Pecado
“El pecado es infracción de la ley”. 1 Juan 3:4
El conocimiento del pecado es fundamental
La verdad lisa y llana es que el conocimiento correcto del pecado es la raíz de todo el cristianismo salvador. Sin doctrinas como la justificación, conversión y santificación hay “palabras y nombres” que no significan nada, por lo tanto, lo primero que Dios hace cuando convierte a una persona en una nueva criatura en Cristo, es enviar luz a su corazón y mostrarle que es un pecador culpable. La creación material en Génesis comenzó con “luz” y lo mismo sucede con la creación espiritual. Dios “brilla en nuestros corazones” por obra del Espíritu Santo y, entonces, comienza la vida espiritual (2 Co. 4:6). Los conceptos inciertos o inseguros del pecado son el origen de la mayoría de los errores, herejías y doctrinas falsas en la actualidad. Si el hombre no se percata de la naturaleza peligrosa de la enfermedad de su alma, uno no puede preguntarse cómo puede contentarse con remedios falsos o imperfectos. Creo que una de las necesidades principales en el siglo XIX ha sido y es, una enseñanza más clara sobre el pecado.
I.Definición de pecado
Comenzaré el tema dando algunas definiciones del pecado. Por supuesto, todos conocemos las palabras “pecado” y “pecadores”. Hablamos frecuentemente de que en el mundo hay “pecado” y de que los hombres cometen “pecados”. Pero, ¿qué queremos decir al usar estos términos y frases? ¿Lo sabemos realmente? Me temo que hay mucha confusión y vaguedad sobre esto. Trataré, lo más brevemente posible, de dar una respuesta.
Digo, pues, que “pecado” es, hablando en general, como lo declara el Artículo 91de la Iglesia Anglicana: “La falla y corrupción de la naturaleza de cada hombre engendrado por un hijo de Adán; por la cual el hombre está muy apartado (quam longissime en latín) de su justicia original y es, por su propia naturaleza, inclinado hacia el mal, de modo que los deseos de la carne son siempre contra el espíritu y, por lo tanto, cada persona nacida en el mundo merece la ira y la condenación de Dios”.
El pecado, en resumen, es aquella vasta enfermedad moral que afecta a toda la raza humana, a todo rango, clase, nombre, nación, pueblo y lengua; una enfermedad de la cual nadie, sino Uno nacido de mujer, fue libre.
¿Necesito decir que ese Uno fue Cristo Jesús nuestro Señor?
Digo, además, que “un pecado”, hablando más particularmente, consiste en hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no se conforma perfectamente a la mente y la ley de Dios. Pecado, en suma, como dicen las Escrituras, es una “infracción de la ley” (1 Juan 3:4). La más leve desviación, ya sea exterior o interior, del paralelismo matemático absoluto con la voluntad y el carácter revelado de Dios, es un pecado, y nos hace, inmediatamente, culpables a los ojos de Dios.
Por supuesto no necesito decirle a nadie, que lee su Biblia con atención, que alguien puede quebrantar la ley de Dios en su corazón y en su mente, aun cuando no haya ningún acto perverso manifiesto y visible. Nuestro Señor declaró este punto más allá de cualquier disputa en el Sermón del Monte (Mt. 5:21-28).Incluso, un poeta ha dicho: “El hombre puede sonreír y sonreír, y ser un villano”.
Además, no necesito decirle al estudiante cuidadoso del Nuevo Testamento, que hay pecados de omisión al igual que de comisión, y que pecamos, como bien nos recuerda nuestro Libro de Oraciones, “dejando de hacer las cosas que debemos hacer”, al igual que “hacer las cosas que no debemos hacer”. Las palabras solemnes de nuestro Maestro en el Evangelio de Mateo también presentan claramente este punto irrefutable. Dice allí: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber” (Mt. 25:41,42). Fueron palabras profundas y reflexivas dichas por el santo arzobispo Usher, justo antes de morir: “Señor, perdona todos mis pecados y, especialmente, los de omisión”.
Pero creo necesario en estos tiempos, recordar a mis lectores que uno puede cometer pecado y no saberlo y creerse inocente cuando en realidad es culpable. No veo ninguna justificación bíblica para la afirmación moderna de que “el pecado no es pecado para nosotros hasta que lo discernimos y tenemos conciencia de él”.
Por el contrario, en los capítulos 4 y 5 del injustamente descuidado libro de Levítico y en el capítulo 15 de Números, encuentro que se enseña claramente a Israel que hay pecados por ignorancia que hacen impuro al pueblo y que necesitan expiación (Lev. 4:1-35; 5:14-19; Núm. 15:25-29). Y encuentro que nuestro Señor enseña expresamente que “el que sin conocerla [la voluntad de su amo] hizo cosas dignas de azotes”, no era perdonado por su ignorancia, sino que era “azotado” o castigado (Lc. 12:48). Recordemos que cuando medimos lo pecadores que somos según nuestro propio conocimiento y conciencia, miserablemente imperfectos, pisamos un terreno muy peligroso. Un estudio más profundo de Levítico podría hacernos mucho bien.
