puede ser más perdonado ni más justificado que en el momento que creyó, aunque sienta que va creciendo.
- Sí puede ser más santificado porque cada gracia en su nuevo carácter puede ser fortalecida, aumentada y profundizada. Éste es el significado evidente de la última oración de nuestro Señor por sus discípulos cuando dijo: “Santifícalos” y de la oración de Pablo por los tesalonicenses: “El mismo Dios de paz os santifique” (Jn. 17:17; 1 Ts. 5:23). En ambos casos, la expresión implica claramente, la posibilidad de un crecimiento en santidad. Por otro lado, una expresión como “justifícalos” no se usa ni una vez en las Escrituras refiriéndose a un creyente porque no puede ser más justificado de lo que ya es. No encuentro ninguna base en las Escrituras para la doctrina de “santificación imputada”. A mi parecer, es una doctrina que confunde conceptos que son distintos y que lleva a consecuencias muy malas. No menos importante, es que se trata de una doctrina rotundamente contradicha por la experiencia de todos los cristianos más eminentes. Y hay un punto en el que coinciden los santos más consagrados de Dios que es éste: Ven más, saben más, sienten más, hacen más y creen más al ir creciendo en su vida espiritual y en proporción a cuán cerca caminan de Dios.
En resumen, “creced en la gracia” como exhortan San Pablo y San Pedro que lo hagan los creyentes y que abunden “más y más” en esa gracia (2 P. 3:18; 1 Ts. 4:1).
(8) La santificación, una vez más, es algo que depende mucho del uso diligente de las Escrituras. Con esto me refiero a leer la Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación. No encuentro ningún registro de ningún santo eminente que haya descuidado estos ejercicios espirituales. Son los canales designados por medio de los cuales el Espíritu Santo nos suple gracia fresca al alma y fortalece la obra que comenzó en el hombre interior. Llámenle los hombres doctrina legalista a esto si quieren, pero nunca dejaré de declarar que creo que no hay ganancia espiritual sin dolor. Así como no esperaría que un granjero prosperara en sus negocios, si se contenta con sembrar sus campos y no volver a trabajar en ellos hasta el tiempo de la cosecha, tampoco puedo esperar que el creyente obtenga mucha santidad, si no es diligente en la lectura de su Biblia, sus oraciones y el buen uso de sus domingos. Nuestro Dios es un Dios que obra a través de medios y nunca bendice al alma del que pretende ser superior y muy espiritual prescindiendo de ellos.
(9) La santificación no es algo que previene al hombre de tener muchos conflictos espirituales interiores. Por conflicto, quiero decir una lucha dentro del corazón entre la vieja y la nueva naturaleza, la carne y el espíritu que se cohabitan en cada creyente (Gá. 5:17). Un sentido profundo de esa lucha y la gran cantidad de inquietud mental derivada de ella, no prueban que alguien no sea santificado. No, más bien, creo que son síntomas saludables de nuestra condición, que prueban que no estamos muertos, sino vivos.
Un verdadero cristiano es aquel que, no sólo tiene paz en su conciencia, sino también libra una guerra espiritual en su interior. Tal creyente puede ser conocido por sus luchas, al igual que por su paz.
Al decir esto, no olvido que estoy contradiciendo los conceptos de algunos cristianos bien intencionados que creen la doctrina llamada “perfección sin pecado”. No lo puedo evitar. Creo que lo que yo digo confirma lo que dice San Pablo en el séptimo capítulo de Romanos. Recomiendo a mis lectores, un estudio a fondo de dicho capítulo. Estoy convencido de que no describe la experiencia del inconverso, ni de un cristiano nuevo e inestable, sino la de un santo con años de experiencia en comunión íntima con Dios. Nadie más, que alguien así, podría decir: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Ro. 7:22).
Creo, además, que la experiencia de todos los siervos más eminentes de Cristo que jamás han vivido, dan prueba de esto. La prueba completa puede verse en sus diarios, sus biografías, autobiografías y sus vidas.
Porque creo todo esto, nunca vacilaré en decirle a todo el mundo que el conflicto interior no es prueba de que alguien no sea santo y que no deben pensar que no son santificados porque no se sienten enteramente libres de conflictos interiores. Sin duda, estaremos libres de ellos en el cielo, pero nunca en este mundo. El corazón del mejor cristiano, aun en su mejor expresión, es un campo ocupado por dos fuerzas rivales y “la reunión de dos campamentos” (Cnt. 6:13). Dejemos que las palabras de los Artículos Trece y Quince sean consideradas seriamente por todos los hombres de Iglesia: “La infección de la naturaleza permanece en aquellos que están regenerados”. “Aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”2.
