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Moisés: Un ejemplo

Santidad · J. C. Ryle

Moisés: Un ejemplo

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.

Hebreos 11:24-26

El carácter de la mayoría de los santos insignes de Dios, según consigna y describe la Biblia, constituyen una parte muy provechosa de las Sagradas Escrituras. Las doctrinas, los principios y preceptos abstractos, son todos muy valiosos a su manera; pero, al final de cuentas, nada es más útil que un modelo o ejemplo. ¿Queremos saber qué es santidad práctica? Tomemos asiento y estudiemos la figura de un personaje eminentemente santo. Me propongo presentar en este capítulo la historia de un hombre que vivió por fe, dejándonos un modelo de lo que puede hacer la fe para promover la santidad del carácter. A todos los que quieren saber lo que significa “vivir por fe”, les ofrezco a Moisés como ejemplo.

El capítulo once de la Epístola a los Hebreos de donde tomé mi texto, es un gran capítulo: Merece ser impreso en letras de oro. Me es fácil creer que tiene que haber sido alentador y reconfortante para los judíos convertidos. Me imagino que ningún miembro de la iglesia primitiva habrá tenido tanta dificultad en la profesión del cristianismo como los hebreos. El camino era angosto para todos, pero principalmente para ellos. La cruz era pesada para todos, pero seguramente ellos tenían que llevar un peso doble. Y este capítulo tiene que haberlos reanimado como una bebida refrescante; como “sidra al desfallecido”. Sus palabras deben haber sido “panal de miel, … suavidad al alma y medicina para los huesos” (Pr. 31:6; 16:24).

Los tres versículos que me dispongo a explicar distan de ser los menos interesantes del capítulo. En realidad, pienso que ninguno, si acaso alguno, reclama con tanta fuerza nuestra atención. Y explicaré por qué lo digo.

Me parece a mí que la obra de la fe descrita en la historia de Moisés se aplica de un modo especial a nuestro propio caso. Los hombres de Dios mencionados en la parte anterior del capítulo son todos, ejemplos indudables. No podemos hacer literalmente lo que la mayoría de ellos hacía, pero podemos beber de su espíritu. No somos llamados a ofrecer literalmente un sacrificio como Abel, ni construir literalmente un arca como Noé, ni literalmente dejar nuestro país y vivir en carpas, ni ofrecer literalmente en sacrificio a nuestro Isaac como Abraham. Pero la fe de Moisés se aplica más a nosotros. Parece operar de una manera que es más parecida a nuestra experiencia. Le hizo tomar una línea de conducta como tenemos que hacerlo a veces nosotros en la actualidad, cada uno en nuestro propio peregrinar, si queremos ser cristianos congruentes. Y por esta razón, creo que estos tres versículos merecen una consideración especial.

Ahora bien, no tengo más que las cosas más sencillas para decir acerca de ellos. Sólo trataré de mostrar la grandeza de lo que hizo Moisés y el principio en el cual las basó. Y entonces, quizá, estemos mejor preparados para recibir la enseñanza práctica que estos versículos parecen contener para todo aquel que quiera recibirla.

I. Cosas a las que renunció Moisés

Primero, entonces, hablaré de a lo que Moisés renunció y lo que rechazó. Moisés dejó atrás tres cosas por el bien de su alma. Sentía que su alma no sería salva si no las dejaba, así que renunció a ellas. Y al hacerlo, afirmo que hizo tres de los sacrificios más grandes que el corazón del hombre puede hacer. Veamos.

(a) Renunció a su jerarquía y grandeza “Rehusó llamarse hijo de la hija de faraón”. Todos conocemos su historia. La hija de faraón había preservado su vida cuando él era un infante. E hizo más: Lo adoptó y educó como si hubiera sido su propio hijo.

Según los historiadores, ella era la única hija de faraón. ¡Algunos van más allá y dicen que por lógica, Moisés algún día sería Rey de Egipto1! Esto puede o no, ser cierto; no podemos saberlo. Baste decir que, por su relación con la hija de faraón, Moisés pudiera haber sido, si hubiera querido, un gran hombre según los parámetros humanos. Si se hubiera contentado con la posición en que se encontraba en la corte egipcia, fácilmente hubiera estado entre los principales (o ser el principal) en la tierra de Egipto.

Pensemos un momento en lo grande que era esta tentación. Era un hombre con pasiones similares a las nuestras. Pudiera haber tenido toda la grandeza que el mundo puede ofrecer. Tenía por delante y a su alcance: Jerarquía, poder, posición, honor, títulos y categoría. Éstas son cosas por las que muchas personas están luchando continuamente. Estos son los premios por los que el mundo corre sin cesar para obtener. Ser alguien, ser admirado, subir de posición en la sociedad, tener un título antes de su nombre, son cosas por las cuales muchos sacrifican su tiempo, sus pensamientos, su salud y su vida misma. Pero Moisés no los aceptó como regalos. Les dio la espalda. Los rechazó.

¡Renunció a ellos!