1 La Confesión de fe de la Iglesia Anglicana se denomina Los treinta y nueve artículos. Se origina en 1563 y refleja las enseñanzas de la Reforma Protestante.
II. Origen y raíz del pecado
En cuanto al origen y la raíz de esta vasta enfermedad moral llamada “pecado”, tengo que decir algo: Me temo que los conceptos de muchos cristianos profesantes son, tristemente, defectuosos y equivocados. No puedo pasarlo por alto. Fijemos, pues, en nuestra mente que lo pecaminoso del hombre no empieza desde afuera, sino desde adentro. No es el resultado de una mala formación durante la niñez.
No es que se aprenda de las malas compañías ni por los malos ejemplos, como les gusta afirmar a algunos cristianos débiles. ¡No! Es una enfermedad congénita, que todos heredamos de nuestros primeros padres Adán y Eva, y con la cual nacimos. “Creados a la imagen y semejanza de Dios”, inocentes y justos al principio, nuestros padres cayeron de la justicia original y llegaron a ser pecadores y corruptos. Y desde aquel día hasta hoy, todos los hombres y mujeres han nacido a la imagen de Adán y Eva caídos y heredan un corazón y una naturaleza con inclinación hacia el mal, “por un hombre entró el pecado al mundo”. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. “[Somos] por naturaleza hijos de ira”. “La mente carnal es enemistad contra Dios.” “Porque de dentro, del corazón de los hombres, [naturalmente como de una fuente] salen los malos pensamientos, las fornicaciones, los homicidios” y cosas similares. (Jn. 3:6; Ef. 2:3; Ro. 5:12; 8:7; Mr. 7:21.)
El infante más hermoso que haya nacido este año y viene a ser el rayito de sol de una familia, no es, como su madre quizá cariñosamente lo llame, un “angelito”, ni un bebito “inocente”, sino un pequeño “pecador”. ¡Ay! ¡Acostado sonriendo y balbuceando en su cuna, esta tierna criaturita tiene en su corazón las semillas de todo tipo de maldades! Basta con observarlo cuidadosamente mientras crece en estatura y su mente se desarrolla, para detectar una incesante tendencia hacia lo egoísta y lo malo, y un alejamiento de aquello que sea bueno.
Verá en él los brotes y gérmenes del engaño, del mal carácter, egoísmo, egocentrismo, obstinación, codicia, envidia, celo, pasión, los cuales si se les deja expresar, crecerán con lamentable rapidez. ¿Quién enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? ¡Sólo la Biblia puede contestar estas preguntas!
De todas las cosas necias que los padres suelen decir acerca de sus hijos, no hay otra peor que el dicho común: “En el fondo, mi hijo tiene un buen corazón. No es lo que debiera ser; pero es que ha caído en malas manos. Las escuelas públicas son lugares malos. Los tutores descuidan a los niños. No obstante, en el fondo, él tiene un buen corazón”. Desgraciadamente, la verdad es exactamente lo contrario. La primera causa de todo pecado radica en la corrupción natural del corazón del niño, no en la escuela.
III.Amplitud del pecado
En cuanto a la amplitud de esta vasta enfermedad moral del hombre llamada pecado, tengamos cuidado de no equivocarnos. La única base segura es la que nos dan las Escrituras. “Todo designio de los pensamientos del corazón” es malo por naturaleza y lo es continuamente (Gén. 6:5). “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;…” (Jer. 17:9). El pecado es una enfermedad que satura y compromete cada parte de nuestra constitución moral y cada una de nuestras facultades mentales. La comprensión, los afectos, los poderes para razonar, la voluntad, están todos infectados, en menor o mayor grado. Aun la conciencia está tan ciega que no se puede depender de ella como un guía seguro y puede llevar al hombre a hacer tanto lo malo como lo bueno, a menos que esté iluminado por el Espíritu Santo. En resumen, “Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay… cosa sana,…” en nosotros (Isa. 1:6). La enfermedad puede estar oculta bajo una delgada capa de cortesía, buenos modales y un decoro exterior; pero se encuentra profundamente arraigada en el ser.
Admito totalmente que el hombre tiene muchas facultades positivas y nobles, y que muestra una inmensa capacidad en las artes, en las ciencias y en la literatura. Pero el hecho sigue en pie: En cuanto a las cosas espirituales, el hombre está completamente “muerto” y no tiene conocimiento, ni amor, ni temor natural de Dios. Sus mejores cualidades están tan entretejidas y mezcladas con corrupción, que el contraste sólo evidencia claramente la verdad y extensión de la caída. Nos muestra que una y la misma criatura es en algunas cosas…
- Tan superior y, en otras, tan baja.
- Tan grande y, no obstante, tan pequeña.
- Tan noble y, sin embargo, tan mala.
- Tan grandiosa en su concepción y ejecución de cosas
materiales y, no obstante, tan arrastrada y tan degradada en sus afectos.