(10) La santificación es algo que no puede justificar al hombre y no obstante agrada a Dios. Esto puede parecer increíble, pero es cierto. Las acciones más santas del santo más santo que jamás haya vivido, todas, en menor o mayor grado, tienen defectos e imperfecciones. Sus motivaciones están erradas o defectuosas en su manifestación y, en sí mismas, no son nada más que “pecados espléndidos”, merecedores de la ira y condenación de Dios. Suponer que tales acciones pueden aguantar la severidad del juicio de Dios, expiar el pecado y merecer el cielo es sencillamente absurdo. “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado”. “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Ro. 3:20-28). La única justicia con la cual podemos aparecer ante Dios, es la justicia de un tercero, a saber, la justicia perfecta de nuestro Sustituto y Representante, Jesucristo el Señor. Su obra, y no la nuestra, es nuestro único derecho de entrada al cielo. Ésta es una verdad que debiéramos estar dispuestos a defender hasta la muerte.
A pesar de todo esto, la Biblia nos enseña claramente que las acciones santas del hombre santificado, aunque imperfectas, son agradables a los ojos de Dios. “De tales sacrificios se agrada Dios” (He. 13:16).
“Obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor” (Col. 3:20). “Hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22).
2 “La guerra del diablo es mejor que la paz del diablo. Éste sospecha que la santidad es tonta.
Cuando al perro lo sacan afuera de la casa aúlla hasta que lo vuelven a dejar entrar”. “Los encuentros de contrarios, como el fuego y el agua, tienen conflicto entre sí. Cuando Satanás encuentra un corazón santificado, lo tienta importunándolo en gran medida. Donde hay mucho de Dios y de Cristo, hay muchos ataques por los que muchos fieles han sido tentados a dudar”. —Samuel Rutherford (1600- 1661), Trial of Faith (Prueba de fe), p. 403.
Nunca olvidemos esto porque es una doctrina muy reconfortante. Como un padre se complace por los esfuerzos de su hijito por complacerlo, aunque no sea más que cortando una flor o caminando hacia él de un extremo al otro de un cuarto, así se complace nuestro Padre celestial con las pobres actuaciones de sus hijos creyentes. Él se fija en las motivaciones, los principios y las intenciones de sus acciones, y no meramente en su cantidad y calidad. Los considera miembros de su propio Hijo amado y, por él, se complacerá dondequiera que haya un solo ojo puesto en él. Los creyentes que quieran discutir esto harían bien en estudiar el Artículo Doce de la Iglesia Anglicana.
(11) La santificación es algo que será indispensable como testigo de nuestro carácter en el gran Día del juicio. Será completamente inútil argumentar que creemos en Cristo, a menos que nuestra fe haya tenido algún efecto santificador y haya sido evidente en nuestra vida. Evidencias, evidencias, evidencias, será lo requerido ante el gran tono blanco cuando se abran los libros, cuando los sepulcros entreguen a sus ocupantes, cuando los muertos comparezcan ante el tribunal de Dios. Sin alguna evidencia de que nuestra fe en Cristo fue real y auténtica, nos volveremos a levantar para ser condenados. No encuentro que vaya a ser admitida evidencia alguna aparte de la santificación. La pregunta no será cómo hablamos o lo que profesamos, sino cómo vivimos y lo que hicimos. Que nadie se engañe en cuanto a este punto. Si existe alguna certeza acerca del futuro, es la certeza de que habrá un juicio; si hay alguna certeza en cuanto a ese juicio, es que las “obras” serán consideradas y examinadas (Jn. 5:29; 2 Co. 5:10; Ap. 20:13). El que supone que las obras no son importantes porque no pueden justificarnos, es un cristiano muy ignorante. A menos que abra los ojos, se encontrará para su pesar que si se presenta ante el tribunal de Dios sin alguna evidencia de gracia, sería mejor que no hubiera nacido.
(12) Por último, la santificación es absolutamente necesaria, a fin de capacitarnos y prepararnos para ir al cielo. La mayoría de las personas espera ir al cielo cuando muera; pero me temo que pocos se toman la molestia de preguntarse si disfrutarán del cielo cuando estén allí. El cielo es esencialmente un lugar santo, todos sus habitantes son santos, sus ocupaciones son todas santas. Para ser realmente felices en el cielo, resulta claro que tenemos que prepararnos para ir al cielo mientras estamos en la tierra. La doctrina de un purgatorio después de la muerte, que convertirá en santos a los pecadores, es una mentira inventada por el hombre, y la Biblia no lo enseña en ninguna parte. Tenemos que ser santos antes de morir, si después vamos a ser santos en gloria.