(a)Y más que esto, rechazó los placeres. Sin duda que tenía a sus pies todo tipo de placeres, si los hubiera querido (placeres sensuales, placeres intelectuales, placeres sociales).

1 En los países orientales se aprovecha la libertad de adoptar hijos que no son de la misma sangre y otorgarles los privilegios de los hijos que sí tienen consanguinidad. Esta libertad se practica extensamente.

Egipto era un país de artistas, una residencia de hombres eruditos, un lugar para todo el que tenía alguna habilidad o conocimiento científico de cualquier clase.

No había nada que pudiera alimentar “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” que alguien, en el lugar de Moisés, hubiera podido hacer suyos (1 Jn. 2:16).

Pensemos también en lo grande que era esta tentación. Recordemos que los placeres para los que viven millones de personas difieren, quizá, en su concepto de lo que constituye el verdadero placer, pero todos coinciden en tratar de obtenerlo por sobre todas las cosas. El placer y la diversión de los días festivos es lo más grande que anticipa el niño que va a la escuela. El placer y la satisfacción de independizarse es la meta en que fija su mente el joven. El placer y el descanso al jubilarse con una fortuna es el blanco al que apunta el hombre de negocios. El placer y confort corporal en su propio hogar es la suma de los deseos del hombre pobre. El placer y las constantes emociones en la política, en las diversiones, en las compañías, en los libros, constituyen la meta por la cual se desvela el hombre rico. El placer es como una sombra que busca atrapar a todos por igual, tanto encumbrados como relegados, ricos y pobres, ancianos y jóvenes, unos con otros, cada uno, quizá, pretendiendo despreciar a su prójimo en aras de cazar esa sombra. Cada uno preguntándose cómo obtener el placer para él mismo, cada uno preguntándose secretamente por qué no lo encuentra, pero cada uno, firmemente convencido de que en alguna parte lo encontrará. Ésta era la copa que Moisés tenía ante sus labios. Podía haber bebido de los placeres terrenales todo lo que hubiera querido, pero no quiso saber nada de ellos. Les dio la espada. Los rechazó. ¡Renunció a ellos!

(b)Y más que esto, rechazó las riquezas.

“Los tesoros de Egipto” es una expresión que parece indicar la riqueza sin límites que pudo haber disfrutado Moisés si se hubiera

conformado con quedarse a la sombra de la hija del faraón. Bien podemos suponer que estos “tesoros” podían haber sido una fortuna inmensa. En Egipto queda suficiente evidencia como para darnos una pequeña idea del dinero a disposición de su monarca. Las pirámides, los obeliscos, templos y estatuas todavía permanecen como testigos. Las ruinas de Carnac, Luxor, Dendera y muchos otros lugares todavía son los edificios más grandiosos del mundo. Testifican hasta el día de hoy que el hombre que renunció a la fortuna egipcia, renunció a un valor que, aun a las mentes modernas, les resultaría difícil calcular.

Pensemos una vez más en lo grande que era esta tentación. Consideremos por un momento el poder del dinero: La influencia inmensa que “el amor al dinero” tiene sobre la mente de los hombres. Miremos a nuestro alrededor y observemos cómo los hombres lo codician y los asombrosos sacrificios y dificultades que están dispuestos a enfrentar por conseguirlo.

Díganles de una isla a muchas millas de distancia, donde quizá se pueda encontrar un producto que daría ganancias si se importara y, sin dilación, enviarían una flota de barcos para traerlo. Muéstreles cómo ganar un centavo más de interés en su dinero y lo contarán entre los hombres más sabios. Casi se pondrán de rodillas para adorarlo. Poseer dinero parece esconder los defectos, cubrir las faltas y adjudicar al hombre muchas virtudes. La gente puede cerrar los ojos ante muchas de sus fallas, ¡siempre que usted sea rico! Pero aquí tenemos a un hombre que hubiera podido ser inmensamente rico, pero no quiso serlo. No quiso los tesoros egipcios. Les dio la espalda. Los rechazó. ¡Renunció a ellos!

Esas fueron las cosas que Moisés rechazó: Jerarquía, placeres y riquezas, las tres de una sola vez.

Agreguemos a todo esto que lo hizo deliberadamente. No rechazó estas cosas impulsivamente como si fuera un jovencito. Tenía cuarenta años.

Estaba en el apogeo de su vida. Sabía lo que estaba haciendo. Era un hombre que había recibido una educación superior. La Biblia dice: “Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Podía analizar deliberadamente ambos lados de la cuestión.

Agreguemos a esto que no las rechazó porque se viera obligado a ello. No era como el hombre moribundo que dice “que ya no le atrae nada en este mundo”; ¿y por qué? Porque se está yendo del mundo y no puede retener sus riquezas. No era como el mendigo que adjudica mérito el hecho de no tener nada y dice que “no quiere riquezas”; ¿y por qué? Porque no las puede conseguir. No era como el anciano que se alardea de que “ha renunciado a todos los placeres terrenales”; ¿y por qué? Porque está agotado y no los puede disfrutar. ¡No! Moisés rechazó lo que habría podido disfrutar. Jerarquía, placeres y riquezas. No lo dejaron a él, sino que él a ellos. Y entonces, juzgue si tengo razón o no en decir que él era el que más había sacrificado entre los mortales. Otros han rechazado mucho, pero ninguno, creo, tanto como Moisés. Otros sí se han sacrificado y negado a sí mismos, pero él los sobrepasa a todos.