- Capaz de planificar y construir edificios como los de Carnac y
Luxor en Egipto, y el Partenón en Atenas, y, no obstante, adorar a dioses y diosas viles, a aves, bestias y seres que se arrastran.
- Capaz de producir obras trágicas como las de Sófocles e historias
como las de Tucídides y, no obstante, ser esclavo de vicios abominables como los descritos en el primer capítulo de la epístola a los Romanos.
Todo esto es un complicado rompecabezas para los que se burlan de la “Palabra escrita de Dios” y de los eruditos bíblicos.
Pero es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras manos. Podemos reconocer que el hombre tiene en sí, todas las marcas de un templo majestuoso, un templo en el cual alguna vez moraba Dios, pero que ahora está en ruinas.
Un templo en el que una ventana destrozada aquí, una puerta allá y una columna más allá todavía, dan una idea de la magnificencia de su diseño original, pero un templo que ha caído de su apogeo de un extremo al otro y que ha perdido su gloria. Y por eso decimos que nada soluciona el complicado problema de la condición del hombre, sino la “doctrina del pecado original o de nacimiento” y los devastadores efectos de la caída.
Recordemos, además de esto, que cada parte del mundo da testimonio del hecho que el pecado es la enfermedad universal de toda la humanidad. Busquemos por toda la tierra de este a oeste, de polo a polo, busquemos por toda nación de todo tipo de clima en los cuatro puntos cardinales de la tierra, busquemos en cada rango y clase social en nuestro país, desde el más elevado al más bajo y, en cada circunstancia y condición, la conclusión siempre será la misma. Las islas más remotas en el Océano Pacífico, completamente separadas de Europa, Asia, África y América, más allá del alcance del lujo oriental y las artes y literatura de occidente —islas habitadas por gente que no sabe de libros, dinero, la fuerza del vapor ni de la pólvora—, en estas islas siempre se ha encontrado, al descubrirlas, que había entre sus pobladores, las formas más viles de lujuria, crueldad, engaño y superstición. Si los habitantes no han sabido ninguna otra cosa, ¡siempre han sabido cómo pecar! En todo lugar, “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;…” (Jer. 17:9). Por mi parte, no sé de una prueba más contundente de la inspiración de Génesis y del registro de Moisés acerca del origen del hombre que el poder, la extensión y la universalidad del pecado. Reconozcamos que la humanidad surgió de una pareja, y que esa pareja cayó (como nos lo dice Génesis 3), y que el estado de la naturaleza humana en todas partes es fácilmente comprensible. Neguémoslo; como lo hacen muchos, y nos encontraremos inmediatamente envueltos en dificultades inexplicables.
En una palabra, la uniformidad y universalidad de la corrupción humana dan respuesta a los ejemplos más difíciles de explicar de las enormes “dificultades de la infidelidad”.
El pecado en la vida del creyente
Después de lo dicho, estoy convencido de que la prueba más grande de la extensión y el poder del pecado, es lo pertinaz que es en aferrarse al hombre, aun después de que éste se ha convertido y es el objeto de las operaciones del Espíritu Santo. Según el lenguaje del Noveno Artículo2, “esta infección de la naturaleza permanece…, aun en los que están regenerados”. Tan profundas son las raíces de la corrupción humana, que aún después de que nacemos de nuevo, hemos sido renovados, “limpiados, santificados, justificados” y hechos miembros vivos de Cristo, estas raíces siguen vivas en el fondo de nuestros corazones y, como la lepra en las paredes de la casa, nunca nos libramos de ella hasta que la casa terrenal de este tabernáculo se haya disuelto. Sin lugar a dudas, el pecado en el corazón del cristiano ya no domina. Está controlado, mortificado y crucificado por el poder expulsivo del nuevo principio de gracia.
La vida del creyente es una vida de victoria, no de fracaso. Pero las mismas batallas que hay en su seno, la lucha que ve que tiene que librar diariamente, el celo continuo que tiene que ejercer sobre su hombre interior, el conflicto entre la carne y el espíritu, los “quejidos” que nadie, fuera de los que los han vivido conocen, testifican de la misma gran verdad, todos muestran el enorme poder y vitalidad del pecado. ¡Ciertamente debe ser poderoso ese enemigo que aunque esté crucificado sigue vivo! ¡Feliz es aquel creyente que lo comprende y, mientras se regocija en Cristo Jesús, no confía para nada en la carne y, por lo tanto, dice: “Gracias a Dios que nos da la victoria” (1 Co. 15:57); nunca se olvida de estar en guardia y orando para no caer en tentación!
IV. Lo ofensivo del pecado
En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado a los ojos de Dios, mis palabras serán pocas. Digo “pocas” con conocimiento de causa. No creo, según la naturaleza de las cosas, que el hombre mortal pueda percibir lo tremendamente ofensivo del pecado a los ojos de Aquel que es santo y perfecto con quien tenemos que tratar. Por otro lado, Dios, como ese Ser eterno que “notó necedad en sus ángeles” y en cuya presencia “los mismos cielos no son limpios”, Él es el que lee los pensamientos y los motivos, al igual que las acciones, y requiere “verdad en nuestro interior” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6).