La idea favorita de muchos es que el moribundo no necesita más que la absolución y el perdón de los pecados a fin de adecuarlos para el gran cambio, es falsa. Necesitamos la obra del Espíritu Santo, al igual que la obra de Cristo; necesitamos la renovación del corazón, al igual que la sangre expiatoria; necesitamos ser santificados, al igual que justificados. Es común oír a alguien en su lecho de muerte, decir: “Solo quiero que el Señor me perdone los pecados y me dé descanso”. ¡Pero los que dicen cosas así olvidan que el descanso del cielo será inútil, si no tienen el corazón para disfrutarlo! Si acaso llegara al cielo, ¿qué haría allí el hombre no santificado? Encaremos esa pregunta de frente, al igual que su respuesta. No es posible que alguien sea feliz, si no está en su elemento y donde nada a su alrededor coincide con sus gustos, hábitos y carácter. Cuando un águila sea feliz en una jaula de hierro, cuando una oveja sea feliz en el agua, cuando el búho sea feliz recibiendo los rayos del sol del mediodía, cuando un pez sea feliz en tierra seca, entonces, y sólo entonces, admitiré que el hombre no santificado pudiera ser feliz en el cielo3.
He presentado estas doce proposiciones acerca de la santificación, estando firmemente convencido de que son ciertas, y pido a todos los que leen estas páginas que las estudien con seriedad. Todas ellas podrían haber sido ampliadas y tratadas más profundamente, y todas merecen una reflexión y consideración personal. Algunas de ellas pueden ser disputadas y contradichas, pero dudo que alguna pueda ser descartada o que pueda probarse que no es cierta. Creo sinceramente que estas proposiciones, posiblemente, puedan ayudar a los hombres a tener conceptos claros sobre la santificación.
3 “No hay ninguna fantasía humana inventada por el hombre, ninguna más necia, ninguna tan perniciosa como ésta: Que las personas no purificadas, no santificadas, no hechas santas en su vida, sean después llevadas a ese estado de bendición que consiste en disfrutar de Dios. Estas personas tampoco pueden regocijarse en Dios y Dios no sería una recompensa para ellas. Es cierto que la santidad se perfecciona en el cielo, pero invariablemente su comienzo se limita a este mundo”. — Owen on the Holy Spirit (Owen sobre el Espíritu Santo), p. 575. Edición de Goold.
John Owen (1616-1683): Capellán en el ejército de Oliver Cromwell y vicecanciller de la Universidad de Oxford. La mayor parte de su vida fue pastor de iglesias congregacionales. Sus escritos abarcan un periodo de cuarenta años y llegan a veinticuatro tomos que se consideran entre los mejores recursos para el estudio de la teología en el idioma inglés. Nació de padres puritanos en la aldea de Oxfordshire de Stadham, Inglaterra.
II. La evidencia visible de la santificación
Procedo ahora a abordar el segundo punto que me propuse considerar. Ese punto es la evidencia visible de la santificación. En pocas palabras: ¿Cuáles son las señales visibles del hombre santificado? ¿Qué podemos esperar ver en él? Ésta es una parte muy amplia y difícil de nuestro tema. Es amplia porque necesita la mención de muchos detalles que no se pueden encarar totalmente dentro de los límites de un escrito como éste. Es difícil porque es imposible tratarla sin ofender. Pero sean cuales fueren los riesgos, la verdad tiene que ser presentada y hay un aspecto de la verdad que requiere, especialmente, que sea enunciada en la actualidad.
(1) La verdadera santificación no consiste en hablar acerca de religión. Éste es un punto que nunca debe olvidarse. El enorme incremento de la educación y predicación en estos últimos días hace absolutamente necesario levantar la voz para dar una advertencia. Las gentes oyen tanto acerca de la verdad del evangelio que se acostumbran a sus palabras, su vocabulario y frases y, a veces, hablan con tanta fluidez sobre sus doctrinas que hacen pensar que son verdaderos cristianos. De hecho, asquea y disgusta escuchar el lenguaje frío y frívolo que muchos usan acerca de “la conversión, el Salvador, el evangelio, de encontrar paz, de la gracia” y cosas así, mientras que es notorio que sirven al pecado o viven para el mundo.
¿Podemos dudar que hablar así es abominable a los ojos de Dios y que no es mejor que maldecir, jurar y tomar el nombre de Dios en vano? La lengua no es el único miembro que Cristo nos pide que demos para servirle. Dios no quiere que su pueblo sea como vasijas vacías, como metal que resuena ni címbalo que retiñe. Tenemos que ser santificados, no sólo “de palabra, ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:18).