II. Lo que Moisés escogió

Y ahora paso al segundo tema que quiero considerar. Quiero hablar de lo que Moisés escogió.

Pienso que lo que escogió es tan maravilloso como lo que rechazó. Escogió estas tres cosas para el bien de su alma. El camino de la salvación las incluía, y él lo siguió, y al hacerlo escogió lo que nadie estaría dispuesto a elegir.

(1)Para empezar, escogió sufrimiento y aflicción. Dejó la vida tranquila y cómoda de la corte de faraón y se identificó abiertamente con el pueblo de Israel. Era un pueblo esclavizado y perseguido, objeto de desconfianza, sospechas y odio;

y cualquiera que se hermanaba con él, de seguro probaba algo de la copa amarga que bebía el pueblo diariamente.

Por lógica, no parecía haber ninguna posibilidad de ser liberados de la esclavitud egipcia sin una larga lucha con dudosos resultados. Tener un hogar y un país en que pudieran asentarse y ser libres, les debe haber parecido algo que nunca podrían obtener, por más que lo anhelaran. De hecho, si alguna vez alguien ha escogido dolor, pruebas, pobreza, carencias, aflicciones, ansiedad y, quizá aún, la muerte, con los ojos abiertos, ese fue Moisés.

Reflexionemos en lo maravillosa que fue esta elección.

La carne y la sangre, por naturaleza, evitan el dolor. Es algo que todos tenemos en común. Ante un peligro damos un paso atrás instintivamente para no sufrir y evitarlo si podemos. Si se nos presentan dos cursos de acción y los dos parecen correctos, por lo general, optamos por el que es menos desagradable para la carne y la sangre. Pasamos nuestros días con temor y ansiedad cuando pensamos que se nos está acercando alguna aflicción y nos valemos de todos los medios para tratar de evitarla. Y si llega, a menudo nos inquietamos y quejamos, y nos parece una gran hazaña si logramos tolerarla con paciencia.

¡Pero fíjese aquí! ¡Aquí tenemos un hombre con pasiones como las nuestras que, a sabiendas, escoge la aflicción! Moisés vio de antemano la copa de sufrimiento que tendría por delante si dejaba la corte de faraón y escogió esa copa, la prefirió y la tomó.

(2)Pero hizo más que esto, escogió la compañía de un pueblo

despreciado.

Dejó la sociedad de los grandes y sabios, entre los cuales había sido criado, y se sumó a los hijos de Israel. Había vivido desde su infancia entre jerarquías, riquezas y lujos, pero decidió echar su suerte con los obreros pobres en los hornos de ladrillo: Esclavos, siervos, ilotas2, marginados, oprimidos, destituidos, afligidos y atormentados.

Una vez más: ¡Qué maravillosa fue esta elección!

Hablando en términos generales, nos parece que ya es bastante tener que tolerar nuestras propias aflicciones. Podemos sentir tristeza por aquellos cuya suerte es lastimosa. Quizá hasta podemos tratar de ayudarlos. Podemos donar dinero para mejorar su condición. Podemos hablar con aquellos de quienes dependen; pero solamente llegamos hasta allí.

Pero aquí tenemos a un hombre que hace mucho más. No sólo siente tristeza por los israelitas despreciados, sino que realmente se rebaja a acercarse a ellos, se convierte en parte de la sociedad de ellos y vive entre ellos. Nos preguntamos si algún encumbrado renunciaría a su casa, su fortuna y su posición social para irse a vivir entre los humildes con el solo fin de hacer el bien. No obstante, esto da una idea muy ligera y muy débil del tipo de acción que tomó Moisés. Vio a un pueblo despreciado y escogió la compañía de ellos, prefiriéndola a la de los más nobles del reino. Llegó a ser uno de ellos, su hermano, su compañero en las tribulaciones, su aliado, su camarada y su amigo.

(3)Pero hizo más que esto, escogió el oprobio y las burlas. ¡Quién puede concebir el torrente de burlas que habrá tenido que aguantar Moisés al separarse de la corte de faraón para unirse a Israel! ¡Los hombres le habrán dicho que estaba loco, tonto, débil, necio y que había perdido la razón! Perdería su influencia, renunciaría al favor y la buena opinión de aquellos entre quienes había vivido. Pero nada de esto le hizo cambiar de idea. ¡Abandonó la corte y se unió a los esclavos!

¡Qué elección fue ésta! Reflexionemos nuevamente en ella. Hay pocas cosas peores que la burla y el que lo ridiculicen a uno. Puede hacer esto mucho más que crear enemistad y persecución abierta.