Por otro lado, nosotros, pobres criaturas ciegas, hoy aquí y mañana no, nacidos en pecado, rodeados de pecados —viviendo en un ambiente constante de debilidad, enfermedad e imperfección—, no podemos dar forma más que a los conceptos más inadecuados de lo aberrante que es el mal. No tenemos ni línea ni unidad de medida con las cuales conocer sus dimensiones. El ciego no puede ver una diferencia entre una obra maestra de Ticiano o Rafael y el rostro de la reina en el mural del pueblo. El sordo no puede distinguir entre el sonido de un silbato y el del órgano de una catedral. Aquellos animales cuyo olor nos resulta tan ofensivo, no tienen idea de que son perjudiciales y no se afectan entre sí. Y yo creo que el hombre, el hombre caído, no puede tener una idea cabal de lo vil que es el pecado a los ojos de aquel Dios cuya obra es absolutamente perfecta —perfecta, aun si la vemos a través de un telescopio o un microscopio—,
2 Los Treinta y nueve artículos, una confesión de fe conservadora. perfecta en la formación de un gran planeta como Júpiter, con sus satélites sincronizados al segundo, mientras gira alrededor del sol y en la formación del insecto más pequeño que camina a nuestros pies.
Pero de cualquier manera, implantemos firmemente en nuestras mentes…
- Que el pecado es “esta cosa abominable que yo aborrezco”. - Refiriéndose a Dios dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el
mal, ni puedes ver el agravio”.
- Que la transgresión más leve de la ley de Dios nos hace “culpables de todos”.
- Que “el alma que pecare, esa morirá”.
- Que “la paga del pecado es muerte”.
- Que “Dios juzgará… los secretos de los hombres”.
- Que “el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”. - Que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo eterno”.
- Que “no entrará en ella [la ciudad celestial] ninguna cosa inmunda”.
(Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Ez. 18:4; Ro. 6:23; Ro. 2:16; Mr. 9:44; Sal. 9:17;
Mt. 25:46; Ap. 21:27.) ¡Por cierto, estas son tremendas palabras cuando consideramos que están escritas en el Libro de un Dios quien es todo misericordia! Después de todo, no hay prueba de lo serio del pecado que sea más sobrecogedora e irrefutable como la cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Terriblemente negra ha de ser esa culpa por la cual, sólo la sangre del Hijo de Dios podía satisfacer. Pesada debe ser la carga del pecado humano que hizo gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en agonía en Getsemaní y clamar desde el Gólgota:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Estoy convencido de que nada nos asombrará tanto, cuando despertemos en el día de resurrección, como la vista que tendremos del pecado y del conocimiento retrospectivo que tendremos de nuestras innumerables faltas y defectos. Nunca, hasta la hora cuando Cristo venga por segunda vez, comprenderemos totalmente “lo pecaminoso del pecado”. Bien podría decir George Whitefield: “El himno en el cielo será: ‘¡Lo que Dios ha hecho!’”
V. Lo engañoso del pecado
Queda un punto por considerar sobre el tema del pecado, que no puedo pasar por alto. Ese punto tiene que ver con lo engañoso que es. Es un asunto de importancia primordial y me aventuro a pensar que no recibe la atención que merece. Podemos ver este engaño en lo increíblemente propenso que es el hombre a considerar al pecado menos pecaminoso y peligroso de lo que es a los ojos de Dios y su pronta disposición por restarle importancia, excusarse por él y minimizar su culpa. “¡No es más que uno pequeño! ¡Dios es misericordioso! ¡Dios no va al extremo de tomar nota de lo que uno hace mal! ¡Nuestra intención es buena! ¡Uno no puede ser tan quisquilloso! ¿Dónde hace tanto daño? ¡No hacemos más que lo mismo que hacen los demás!”. ¿A quién no le resulta familiar este tipo de lenguaje?
Podemos verlo en la larga lista de palabras y frases lindas que han acuñado los hombres a fin de describir cosas que Dios llama lisa y llanamente perversas y una ruina para el alma. ¿Qué significan expresiones como “de vida fácil”, “alegre”, “alocado”, “inseguro”, “desconsiderado”, “indiscreto”? Muestran que los hombres tratan de engañarse a sí mismos y de creer que el pecado no es tan pecaminoso como Dios dice que lo es y que no son tan malos como realmente son. Podemos verlo en la tendencia, aun de creyentes, de permitirles a sus hijos conductas cuestionables y de ignorar el resultado inevitable del amor al dinero, de jugar con la tentación y sancionar a los transgresores sin el debido rigor.