(2)La verdadera santificación no consiste de sentimientos religiosos temporales. Éste es también un punto que necesita urgentemente una advertencia. Los servicios misioneros y reuniones de evangelización están recibiendo gran atención por todas partes y causando mucha sensación. La Iglesia Anglicana parece haber revivido y está nuevamente activa; tenemos que dar gracias a Dios por ello. Pero estas cosas tienen sus peligros, al igual que sus ventajas. Dondequiera que se planta trigo, el diablo de seguro sembrará cizaña. Es de temer que muchos parecen conmovidos, sacudidos y emocionados por la predicación del evangelio, cuando en realidad sus corazones no han cambiado en nada. La realidad de esos casos es que sienten una especie de emoción animal al contagiarse por ver a otros llorar, regocijarse o emocionarse. Sus heridas son superficiales y la paz que profesan también lo es. Son como la semilla sembrada en pedregales, “oye la palabra, y al momento la recibe con gozo” (Mt. 13:20); pero al poco tiempo se aparta, vuelve al mundo y es más duro y peor que antes. Como la calabacera de Jonás, crece súbitamente en una noche y en otra noche muere.
No olvidemos estas cosas. Cuidémonos hoy de curar superficialmente las heridas y clamar: “Paz, paz” cuando no hay paz. Instemos a todo el que muestra un nuevo interés en la fe cristiana, que no se contente con nada que no sea la obra profunda, sólida y santificadora del Espíritu Santo. La reacción después de una emoción religiosa falsa, es una enfermedad mortal. Cuando el diablo es echado fuera de un hombre temporalmente en el fervor de un avivamiento, tarde o temprano vuelve a su morada y su estado final resulta peor que el primero. Es mil veces mejor empezar lentamente y después “continuar en la palabra” con constancia, que empezar apurados sin calcular el costo y, al poco tiempo, como la esposa de Lot, mirar hacia atrás y volver al mundo.
Declaro que no conozco un estado del alma más peligroso que imaginar que hemos nacido de nuevo y que hemos sido santificados por el Espíritu Santo porque estamos experimentado unos pocos sentimientos religiosos.
(3) La verdadera santificación no consiste de un formalismo externo ni de una devoción externa. Ésta es una enorme fantasía, pero lamentablemente muy común. Miles de religiosos se imaginan que la verdadera santidad puede verse en una cantidad excesiva de religiosidad exterior: Asistir constantemente a los cultos de la iglesia, participar en la Cena del Señor, observar días de ayuno y de los santos, hacer múltiples reverencias, giros, gestos y asumir ciertas posturas durante el culto público como señales de austeridad y de supuestos sacrificios, en usar ropa rara, usar estampas y cruces. Admito sin problemas que algunos hacen estas cosas por motivos de conciencia y creen realmente que son de ayuda para sus almas. Pero me temo que, en muchos casos, esta religiosidad exterior se convierte en un sustituto de la santidad interior y estoy seguro de que está lejos de obrar la santificación del corazón. Sobre todo, cuando veo que muchos seguidores de este estilo formal, exterior y sensual, son mundanos y se dejan llevar por sus pompas y vanidades sin tener vergüenza, siento que se necesita hablar muy claramente sobre el tema. Puede haber una cantidad inmensa de “religiosidad exterior”, donde no hay ni un ápice de verdadera santificación.
(4) La santificación no consiste en retirarnos de nuestro lugar en la vida, ni en la renunciación de nuestros deberes sociales. En todas las épocas, muchos individuos han caído en esta trampa con la intención de buscar santidad. Cientos de ermitaños se han desterrado a algún desierto y miles de hombres y mujeres se han enclaustrado en monasterios y conventos con la idea fútil de que, al hacerlo, escapan del pecado y se convierten en santos insignes.
Han olvidado que no hay candados ni barras que puedan impedir la entrada al diablo y que, dondequiera que vayan, llevan la raíz de todos los males: Sus propios corazones. Convertirse en monje o en monja, enclaustrarse en una Casa de Misericordia, no es el camino superior a la santificación.
La verdadera santidad no lleva al cristiano a evitar las dificultades, sino a que las encare y venza. Cristo quiere que su pueblo demuestre que su gracia no es meramente planta de invernadero, que sólo puede prosperar si está resguardada, sino algo fuerte y resistente que puede prosperar en cada relación de la vida. Es cumplir nuestro deber en esa condición, a la cual Dios nos ha llamado —como sal en medio de la corrupción y luz en medio de la oscuridad—, el elemento principal de la santificación. No se trata del hombre que se esconde en una cueva, sino del hombre que glorifica a Dios como amo o siervo, padre o hijo, en la familia o en la calle, en los negocios y los oficios, que es el tipo bíblico del hombre santificado. Nuestro Maestro mismo dijo en su última oración por sus discípulos: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17:15).