2 Ilotas – Esclavos de los lacedemonios espartanos de la antigüedad, originarios de la ciudad de Helos. Se dice de los desposeídos de los privilegios y derechos de ciudadano.

Muchos que no tendrían reparos en colocarse ante la boca de un cañón, de aferrarse a una vana esperanza o tomar por asalto una brecha, han descubierto que les era imposible enfrentar las burlas de unos pocos compañeros y se han estremecido ante la posibilidad de evitarlo. ¡Ser motivo de risa! ¡Hacer el ridículo! ¡Ser víctima de burlas y desprecios! ¡Ser considerado débil y estúpido! ¡Ser juzgado un imbécil!

¡No hay nada agradable en todo esto y muchos, desafortunadamente, no pueden enfrentar la perspectiva de sufrirlo!

Pero aquí tenemos a un hombre que tomó su decisión y no se acobardó por las pruebas. Moisés vio los reproches y las burlas que le esperaban, pero los escogió y aceptó como su porción.

Esto fue lo que Moisés escogió: Aflicción, la compañía de un pueblo despreciado y burlas.

Agreguemos a todo esto que Moisés no era un hombre débil e ignorante que no sabía lo que estaba haciendo. La Biblia destaca que era “poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22).

Reflexionemos también en las circunstancias de su decisión. No se vio obligado a escoger lo que escogió. Nadie le impuso que tomara este camino. Las cosas que hizo no las hizo por tener que hacerlas por la fuerza o contra su voluntad. Fue decisión de él, no una imposición. Todo lo que hizo, lo hizo por su propia voluntad y porque él quiso.

Y luego, juzguemos si es cierto que lo que escogió fue tan maravilloso como lo que rechazó. Es posible que desde la fundación del mundo, nadie hubiera tomado una decisión como la que nuestro texto destaca que tomó Moisés.

III. El principio que motivó a Moisés

Ahora pasemos al tercer tema: Quiero referirme al principio que motivó a Moisés, que lo impulsó a hacer lo que hizo.

¿Cómo se puede explicar esta conducta?

¿Qué razón posible se puede dar? Rechazar aquello que generalmente se considera bueno, escoger lo que comúnmente se juzga malo no es normal para la carne y la sangre. Esto no es cosa de hombre; esto requiere alguna explicación. ¿Cuál será la explicación?

Tenemos la respuesta en el texto. No sé si lo más admirable es su grandeza o su sencillez. Todo radica en una palabrita y esa palabrita es “Fe”.

Moisés tenía fe. La fe fue el origen de su conducta increíble. La fe lo llevó a hacer lo que hizo, escoger lo que escogió y rechazar lo que rechazó. Todo lo hizo porque creyó.

Dios le puso en la mente su propia voluntad y propósito. Dios le reveló que un Salvador nacería de los hijos de Israel, que había promesas aún por cumplirse entre los descendientes de Abraham, que el tiempo del cumplimiento de parte de estas promesas había llegado. Moisés confió en esto y creyó. Y podemos trazar cada paso en su maravillosa carrera, cada acción en su peregrinaje por la vida después de dejar la corte de faraón (su decisión de parecer malo, su rechazo de parecer bueno) a esta fuente; veremos que todo descansa sobre este fundamento. Dios le había hablado y él tenía fe en la palabra de Dios.

Creyó que Dios cumpliría sus promesas, que lo que dijo que iba a hacer, indudablemente lo haría y lo que pactó realizar, indudablemente lo cumpliría.

Creyó que con Dios nada es imposible. La razón y el sentido común dirían que la liberación de Israel era una imposibilidad, que los obstáculos eran demasiados y las dificultades muy grandes. Pero la fe le decía a Moisés que Dios era suficiente para todo. Dios había emprendido la obra y ésta se realizaría.

Creyó que Dios era omnisciente. La razón y el sentido común le podían decir que su curso de acción era absurdo; que estaba desechando influencias provechosas y destruyendo toda posibilidad

de beneficiar a su pueblo al romper con la hija de faraón. Pero la fe le decía a Moisés que si Dios decía: “Ven por este camino”, seguramente era el mejor.

Creyó que Dios era todo misericordia. La razón y el sentido común podían sugerir que sería posible encontrar una manera más agradable de liberar al pueblo, que habría que ceder en algunas cosas y que se podrían evitar muchas dificultades. Pero la fe le decía a Moisés que Dios es amor y que no le daría ni una gota más de amargura de la que fuera absolutamente necesaria.

La fe era un telescopio para Moisés. Le hacía ver la buena tierra a gran distancia: Descanso, paz y victoria. La razón miope sólo podía ver pruebas y desiertos, tormentas y tempestades, cansancio y dolor.

La fe era un intérprete para Moisés. Le hacía encontrar un significado reconfortante en los aparentemente oscuros mandatos escritos por Dios; mientras que el sentido común en su ignorancia, no podía ver más que misterio y necedad.