Me temo que no comprendemos suficientemente la extrema sutileza de la enfermedad de nuestra alma. Somos demasiado prontos a olvidar que la tentación de pecar raramente se nos presenta en su verdadera realidad, diciendo: “Soy tu enemigo mortal y quiero arruinarte eternamente en el infierno”. ¡Oh no! El pecado nos llega, como Judas, con un beso y, como Joab, con una mano extendida y palabras halagadoras. El fruto prohibido le parecía bueno y deseable a Eva; no obstante le echó fuera del Edén. Caminar tranquilamente en la azotea de su palacio le pareció inofensivo a David; pero terminó en adulterio y homicidio. El pecado raramente parece pecado al principio. Estemos en guardia y oremos, no sea que caigamos en tentación. Podemos darle a la impiedad nombres bonitos, pero no podemos alterar su naturaleza y carácter a los ojos de Dios. Recordemos las palabras de San Pablo: “Exhortaos los unos a los otros cada día… para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (He. 3:13). Es una oración sabia en nuestra Letanía la que dice: “De los engaños del mundo, la carne, y el diablo, líbranos, buen Señor”.
Autodegradación
Y ahora, antes de seguir adelante, quiero mencionar brevemente dos pensamientos que parecen surgir con fuerza irresistible de este tema. Por un lado, les pido a mis lectores que observen las razones profundas que todos tenemos para humillarnos y degradarnos a nosotros mismos. Sentémonos ante la figura del pecado que nos presenta la Biblia y consideremos qué criaturas tan culpables, viles y corruptas somos todos a los ojos de Dios. ¡Cuánta necesidad tenemos todos del cambio del corazón llamado regeneración, nuevo nacimiento o conversión!
¡Qué masiva es la debilidad e imperfección que se aferra al mejor ser humano en su mejor expresión! ¡Qué solemne es el pensamiento que dice que sin santidad “nadie verá al Señor”! (He. 12:14). ¡Qué razón tenemos de clamar con el publicano, cada noche de nuestra vida, cuando pensamos en nuestros pecados de omisión, al igual que los de comisión: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13)! ¡Qué admirablemente encajan las confesiones generales y de la comunión en el Libro de Oraciones, con la condición actual de todos los cristianos profesantes!
¡Qué divinamente adecuado es ese lenguaje para los hijos de Dios, que el Libro de Oraciones pone en la boca del cristiano antes de acercarse a la mesa de comunión: “El recuerdo de nuestras malas acciones nos son gravosas; la carga es intolerable: Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros, Padre muy misericordioso; en el nombre de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo, perdónanos por todo lo pasado”! ¡Cuán cierto es que, el santo más santo, es en sí un miserable pecador y necesitado de misericordia y gracia hasta el último momento de su existencia!
De todo corazón, apoyo aquel pasaje en el Sermón sobre Justificación de Hooker, que comienza diciendo: “Consideremos las mejores cosas y las más santas que hacemos. Nunca estamos más comprometidos con Dios que cuando oramos; no obstante, muchas veces, cuando oramos, ¡cómo nos distraemos! ¡Qué poca reverencia demostramos hacia la gran majestad de Dios con quien hablamos!
¡Qué poco remordimiento sentimos por nuestras propias maldades! ¡Qué poco gusto sentimos de la influencia de sus tiernas mercedes! ¿No sucede que muchas veces no estamos deseosos de comenzar, como lo estamos de terminar, como si al decir él ‘Invócame’ (Sal. 50:15), nos hubiera dado una tarea muy difícil? Lo que digo puede parecer algo extremo; por lo tanto, que cada uno juzgue, como le indique su propio corazón, y no de ninguna otra manera;
¡haré sólo una demanda! Si Dios cediera ante nosotros, no como a Abraham (si hubiera podido encontrar cincuenta, cuarenta, treinta, veinte o aun diez buenas personas en la ciudad, por ellas esta ciudad no sería destruida) y, en cambio, nos hiciera una oferta así de grande: 1) Busquen en todas las generaciones de hombres desde la caída de nuestro padre Adán, 2) Encuentren un hombre que haya surgido de él, que haya sido puro, sin mancha alguna y 3) Por la acción de ese único hombre, ningún ser humano ni ángel sufriría los tormentos preparados para ambos. ¿Les parece que este rescate para librar a hombres y ángeles podría encontrarse entre los hijos de los hombres, cuyas mejores cosas tienen algo en ellas que hay que perdonar?”3
Ese testimonio es verdadero. Por mi parte, estoy convencido de que cuanta más luz tenemos, más vemos lo pecaminoso que somos y cuanto más nos acercamos al cielo, más estamos revestidos de humildad. En cada era de la Iglesia encontraremos que es cierto, si estudiamos biografías, que los santos más eminentes, hombres como Bradford, Rutherford y M'Cheyne, veremos que, invariablemente, han sido los hombres más humildes.
Seamos agradecidos por la gracia
Por otro lado, pido a mis lectores que observen cuán profundamente agradecidos debemos estar por el glorioso evangelio de la gracia de Dios. Existe un remedio revelado para la necesidad del hombre, un remedio tan ancho, amplio y profundo como la enfermedad que padece. No hemos de temer mirar al pecado y estudiar su naturaleza, origen, poder, extensión y vileza, si miramos, al mismo tiempo, el remedio todopoderoso que nos ha sido provisto en la salvación que hay en Jesucristo. Aunque ha abundado el pecado, la gracia ha abundado mucho más. Sí…
- En el pacto eterno de redención y en el Mediador de ese pacto,
Jesucristo el justo, y perfecto Hombre en una sola Persona.