(5) La santificación no consiste en el cumplimiento ocasional de las acciones correctas. Es el obrar constante de un nuevo principio celestial interior, que satura toda la conducta cotidiana del hombre, tanto en las grandes acciones como en las pequeñas. Su sede es el corazón y, al igual que el corazón en el cuerpo, tiene una influencia constante en cada aspecto de su carácter. No es como una bomba de agua, de la cual sólo sale agua cuando se bombea, sino como una fuente perpetua, cuya corriente fluye siempre espontánea y naturalmente. Aun Herodes, “escuchaba de buena gana” a Juan el Bautista, aunque su corazón estaba totalmente apartado de Dios (Mr. 6:20). De la misma manera, hay muchas personas en la actualidad que parecen tener ataques espasmódicos de “buena voluntad” y hacen muchas cosas correctas bajo la influencia de alguna enfermedad, aflicción, muerte en la familia, calamidad pública o un repentino remordimiento de conciencia. No obstante, cualquier observador inteligente puede ver claramente todo el tiempo que no se han convertido y que no saben nada de “santificación”. Un auténtico santo, como Ezequías, será de limpio corazón. Aborrecerá “todo camino de mentira” (2 Cr. 31:21; Sal. 119:104).
(6) La santificación auténtica se muestra por un respeto habitual a la ley de Dios, un esfuerzo habitual de vivir en obediencia a ella como regla de la vida. No hay peor error que suponer que el cristiano nada tiene que ver con la ley y los Diez Mandamientos por el hecho de que no puede ser justificado por cumplirlos. El mismo Espíritu Santo que convence de pecado al creyente por medio de la ley, que lo guía a Cristo para su justificación, lo conducirá a un uso espiritual de la ley, como un guía amigo, en la búsqueda de la santificación.
Nuestro Señor Jesucristo nunca tomó los Diez Mandamientos a la ligera; por el contrario, en su primer discurso público, el Sermón del Monte, habló ampliamente sobre ellos y demostró la naturaleza escudriñadora de sus requerimientos. San Pablo nunca le restó importancia a la ley, por el contrario, dice: “la ley es buena, si uno la usa legítimamente” y “según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (1 Ti. 1:8; Ro. 7:22). El que pretende ser un santo mientras que desprecia los Diez Mandamientos y le da lo mismo mentir, ser hipócrita, estafar, tener mal genio, calumniar, emborracharse y romper el séptimo mandamiento, vive engañado y en una condición peligrosa. ¡Encontrará que en el día final, le será imposible probar que es un “santo”!
(7) La santificación auténtica se muestra por un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir según sus preceptos prácticos.
(8) Estos preceptos se encuentran por todas partes en los cuatro Evangelios y, especialmente, en el Sermón del Monte. La persona que supone que estos mandamientos fueron dichos sin la intención de promover la santidad y que el cristiano no necesita hacerles caso en su vida cotidiana, es peor que un lunático, y de cualquier modo que se le mire, es una persona extremadamente ignorante. ¡Al escuchar hablar a algunos y al leer los escritos de algunos hombres, se podría pensar que cuando estuvo en la tierra, nuestro bendito Señor nunca enseñó más que doctrinas y que dejó que otros enseñaran los deberes prácticos! Aun el conocimiento más leve de los cuatro Evangelios, nos indica que esto es un error absoluto. Lo que sus discípulos deben ser y hacer es algo que nuestro Señor siempre destacó en sus enseñanzas. El hombre verdaderamente santificado no lo olvidará. Sirve a un Maestro que dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 15:14).
(9) La santificación auténtica se demuestra por medio de un anhelo habitual de vivir según las normas que Pablo presenta a las iglesias en sus escritos. Esas normas se encuentran en los últimos capítulos de casi todas sus epístolas. La idea común de muchos es que los escritos de Pablo contienen únicamente declaraciones doctrinales y temas controversiales —justificación, elección, predestinación, profecía y cosas por el estilo—, lo cual es pura fantasía y una triste prueba de la ignorancia de las Escrituras que prevalece en estos días. Desafío al que quiera, que lea con cuidado los escritos de Pablo sin encontrar en ellos una gran cantidad de indicaciones claras y prácticas sobre el deber del cristiano en cada relación de su vida y sobre hábitos diarios, temperamento y conducta de unos hacia otros. Estas indicaciones fueron escritas bajo la inspiración de Dios para guiar perpetuamente al que profesa ser cristiano. El que no les hace caso puede pasar por miembro de una iglesia, pero no por lo que la Biblia llama hombre “santificado”.