La fe le decía a Moisés que todas estas jerarquías y grandezas eran de la tierra, de este mundo, pobres, vanas, vacías, frágiles, fugaces y temporales; y que no había verdadera grandeza como la de servir a Dios. Él era el Rey, Moisés era el noble que pertenecía a la familia de Dios. Era mejor ser el último en el cielo que el primero en el infierno.

La fe le decía a Moisés que los placeres terrenales eran “placeres del pecado”. Estaban entremezclados con el pecado, contenían pecado, eran una ruina para el alma y desagradables a Dios. Sería de poco consuelo gozar de un placer, mientras Dios estaba en su contra. Era mejor sufrir y obedecer a Dios, que sentirse bien y pecar.

La fe le decía a Moisés que, al final de cuentas, estos placeres eran sólo “por un tiempo”. No podían durar, todos eran breves, pronto lo cansarían y tendría que dejarlos con el correr del tiempo.

La fe le decía a Moisés que en el cielo había una recompensa para el creyente mucho más rica que los tesoros de Egipto, riquezas duraderas, donde el moho no corrompe, ni ladrones entran y hurtan. Allí, la corona sería incorruptible; el peso de gloria sería enorme y eterno; y la fe le pedía que mirara a lo lejos, a un cielo invisible si sus ojos estaban deslumbrados por el oro egipcio.

La fe le decía a Moisés que la aflicción y el sufrimiento no eran realmente malos. Eran la escuela de Dios, en la que capacita a los hijos de su gracia para la gloria; los remedios necesarios para purificar nuestra voluntad corrupta, el horno en el cual quemar nuestra escoria, el bisturí que tiene que cortar los lazos que nos unen al mundo.

La fe le decía a Moisés que los israelitas despreciados eran el pueblo escogido por Dios. Creía que la adopción, el pacto, las promesas y la gloria les pertenecían; que de ellos, un día la semilla de la mujer germinaría y heriría la cabeza de la serpiente; que disfrutaban de la bendición especial de Dios, que eran hermosos y bellos a sus ojos, y que era mejor ser el portero del pueblo de Dios que reinar en palacios de maldad.

La fe le decía a Moisés que todos los reproches y las burlas dirigidos a él eran “reproches a Cristo”, que era un honor recibir burlas y desprecios en nombre de Cristo, que quien quiera que persigue al pueblo de Cristo persigue a Cristo mismo, y que llegará el día cuando sus enemigos se inclinen ante él y laman el polvo.

Todo esto y mucho más, que me es imposible mencionar en detalle, vio Moisés por fe. Estas eran las cosas que creía y, creyendo, hizo lo que hizo. Estaba convencido de ellas y las hizo suyas…

- las consideró como certidumbres, - las tuvo como verdades sustanciales, - las contó tan seguras como si las viera con sus propios ojos, - actuó en consecuencia porque eran realidades, y esto lo convirtió en el hombre que era. Tenía fe. Creía.

No nos sorprendamos por qué rechazó grandezas, riquezas y placeres. Él miraba hacia el futuro. Veía con los ojos de la fe a reinos desmoronarse en el polvo, las riquezas tomando alas y remontando el vuelo, los placeres llevando a la muerte y a Cristo, únicamente, y a su pequeña manada subsistiendo para siempre. No nos asombremos de que escogió las aflicciones, a un pueblo despreciado y a los reproches. Veía las cosas debajo de la superficie. Veía con los ojos de la fe que las aflicciones duraban sólo por un momento, los reproches deambulaban hasta desaparecer y terminando en una honra eterna, veía al pueblo despreciado de Dios reinando como reyes con Cristo en gloria.

¿Y acaso no tenía razón? ¿No nos habla a nosotros, aunque muerto, hasta el día de hoy? El nombre de la hija del faraón se ha olvidado o, por lo menos, es extremadamente dudoso cómo se llamaría. La ciudad donde reinaba faraón es desconocida. Las riquezas de Egipto han desaparecido. Pero el nombre de Moisés se conoce dondequiera que se lee la Biblia y permanece en pie como testimonio de que “feliz es aquel que vive por la fe”.

IV. Lecciones prácticas de Moisés

Ahora, iré terminando, tratando de poner en orden algunas lecciones prácticas que me parecen ser legítimas consecuencias de esta historia de Moisés.

¿Qué tiene todo esto que ver con nosotros? Algunos dirán: No vivimos en Egipto. No hemos visto milagros. No somos israelitas. Estamos cansados del tema.

Espere un poquito, si esto es lo que piensa, y con la ayuda de Dios le demostraré lo que todos podemos aprender y en lo que todos podemos instruirnos. Todo aquel que anhela vivir una vida cristiana y ser realmente santo, aprenda la historia de Moisés y obtenga sabiduría.

(a) Para empezar, si quiere ser salvo, tiene que tomar la decisión que Moisés tomó: Tiene que escoger a Dios antes que al mundo.