- En la obra que hizo al morir por nuestros pecados y resucitar
para nuestra justificación, y en los oficios que cumple como nuestro Sacerdote, Sustituto, Médico, Pastor y Abogado. - En la sangre preciosa que derramó, la cual puede limpiar de
todo pecado en la justicia eterna que trajo.
- En la intercesión perpetua que hace por nosotros como
nuestro Representante a la diestra de Dios.
- En su poder de salvar para siempre al peor de los pecadores, su
disposición de recibir y perdonar a los más viles, su prontitud por cargar a los más débiles.
- En la gracia del Espíritu Santo que planta en los corazones de
su pueblo, renovando, santificando y haciendo que las cosas viejas pasen y todas sean hechas nuevas.
—En todo esto y, ¡oh que bosquejo tan breve es!, en todo esto, digo, hay un remedio, pleno, perfecto y completo para la enfermedad aborrecible del pecado. Terrible como es indudablemente el concepto correcto del pecado, nadie debe desmayar ni desesperarse, siempre y cuando tenga, al mismo tiempo, un concepto correcto de Jesucristo. Con razón ese anciano Flavel finaliza muchos de los capítulos de su admirable libro “Fountain of Life” (Fuente de vida), con las emocionantes palabras: “Bendito Dios por Jesucristo”.
Aplicación práctica Al llevar este tema poderoso a una conclusión, siento que apenas he tocado la superficie. Es un asunto que no puede ser tratado a fondo en un escrito como éste. El que quiera verlo tratado, completa y exhaustivamente, tiene que recurrir a eruditos de teología experimental, como Owen,
3 Thomas Hooker (1556-1647): “Learned Discourse of Justification” (un discurso erudito sobre la justificación).
Burgess, Manton, Charnock y otros gigantes de la escuela puritana. Sobre temas como éste, no hay escritores que puedan compararse con los puritanos. Sólo me resta destacar algunos asuntos prácticos que toda la doctrina sobre el pecado deben ser tratados en la actualidad.
(a) Quiero decir, en primer lugar, que un concepto bíblico del pecado es unos de los mejores antídotos contra el tipo de teología vaga, imprecisa, nada clara, borrosa, indefinida, que es tan dolorosamente común en la actualidad. Es en vano cerrar los ojos al hecho de que hay una gran cantidad de supuesto cristianismo hoy día que no puede declararse positivamente errado, pero que, a pesar de todo, no es completo, de peso, ni totalmente acertado. Es un cristianismo en el cual no se puede negar que haya “algo de Cristo, algo de la gracia, algo de la fe, algo del arrepentimiento y algo de la santidad”; pero no es lo verdadero, tal como aparece en la Biblia. Las cosas están fuera de lugar y son desproporcionadas.
Como hubiera dicho el anciano Latimer: Es una especie de “mezcla de esto y aquello” y no hace nada de bien. No ejerce influencia sobre la conducta cotidiana, ni consuela en la vida, ni da paz en la muerte. Los que siguen estas aparentes verdades, despiertan a menudo demasiado tarde para encontrarse con que no tienen ningún fundamento. Ahora bien, creo que la mejor manera de curar este tipo defectuoso de religión es darle más prominencia a la antigua verdad bíblica acerca de lo pecaminoso del pecado. La gente nunca se propondrá decididamente ir en dirección al cielo y a vivir como peregrinos hasta que sientan que realmente corren peligro de ir al infierno. Tratemos todos de reavivar la antigua enseñanza acerca del pecado en los jardines de infantes, escuelas, colegios y universidades. No olvidemos que “la ley es buena, si uno la usa legítimamente” y que “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (1 Tim. 1:8; Ro. 3:20; 7:7). Pongamos la ley al frente y enfaticémosla de modo que los hombres le presten atención.
Hablemos de los Diez Mandamientos e insistamos en ellos demostrando lo largo, ancho, profundo y alto de sus requerimientos. Éste fue el método de nuestro Señor en el Sermón del Monte. No hay nada mejor que podemos hacer que seguir su plan. ¡Podemos depender de él; los hombres nunca acudirán a Jesús, ni se quedarán con Jesús, ni vivirán para Jesús, a menos que realmente sepan por qué deben acudir a él y cuál es la necesidad que tienen!
Aquellos que el Espíritu atrae a Jesús son los que el Espíritu ha convencido de pecado. Sin una convicción total de pecado, el hombre puede acudir a Jesús y seguirle por un tiempo, pero pronto se apartará y volverá al mundo.