(10) La santidad auténtica se demuestra en una atención habitual a las gracias activas de las cuales nuestro Señor fue un ejemplo tan hermoso y, en especial, la gracia de la caridad. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13:34, 35). El hombre santificado tratará de hacer el bien en el mundo, reducir la tristeza y aumentar la felicidad a su alrededor. Procurará ser como su Maestro, lleno de bondad y amor hacia cada uno; y esto, no sólo de palabra, llamando a todos “queridos”, sino por obras y acciones y trabajo de auto-negación, según tenga oportunidad. El erudito cristiano egoísta, que se envuelve en su orgullo por la superioridad de sus conocimientos y a quien no le parece importar si los otros se hunden o se mantienen a flote, si se van al cielo o al infierno por asistir siempre a la iglesia o capilla vistiendo su mejor ropa y ser llamado “miembro activo”, es un hombre que nada sabe de santificación. Puede creerse un santo sobre la tierra, pero no será un santo en el cielo. Cristo nunca será el Salvador de los que nada saben de seguir su ejemplo de fe. La verdadera gracia transformadora siempre producirá una conformidad con la imagen de Jesús4(Col 3:10).
(11) Por último, la santificación auténtica se demuestra en una atención habitual a las gracias pasivas del cristianismo.
4 “En el evangelio, Cristo se nos presenta como un modelo y ejemplo de santidad y, tal como es una fantasía maldita creer que éste era todo el propósito de su vida y muerte, o sea, principalmente ejemplificar y confirmar la doctrina de santidad que él enseñó; lo es también olvidar que él es nuestro ejemplo, dejar de considerarlo por fe con ese fin y esforzarnos para conformarnos a él, es inicuo y pernicioso. Por lo tanto, meditemos mucho en lo que él era, lo que él hacía y cómo encaraba todos sus deberes y pruebas, hasta que una imagen o idea de su santidad perfecta se implante en nuestras mentes y, por ello, lleguemos a parecernos a él”. —Owen acerca del Espíritu Santo, p. 513; edición de Goold.
Cuando hablo de gracias pasivas, me refiero a esas gracias que son sembradas en el sometimiento a la voluntad de Dios y cosechadas en la paciencia unos hacia los otros. Pocos, a menos que hayan examinado este punto, tienen una idea de cuánto habla el Nuevo Testamento de estas gracias y qué importante es el lugar que parecen ocupar. Éste es el punto especial en que reflexiona Pedro al llevar nuestra atención el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: (1 P. 2:21-23). Ésta es la acción específica en el Padrenuestro que Dios nos requiere: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” y el único punto que el Señor comenta al final de la oración. Éste es el punto que ocupa un tercio de la lista de las manifestaciones del fruto del Espíritu que nos da San Pablo. Menciona nueve y tres de éstas: “Paciencia, benignidad y mansedumbre” son incuestionablemente gracias pasivas (Gá. 5:22- 23). Tengo que decir, lisa y llanamente, que no creo que este tema se enfoque lo suficiente entre los cristianos. Las gracias pasivas son sin duda más difíciles de lograr que las activas, pero son, precisamente, las que tienen la mayor influencia sobre el mundo. Y de una cosa estoy muy seguro: No tiene sentido pretender una santificación, a menos que seamos ejemplos de bondad, benignidad, paciencia y perdón, a lo cual la Biblia da tanta importancia. ¡El mundo está demasiado lleno de los que se muestran habitualmente desagradables y antipáticos en la vida cotidiana y son constantemente cortantes con lo que dicen y huraños con todos a su alrededor, gente rencorosa, vengativa y maliciosa! Todos estos, saben poco de lo que debieran saber sobre la santificación.
Tales son las señales visibles del hombre santificado. No digo que todas se notarán en igual proporción en todo el pueblo de Dios. Admito que, aun en los mejores creyentes, no se ven plena y perfectamente. Pero sí digo con seguridad que las cosas a las que me he estado refiriendo son las señales bíblicas de la santificación y que a aquellos que las desconocen, les convendría dudar si tienen alguna gracia o no.
Nunca me retractaré de decir que la santificación auténtica es algo que puede verse y que las señales que he procurado presentar son más o menos las señales del hombre santificado.
III.Diferencia entre justificación y santificación
En último lugar, me propongo considerar la diferencia entre justificación y santificación. ¿En qué coinciden y en qué difieren?