Recuerde bien lo que digo. No lo pase por alto, aunque olvide todo lo demás. No digo que el estadista tiene que renunciar a su trabajo ni que el hombre rico tiene que renunciar a sus propiedades. No se le ocurra a nadie que eso es lo que estoy diciendo. En cambio, digo que el que quiere ser salvo, sea cual fuere su posición en la vida, tiene que estar preparado para las tribulaciones. Tiene que decidirse a escoger lo que parece malo y dejar y rechazar mucho de lo que puede parecer bueno.

Me atrevo a decir que esto les parecerá raro a algunos que lean estas páginas. Comprendo muy bien que uno puede tener cierta forma de religión, que no le causará ningún problema. Hay un tipo de cristianismo común que muchos pueden tener en la actualidad, pensando que están bien, un cristianismo barato que no ofende a nadie y no vale nada. No estoy hablando de una religión de este tipo.

Si realmente se toma usted en serio su alma y si su fe es algo más que un traje o vestido a la moda que se pone los domingos, si está decidido a vivir de acuerdo con la Biblia, si está resuelto a ser un cristiano según el Nuevo Testamento, entonces, repito, pronto descubrirá que tiene que llevar una cruz. Tiene que soportar cosas difíciles, tiene que sufrir por el bien de su alma como lo hizo Moisés o, de otro modo, no puede ser salvo.

En este siglo, el mundo es lo que siempre ha sido. Los corazones de los hombres siguen siendo iguales. Las ofensas a la cruz no han cesado. El verdadero pueblo de Dios todavía es una manada pequeña despreciada. La auténtica fe evangélica todavía incluye reproches y menosprecios. Un verdadero siervo de Dios seguirá siendo considerado por muchos un simple débil y necio exaltado.

Pero el asunto es éste. ¿Anhela usted la salvación de su alma? Entonces, recuerde: Tiene que elegir a quién servir.

No puede servir a Dios y al dinero. No puede estar en los dos bandos a la vez. No puede ser amigo de Cristo y amigo del mundo al mismo tiempo. Tiene que apartarse de los hijos de este mundo y permanecer aparte. Tiene que aguantar muchas mofas, problemas y oposiciones, de otra manera, estará perdido para siempre. Tiene que estar dispuesto a hacer cosas que el mundo considera tontas y tener opiniones que sólo pocos tienen. Le costará algo, la corriente es fuerte, y usted tiene que vencerla. El camino es angosto y empinado; es inútil decir que no lo es. Pero téngalo por seguro: No puede haber una religión salvadora sin sacrificio y la negación de uno mismo.

Ahora bien, ¿está usted haciendo algún sacrificio? Su fe, ¿le cuesta algo? Apelo a su conciencia con afecto y ternura. ¿Está usted, como Moisés, prefiriendo a Dios antes que al mundo o no? Le ruego que no se esconda bajo el peligroso pronombre “nosotros”: “Nosotros deberíamos”, “nosotros esperamos que”, “lo que nosotros queremos decir” y frases similares. Le pregunto directamente: ¿Qué está haciendo usted mismo? ¿Está dispuesto a renunciar, sea lo que sea que lo mantiene alejado de Dios? ¿O se está aferrando al Egipto del mundo y diciendo: “Tengo que tenerlo, tengo que tenerlo. No puedo dejarlo”? ¿Hay alguna cruz en su cristianismo? ¿Hay algunas puntas filosas en su fe, algo discordante y chocante con la mentalidad terrenal a su alrededor? ¿O está cómodamente adaptado a las costumbres y la moda? ¿Sabe algo de las aflicciones del evangelio? ¿Son alguna vez, su fe y práctica, objeto de burlas y menosprecios? ¿Alguien lo cree loco en razón de su alma? ¿Ha renunciado a la hija de faraón, sumándose de todo corazón al pueblo de Dios? ¿Le está confiando todo a Cristo? Busque y vea.

Estos son interrogantes difíciles y preguntas delicadas. No puedo impedirlo. Creo que están fundadas en las verdades de la Escrituras. Recuerdo que está escrito: “Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo:

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:25-27). Me temo que muchos quisieran la gloria, pero no la gracia. Les gustaría recibir el sueldo, pero no tener que trabajar, la cosecha, pero no el esfuerzo de tener que cosechar, la mies, pero no tener que sembrar, la recompensa, pero no la batalla. Pero esto no puede ser. Como dice Bunyan: “Tiene que haber lo amargo antes de lo dulce”. Si no hay cruz, no habrá corona.

(b)Lo segundo que digo es esto, nada, excepto la fe, puede hacer posible que escoja a Dios antes que el mundo.

Ninguna otra cosa puede hacerlo. No lo puede hacer el conocimiento, tampoco alguna emoción, ni el cumplimiento regular de prácticas externas ni los buenos amigos. Todo esto ayuda algo, pero el fruto que producen no tiene el poder de continuar; no dura. La religión que surge de estas fuentes sólo durará mientras no haya “la tribulación de la persecución debido a la Palabra”, pero en cuanto la hay, se seca. Es un reloj sin la cuerda principal, su carátula se ve muy hermosa, uno puede hacer girar sus manecillas con la mano, pero sin la cuerda no funcionará. La religión que perdurará, tendrá que contar con un fundamento vivo y no hay otro, sino la fe.