(b) Tener un concepto bíblico del pecado es una de las mejores maneras de evaluar la teología extravagantemente amplia y liberal que está en boga en nuestros días. La tendencia del pensamiento moderno es rechazar los credos y toda clase de límites en la religión. Se cree que es muy bueno y sabio no condenar ninguna opinión y declarar que todos los maestros inteligentes y serios, son dignos de confianza, no importa lo heterogéneas y mutuamente destructivas que puedan ser sus opiniones. ¡Todo en verdad es cierto, nada es falso! ¡Todos tienen razón y nadie está equivocado! ¡Es muy probable que todos sean salvos y nadie se perderá! La expiación y sustitución de Cristo, la personalidad del diablo, los elementos milagrosos en las Escrituras, la realidad y eternidad del futuro castigo, todas estas poderosas piedras fundamentales se tiran indiferentemente por la borda como lastre, a fin de alivianar el barco del cristianismo y hacer posible que se mantenga al paso de la ciencia moderna. Si tomamos una postura firme en defensa de estas grandes verdades ¡nos llaman cerrados, anticuados y fósiles teológicos!
Citamos un texto y nos dicen que no toda verdad está confinada a las páginas de un antiguo libro judío y que una búsqueda libre ha descubierto muchas cosas desde que el libro se terminó de escribir.
Un concepto correcto es el mejor antídoto contra ese tipo de cristianismo sensual, ceremonial y formal, que nos ha arrasado como una inundación durante los últimos veinticinco años, llevándose a muchos a su paso. Comprendo que este sistema de religión tiene mucho de atractivo para cierta mentalidad, siempre y cuando la conciencia no esté totalmente iluminada. Me resulta difícil creer que cuando esa parte maravillosa de nuestro ser llamada conciencia está realmente despierta y viva, un cristianismo ceremonial sensual nos satisfaga plenamente. A un niñito se le puede tranquilizar y entretener fácilmente con juguetitos y sonajeros mientras no tenga hambre; pero en cuanto lo siente, sabemos que comer es lo único que lo satisfará. Sucede lo mismo con el alma. Música, flores, velas, incienso, estandartes, procesiones, vestiduras hermosas, confesionarios y ceremonias de carácter similar a las católicas romanas hechas por el hombre, lo satisfarán bajo ciertas condiciones. Pero una vez que “despierta y se levanta de entre los muertos”, no se contentará con estas cosas. Le parecerán simples frivolidades y una pérdida de tiempo. Pero en cuanto ve su pecado, tiene que ver a su Salvador. Se siente atacado por una enfermedad mortal y nada los satisfará, sino el gran Médico. Tiene hambre y sed, y no puede conformarse con menos que el pan de vida. Puedo parecer audaz al decir esto; pero afirmo, sin temor a equivocarme, que cuatro de cada cinco algo de católicos romanos del último cuarto de siglo, no hubieran existido si se les hubiera enseñado más fehacientemente y con más amor, la naturaleza del pecado y lo vil y pecaminoso que es. (c) Un concepto correcto del pecado es uno de los mejores antídotos contra las teorías demasiado forzadas de la Perfección, de las que oímos tanto en estos tiempos. Diré poco de estas y confío en no ofender a nadie con lo que digo. Si aquellos que nos presionan para que seamos perfectos quieren decir que seamos consecuentes en todo y que prestemos cuidadosa atención a todas las gracias que constituyen el carácter cristiano, tendríamos razón en, no sólo tolerarlos, sino en coincidir enteramente con ellos. Pero si en realidad quieren decirnos que, en este mundo, el creyente puede lograr una libertad total del pecado, vivir por años en una comunión continua e ininterrumpida con Dios y que durante meses no tiene ni siquiera un pensamiento malo, tengo que decir sinceramente que tal opinión me parece muy poco bíblica.
Y voy aún más lejos. Digo que la opinión que comparto es muy peligrosa para el que esto cree y es muy probable que deprima, desaliente e intimide a los que preguntarían acerca de la salvación. No encuentro en la Palabra de Dios la más mínima razón para esperar tal perfección mientras estamos en este cuerpo mortal. Creo que las palabras del Artículo 15 son totalmente ciertas: Que “sólo Cristo es sin pecado; y que todos nosotros, el resto de los mortales, aunque hemos sido bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos de muchas maneras; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Usando el lenguaje de nuestra primera homilía: “Existen imperfecciones en nuestras mejores obras: No amamos a Dios tanto como deberíamos, con todo nuestro corazón, mente y fuerzas; no tememos a Dios tanto como deberíamos; no oramos a Dios sin tener muchas y grandes imperfecciones. Damos, perdonamos, creemos y esperamos imperfectamente; hablamos, pensamos y los hacemos imperfectamente; luchamos imperfectamente contra el diablo, el mundo y la carne. Por lo tanto, no nos avergoncemos de confesar sencillamente nuestro estado de imperfección”.
2. Santificación 35
Repito una vez más lo que he dicho: La mejor vacuna contra la falsa ilusión efímera sobre la perfección que empaña a algunas mentes —pues tal cosa espero poder llamarla—es una comprensión distintiva, plena y clara de la naturaleza, lo pecaminoso y engañoso del pecado.