Esta rama de nuestro tema es de gran importancia, aunque me temo que no lo consideren así todos mis lectores. La trataré brevemente, pero no me atrevo a pasarla totalmente por alto. Muchos no van más allá de lo superficial de las cosas en la religión y consideran las buenas diferencias teológicas como cuestión de “preguntas y nomenclaturas” que son de poco valor real. Pero advierto a todos los que consideran seriamente las cuestiones del alma, que la gran inquietud que sienten por no “distinguir entre las cosas en que difieren” en la doctrina cristiana, es muy grande y les aconsejo, de manera especial, que si aman la paz, busquen conceptos claros sobre el tema que nos ocupa. Tenemos que recordar siempre que justificación y santificación son dos cosas diferentes. No obstante, hay puntos en los cuales coinciden y puntos en que difieren. Tratemos de encontrar cuáles son.
¿En qué sentido, pues, son iguales la justificación y santificación? (a)Ambas proceden originalmente de la gracia de Dios. Es únicamente por su gracia que el creyente es justificado o santificado.
(b)Ambas son parte de la gran obra de salvación que Cristo, en el pacto eterno, ha realizado para bien de su pueblo. Cristo es la fuente de vida, de la cual fluyen, tanto el perdón como la santidad. La raíz de cada una es Cristo.
(c)Ambas están en una misma persona. Aquellos que son justificados, siempre son santificados y aquellos que son santificados, son siempre justificados.
Dios ha unido en una sola persona la justificación y la santificación, y no pueden ser separadas.
(d) Ambas comienzan al mismo tiempo. El momento en que una persona comienza a ser una persona justificada, comienza también a ser santificada. Quizá no lo perciba, pero ésta es la realidad.
(e) Ambas son necesarias para la salvación. Nadie ha llegado al cielo sin un corazón renovado, al igual que perdonado; sin la gracia del Espíritu, al igual que la sangre de Cristo; sin idoneidad para la gloria eterna, al igual que un título. Una es tan necesaria como la otra.
Estos son los puntos en que coinciden la justificación y santificación.
Consideremos ahora lo opuesto y veamos en qué sentido difieren.
(a)La justificación, es Dios declarando justos a aquellos que reciben a Cristo, basándose en que la justicia de Cristo es imputada a la cuenta de aquellos que lo reciben. La santificación es, de hecho, hacer justo al hombre en su interior, aunque sea en un grado muy débil.
(b)La justicia que tenemos para nuestra justificación no es nuestra, sino que es la eterna y perfecta justicia de nuestro gran Mediador Cristo, que nos es imputada y de la cual nos apropiamos por fe. La justicia que tenemos por santificación es nuestra propia justicia, impartida, inherente y realizada en nosotros por el Espíritu Santo, pero mezclada con debilidades e imperfecciones.
(c) En la justificación, nuestras propias obras no tienen nada que ver y una fe sencilla en Cristo es lo único necesario. En la santificación nuestras propias obras son de suma importancia y, por eso, Dios nos insta a luchar, a velar, orar, esforzarnos, luchar y trabajar. (d) La justificación es una obra terminada y completa, y el hombre es justificado perfectamente en el instante cuando cree. La santificación, comparativamente, es una obra imperfecta y nunca será perfecta hasta que lleguemos al cielo.
(e) La justificación no incluye crecimiento ni aumento: El hombre es justificado en la hora cuando inicialmente acude a Cristo por fe, tal como lo será por toda la eternidad. La santificación es, principalmente, una obra progresiva e incluye un crecimiento y aumento continuo durante toda la vida.
(f) La justificación se refiere, en especial, a nuestra persona, nuestra posición ante los ojos de Dios y nuestra liberación de culpa. La santificación se refiere, en especial, a nuestra naturaleza y la renovación moral de nuestro corazón.
(g)La justificación nos da el derecho al cielo y la valentía para entrar en él. La santificación es el proceso que se inicia con la justificación y nos va preparando para ir al cielo, y a disfrutarlo cuando moremos en él.
(h) La justificación es el acto en el que la justicia de Cristo se imputa al creyente y no es fácil que otros la disciernan. La santificación es la obra de Dios dentro de nosotros y, porque su manifestación es externa, no puede esconderse de la vista de los demás.
Encomiendo estas diferencias a la atención de mis lectores y les pido que reflexionen bien sobre ellas. Estoy convencido de que una de las grandes razones de la oscuridad y de los sentimientos inquietos de mucha gente bien intencionada en lo que respecta a la fe cristiana, es su costumbre de confundir y no diferenciar la justificación de la santificación. Nunca podremos recalcar demasiado que son dos cosas separadas. Es cierto que no pueden ser divididas y que cualquiera que es partícipe de una de las dos es partícipe de ambas. Pero nunca, nunca, deben ser confundidas y nunca deben olvidarse las diferencias entre ellas.
Aplicación práctica
Sólo me queda concluir este tema con algunas palabras claras de aplicación. Hemos presentado la naturaleza y las señales visibles de la santificación. ¿Qué reflexiones prácticas debiera generar todo este tema?