Tiene que haber una creencia profunda de que las promesas de Dios son seguras y que se puede depender de ellas; una creencia real de que todo lo que Dios dice en la Biblia es cierto y que toda doctrina contraria a esto es falsa, no importa lo que alguien diga. Tiene que haber una creencia real de que las palabras de Dios han de ser recibidas, no importa lo difícil y desagradable que sea para la carne y la sangre, y que su camino es el correcto y todos los demás están equivocados. Tiene que haber esto, de lo contrario, nunca dejará el mundo, tomará su cruz, seguirá a Cristo ni será salvo.

Usted debe aprender a confiar en las promesas, más que en los bienes terrenales, en las cosas invisibles más que en las visibles, en las cosas celestiales fuera de la vista, que las cosas en la tierra delante de sus ojos; alabar al Dios invisible más que alabar al hombre visible. Entonces, y solo entonces, preferirá escoger a Dios y no al mundo, siguiendo el ejemplo de Moisés.

Ahora pregunto a cada lector, ¿tiene usted fe? Si la tiene, le será posible rechazar algo que parezca bueno y escoger algo que parezca malo. No le dará ninguna importancia a las pérdidas de hoy, con la esperanza de las ganancias de mañana. Seguirá a Cristo en la oscuridad y permanecerá a su lado hasta lo último. Si no tiene fe, le advierto, nunca librará una buena batalla ni “correrá para obtener” su corona. Muy pronto se desanimará y se volverá al mundo.

Sobre todo esto, tiene que haber una fe permanente y real en el Señor Jesucristo. La vida en la carne tiene que vivirse por fe en el Hijo de Dios.

Depender de Jesús, confiar en Jesús, valernos de Jesús y usarlo como el maná de nuestra alma constantemente, tiene que ser un hábito establecido. Tiene usted que esforzarse por poder decir: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 1:21; 4:13).

Ésta era la fe por la cual los santos de antaño obtuvieron éxito. Ésta fue el arma con la cual vencieron al mundo. Esto les hizo ser lo que fueron.

Ésta fue la fe que hizo que…

- Noé construyera su arca mientras el mundo se burlaba, - Abraham le diera la mejor tierra a Lot y morara pacíficamente en sus tiendas, - Rut se aferrara a Noemí y dejara a su pueblo y a sus dioses, - Daniel siguiera orando, aunque sabía que el foso de los

leones estaba preparado,

- los tres jóvenes se negaran adorar a los ídolos, aunque

sabían que los esperaba un horno ardiente y que - Moisés renunciara a Egipto, sin temor a la ira de faraón. Todos estos actuaron como lo hicieron porque creían. Veían las dificultades y los problemas de este camino. Pero también veían a Jesús por fe venciéndolos a todos y seguían adelante. Bien pudo hablar el Apóstol Pedro de la fe como “igualmente preciosa” (2 P. 1:1).

(c) Lo tercero que quiero decir es que la verdadera razón por la que tantas personas son tan mundanas e impías es que no tienen fe.

Debemos tener conciencia de que hay multitudes de cristianos profesantes que no pensarían ni por un segundo hacer lo que hizo Moisés. Es inútil tratar de suavizar las cosas e ignorar esta realidad. Debe ser ciego el que no ve a miles de personas a su alrededor que prefieren al mundo antes que a Dios, las cosas temporales antes que las eternas y las cosas del cuerpo antes que las del alma. Puede ser que no nos guste admitir esto y tratamos de ignorarlo. Pero así es.

¿Y por qué son así estos que profesan ser cristianos? Sin duda que nos darán razones y excusas. Algunos hablarán de las trampas del mundo, algunos de la falta de tiempo, algunos de dificultades singulares respecto a su posición, algunos de los cuidados y ansiedades de la vida, algunos del poder de las pasiones y algunos sobre los efectos de las malas compañías. ¿Qué tenemos en resumen? Hay una explicación mucho más breve que explica el estado de sus almas: No creen. Una frase simple, como la vara de Aarón, destruirá todas sus excusas: No tienen fe.

No creen realmente que lo que Dios dice es cierto. Se excusan secretamente con la idea: “De seguro no se cumplirá, de seguro tiene que haber otro camino al cielo además del que hablan los pastores,

seguramente no hay tanto peligro de perderse”. En suma, no confían implícitamente en las palabras que Dios ha escrito y dicho y, por ello, no actúan en consecuencia.

No creen completamente…
- en el infierno, por lo que no huyen de él,
- ni en el cielo, por lo que no lo buscan,

- ni en la culpa del pecado, por lo que no se apartan de él, - en la santidad de Dios, por lo que no le temen, - ni en su necesidad de Cristo, por lo que no confían en él ni lo aman.

No sienten confianza en Dios, así que no arriesgan nada por él. Igual que Pasión, el joven en El Progreso del Peregrino, tienen que disfrutar de las cosas buenas ahora. No confían en Dios y, por eso, no pueden esperar.