(d) En último lugar, un concepto bíblico del pecado es un admirable antídoto contra los conceptos pobres de la santidad personal que lamentablemente prevalece en estos últimos días de la Iglesia. Éste es un tema muy doloroso y delicado. Lo sé, pero no me atrevo a pasarlo por alto. Desde hace mucho tiempo tengo la triste convicción de que las normas del diario vivir entre los cristianos de gran parte de nuestros países han ido relajándose paulatinamente. Me temo que la caridad, amabilidad, alegría, generosidad, humildad, gentileza, bondad, auto negación, celo por hacer el bien y la separación del mundo a imitación de Cristo, son valores mucho menos apreciados de lo que deberían ser y que fueron importantes en la época de nuestros mayores.
No puedo pretender entrar de lleno en las causas de este estado de cosas y sólo puedo sugerir algunas conjeturas para ser consideradas. Puede ser que cierta profesión de religión esté tan de moda y sea comparativamente fácil en la actualidad, que las corrientes que antes eran angostas y profundas sean ahora anchas y superficiales, que lo que hemos logrado externamente, hemos perdido en calidad. Puede ser que el gran incremento de riquezas en los últimos veinticinco años ha introducido insensiblemente una plaga de mundanalidad, de autosatisfacción y del amor por lo placentero de una vida social basada en lo material. Lo que antes se llamaban lujos, ahora son comodidades y necesidades, y el negarse uno mismo y soportar “una vida dura” son cosas desconocidas. Puede ser que las muchas controversias que caracterizan a esta época han secado sensiblemente nuestra vida espiritual.
Con demasiada frecuencia nos hemos contentado con un celo por la ortodoxia y, por ende, hemos descuidado las serias realidades de una consagración cotidiana práctica. Sean cuales fueren las causas, tengo que declarar mi propia creencia de que el resultado es el mismo. Han habido en los últimos años normas más bajas de santidad personal entre creyentes que lo que había en la época de nuestros mayores. ¡Todo esto trae como resultado que el Espíritu se contrista! El asunto requiere humillarse mucho y escudriñar el corazón. Remedios
Me atrevo a dar una opinión acerca del mejor remedio que he mencionado para la situación. Otras corrientes de pensamientos en las iglesias tienen que formar sus propios criterios. Estoy convencido de que la cura para los evangélicos se encuentra en una comprensión más clara de la naturaleza y lo pecaminoso del pecado. No necesitamos volver a Egipto y tomar prestadas prácticas similares a las católicas romanas a fin de revivir nuestra vida espiritual. No necesitamos restaurar el confesionario, ni volver al monacato ni al ascetismo. ¡De ninguna manera! Tenemos, sencillamente, que arrepentirnos y hacer nuestras primeras obras. Tenemos que volvernos a los principios originales de la fe. Tenemos que volver “a las sendas antiguas”. Tenemos que sentarnos humildemente ante la presencia de Dios, encarar de frente todo el asunto, examinar claramente lo que el Señor Jesús llama pecado y lo que el Señor llama “hacer su voluntad”.
¡Debemos, luego, tratar de entender que es terriblemente posible vivir una vida descuidada, fácil, medio mundana y, a la vez, mantener los principios evangélicos y llamarnos evangélicos! Una vez que comprendemos que el pecado es mucho más vil y que está mucho más cerca de nosotros, y que se nos pega más de lo que suponemos, seremos conducidos, confío y creo, a acercarnos más a Cristo.
2. Santificación 37
Una vez que lo estamos, beberemos profundamente de su plenitud y aprenderemos más fehacientemente a “vivir la vida de fe” en él, como lo hizo San Pablo. En cuanto hemos sido enseñados a vivir la vida de fe en Jesús y a permanecer en él, daremos más fruto, seremos más fuertes para cumplir nuestro deber, más pacientes en las pruebas, más cuidadosos de nuestro pobre y débil corazón y más como nuestro Maestro en todos nuestros pequeños quehaceres cotidianos. En la proporción en que comprendamos cuánto ha hecho Cristo por nosotros, trabajaremos para hacer mucho para Cristo. Más somos perdonados, más amaremos. En suma, como dice el Apóstol: “Mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados… en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18).
Sea lo que fuere que algunos optan por pensar o decir, no puede haber ninguna duda de que un aumento de sensibilidad por la santidad es una de las señales de nuestra época. Las conferencias para promover la “vida espiritual” son temas de congresos casi todos los años. El tema ha despertado mucho interés en muchos países, por lo cual debemos estar agradecidos. Cualquier movimiento basado en principios sólidos, que ayuda a profundizar nuestra vida espiritual y a aumentar nuestra santidad personal, será una verdadera bendición para la Iglesia. Hará un gran aporte para unirnos y curar nuestras desafortunadas divisiones. Puede traer una efusión fresca de la gracia del Espíritu y dar vida a los muertos. Aun con la seguridad que tengo, como dije al comienzo de este escrito, tenemos que escarbar profundo para edificar alto. Estoy convencido de que el primer paso hacia el logro de un nivel más elevado de santidad es comprender más plenamente lo asombrosamente pecaminoso que es el pecado.