(1) Despertemos todos a la realidad del estado peligroso de muchos cristianos. “Seguid… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14). Entonces, ¡qué cantidad enorme hay de seguidores de una supuesta religión que es totalmente inútil! ¡Qué proporción inmensa de gente que asiste a la iglesia se encuentra en el camino ancho que lleva a la destrucción! ¡Pensarlo es terrible, aplastante y abrumador! ¡Oh, que los predicadores y maestros abrieran sus ojos y tuvieran conciencia de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, que se pudiera convencer a los hombres que “huyan de la ira que vendrá”! Si las almas no santificadas pueden ser salvas e ir al cielo, la Biblia no dice la verdad. ¡Pero la Biblia es veraz y no puede mentir! ¡Imaginemos cómo será el final!
(2) Asegurémonos de nuestra propia condición y no descansemos hasta sentir y saber que nosotros mismos estamos siendo “santificados”. ¿Cuáles son nuestros gustos, nuestras decisiones, preferencias e inclinaciones? Ésta es la gran pregunta de prueba. Poco importa lo que queremos, lo que esperamos y lo que anhelemos antes de morir ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué estamos haciendo?
¿Estamos creciendo en santidad o no? Si no, la culpa es nuestra.
(3)Si queremos ser santificados, nuestro camino es claro y sencillo: Tenemos que comenzar con Cristo. Tenemos que acudir a él como pecadores, sin ninguna discusión, sino sólo con nuestra necesidad y entregarle nuestra alma por fe para obtener paz y reconciliación con Dios. Tenemos que ponernos en sus manos, como en las manos de un buen médico, y clamar a él pidiendo misericordia y gracia.
No necesitamos presentarnos con una recomendación. El primer paso hacia la santificación, como hacia la justificación, es acudir a Cristo con fe. Tenemos que vivir primero y luego obrar.
(4)Si queremos crecer en santidad y ser más santificados, tenemos que seguir continuamente tal como empezamos, y seguir llevando nuevas solicitudes a Cristo sin cesar. Él es la Cabeza de la cual se tiene que suplir cada miembro (Ef. 4:15-16). Vivir la vida de una fe cotidiana en el Hijo de Dios y tomar de su plenitud cada día, la gracia y las fuerzas prometidas que tiene reservadas para su pueblo, es el gran secreto de la santificación progresiva. Los cristianos que parecen siempre iguales, por lo general, están descuidando la comunión íntima con Jesús y, por ende, contristando al Espíritu. Aquel que oró: “Santifícalos”, la noche antes de su crucifixión, está infinitamente dispuesto a ayudar a todo aquel que con fe solicita su ayuda y anhela ser santo.
(5) No esperemos demasiado de nuestros corazones aquí en la tierra. En el mejor de los casos, encontraremos todos los días razones para sentirnos humillados y descubrir cada hora que somos deudores, necesitados de misericordia y gracia. Cuanta más luz tengamos, más veremos nuestra propia imperfección. Éramos pecadores cuando empezamos, pecadores somos a medida que seguimos adelante, renovados, perdonados, justificados, pero aun así, pecadores hasta el último día. Nuestra perfección absoluta está por venir y el sentido de expectativa de obtenerla es una razón por la cual debiéramos ansiar el cielo.
(6) Por último, no nos avergoncemos nunca de darle importancia a la santificación y aspirar a lograr más y más santificación. Cuando algunos se conforman con lograr un grado lamentablemente inferior y otros no se avergüenzan de vivir sin nada de santidad (contentándose con la mera costumbre de ir a la iglesia, pero sin avanzar nunca, como un caballo en una noria, mantengámonos firmes en las sendas antiguas, aspiremos nosotros mismos a tener más santidad y recomendémosla valientemente a otros. Ésta es la única manera de ser realmente felices.
Estemos convencidos, no importa lo que otros digan, de que santidad es felicidad, y que el hombre que pasa por la vida con más paz es el hombre santificado. Sin duda que hay algunos cristianos de verdad que por enfermedad, problemas familiares u otras causas secretas, disfrutan de poca paz y siguen lamentándose todos los días mientras van rumbo al cielo. Por regla general, en el largo camino de la vida, encontraremos que es verdad que las personas “santificadas” son las más felices sobre la tierra. Tienen consuelos fehacientes que el mundo no puede dar ni quitar. “Sus caminos son caminos deleitosos”. “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. Aquel que no puede mentir dijo: “Mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Pero también está escrito: “No hay paz para los malos” (Pr. 3:17; Sal. 119:165; Mt. 11:30; Is. 48:22).