Ahora bien, ¿en qué condición estamos? ¿Creemos toda la Biblia? Hagámonos esta pregunta. Podemos estar seguros de que es algo mucho más importante creer todo lo que dice la Biblia que lo que muchos suponen. Feliz el hombre que se puede poner la mano en el corazón y decir: “Soy creyente”.

A veces hablamos de los incrédulos como si fueran una rareza en el mundo. Y admito con alegría que la infidelidad confesa, no es común ahora. Pero hay una gran cantidad de infidelidad práctica a nuestro alrededor que, al final de cuentas, es tan peligrosa como los principios de Voltaire y Paine. Hay muchos que domingo tras domingo recitan el credo y se aseguran de declarar su fe en todo lo que la Sede Apostólica y las formas de Nicea contienen.

Y no obstante, estas mismas personas viven toda la semana como si Cristo nunca hubiera muerto, como si no fuera a haber un juicio, ninguna resurrección de los muertos y ninguna vida eterna. Cuando les hablamos de cosas eternas y el valor de sus almas, hay muchos que dicen: “Oh, eso ya la sé”.

Y no obstante, sus vidas muestran claramente que no saben nada de lo que debieran saber, ¡y lo más triste es que creen que sí saben!

Es una verdad espantosa, digna de profunda reflexión, que el conocimiento que no lleva a actuar en consecuencia, es inútil e inservible a los ojos de Dios. Y es mucho peor que eso. Agregará a nuestra condenación y aumentará nuestra culpa en el Día del juicio. Una fe que no influye sobre las acciones del hombre, no merece llamarse fe. Hay sólo dos clases de gentes en la iglesia de Cristo: Los que creen y los que no creen. La diferencia entre el cristiano auténtico y el que meramente profesa serlo, radica en una frase: El cristiano auténtico es como Moisés: “Tiene fe”; el que sólo dice serlo, no la tiene. El cristiano auténtico cree y, por lo tanto, vive como vive; el que meramente profesa serlo, no cree y, por lo tanto, es lo que es. Oh, ¿dónde está nuestra fe? No seamos incrédulos, sino creyentes.

(d) Lo último que diré es que el verdadero secreto de hacer grandes cosas para Dios es tener una fe grande.

Creo que todos podemos equivocarnos en este punto. Pensamos y hablamos demasiado sobre gracias, dones y logros, y no recordamos tanto como debemos, que la fe es la raíz y madre de todos estos. En su andar con Dios, el hombre llegará sólo hasta donde cree y no más. Su vida será siempre proporcional a su fe. Su paz, su paciencia, su valentía, su celo, sus obras serán todas de acuerdo con su fe.

Leemos las biografías de cristianos insignes como Wesley, Whitefield, Venn, Martyn, Bickerstech, Simeon y M’Cheyne, que nos impulsan a decir: “¡Qué dones y gracias maravillosos tenían estos hombres!” Respondo: “Deberíamos más bien honrar la gracia madre, la más importante de todas las gracias que Dios presenta en el capítulo once de la Epístola a los Hebreos: Deberíamos honrar su fe. Tengamos por seguro que la fe es la razón principal del carácter que tenía cada uno de los mencionados”.

Me imagino que alguien puede decir: “Eran hombres de oración; eso fue lo que los hizo lo que eran”. Respondo: “¿Por qué oraban mucho? Sencillamente porque tenían mucha fe. ¿Qué es la oración, sino la fe hablando con Dios?”.

Otro puede decir: “Eran muy diligentes y trabajadores, eso explica su éxito”. Respondo: “¿Por qué eran tan diligentes? Simplemente porque tenían fe. ¿Qué es la diligencia cristiana, sino la fe en acción?”.

Otro puede opinar: “Eran muy valientes, eso los hacía útiles”. Respondo: “¿Por qué eran tan valientes? Simplemente porque tenían mucha fe. ¿Qué es la valentía cristiana, sino la fe cumpliendo su deber con seriedad?”.

Otro puede exclamar: “Era su santidad y espiritualidad lo que les daba envergadura”. Por última vez respondo: “¿Qué los hacía santos? Nada más que un espíritu de fe vivo y fehaciente. ¿Qué es la santidad, sino fe visible y fe encarnada?”.

Entonces siga el consejo que le doy este día, vaya y clame al Señor Jesucristo como lo hicieron los discípulos: “Señor: Auméntanos la fe” (Lc. 17:5). Fe es la raíz del carácter del creyente verdadero. Asegúrese de que su raíz es la correcta y pronto abundará su fruto. Su prosperidad espiritual siempre será según su fe. Aquel que cree, no sólo será salvo, sino que nunca tendrá sed, vencerá y será establecido, caminará firmemente sobre las aguas de este mundo y hará grandes obras.

Lector, si usted cree las cosas que contiene este capítulo y anhela ser un hombre santo a conciencia, comience a poner en práctica su fe. Tome a Moisés como su ejemplo. Siga sus pasos. Vaya y haga usted lo mismo.

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