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“¿Me amas?”

Santidad · J. C. Ryle

“¿Me amas?”

“¿Me amas?”. Juan 21:16

Cristo dirigió al apóstol Pedro, la pregunta que encabeza este capítulo. No existe una más importante. Han pasado más de diecinueve siglos desde que Jesús dijo estas palabras. Pero hasta la fecha la pregunta sigue siendo muy inquietante y provechosa.

La disposición de amar a alguien es uno de los sentimientos más comunes que Dios ha implantado en la naturaleza humana. Lamentablemente y con demasiada frecuencia, la gente consagra su amor a objetos que no lo merecen. Quiero ahora reclamar un lugar para él, el único que es digno de todos los mejores sentimientos de nuestro corazón. Quiero que todos le den parte de su amor a la Persona Divina que nos amó y se dio por nosotros. Entre todo lo que aman, les pido que no se olviden de amar a Cristo.

Quiero que cada uno de mis lectores enfoque su atención en este tema tan portentoso. Este no es un tema sólo para los exaltados y fanáticos. Merece la consideración de cada creyente que cree la Biblia. Nuestra salvación misma depende de ello. La vida o la muerte, el cielo o el infierno dependen de nuestra aptitud de contestar una sencilla pregunta: “¿Ama usted a Cristo?”.

Quiero destacar dos puntos al iniciar este tema.

I. El cristiano auténtico ama a Cristo

En primer lugar, quiero mostrarle el sentimiento singular hacia Cristo del cristiano auténtico: Lo ama.

Cristiano auténtico no es simplemente una mujer o un hombre bautizado. Es más. No es la persona que asiste, por costumbre, a la iglesia los domingos y vive el resto de la semana como si Dios no existiera. Costumbre no es cristianismo, adoración solamente de labios no es cristianismo.

Las Escrituras lo afirman expresamente: “No todos los que descienden de Israel son israelitas” (Ro. 9:6). La lección práctica de esas palabras es clara y sencilla. No todo el que es miembro de la iglesia visible de Cristo es, necesariamente, un cristiano auténtico.

Cristiano auténtico es aquel cuya fe en Cristo es de corazón y es su vida. La siente en su corazón. Es vista por los demás en su conducta y su vida. Siente que es pecaminoso, culpable e indigno. Y se arrepiente. Considera a Jesucristo un Salvador divino que su alma necesita y se entrega a él. Se despoja del viejo hombre con sus hábitos corruptos y carnales y se viste del nuevo hombre. Vive una vida nueva y santa, luchando habitualmente contra el mundo, la carne y el diablo. Cristo mismo es la piedra angular de su fe en Cristo. Pregúntele en qué confía para perdón de sus muchos pecados y le dirá que en la muerte de Cristo. Pregúntele en qué justicia espera ser declarado inocente el Día del Juicio y le dirá que en la justicia de Cristo. Pregúntele siguiendo qué ejemplo trata de vivir su vida y le dirá que siguiendo el ejemplo de Cristo.

Además de todo esto, hay una característica más que es singular del cristiano auténtico. Esa característica es que ama a Cristo. Conocimiento, fe, esperanza, reverencia y obediencia son todas características que distinguen al cristiano auténtico. Pero la descripción de él es imperfecta si omitimos su “amor” por su divino Maestro. No sólo conoce, confía y obedece. Va más allá: Ama.

Esta característica singular del cristiano auténtico se menciona varias veces en la Biblia. “Fe en el Señor Jesucristo”, es una expresión con la cual muchos cristianos están familiarizados. Nunca olvidemos que el amor es mencionado por el Espíritu Santo en términos casi tan fuertes como la fe. Grande es el peligro del que “no cree”; pero el peligro del que “no ama” es igualmente grande. No creer y no amar son pasos hacia la perdición eterna.

Vea lo que les dice Pablo a los corintios: “El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene” (1 Co. 16:22). Pablo no ofrece ninguna vía de escape al que no ama a Cristo. No le deja ninguna excusa o escapatoria. Uno puede carecer de conocimiento intelectual y, no obstante, ser salvo. Puede caer tremendamente, como David y, no obstante, volver a levantarse. Pero si no ama a Cristo, no anda en el camino de la vida. Sigue siendo objeto de maldición. Anda en el camino ancho que lleva a la perdición.

Vea lo que Pablo le dice a los efesios: “La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” (Ef. 6:24). Aquí, Pablo está enviando sus saludos y declarando su simpatía por todos los cristianos auténticos. A muchos de ellos, indudablemente, nunca los había visto. Muchos en la iglesia primitiva eran débiles en la fe, en conocimiento y fallaban en negarse a sí mismos.

¿Cómo, entonces, podía describirlos al enviarles su mensaje? ¿Qué palabras podía usar para no desanimar a los hermanos débiles? San Pablo escoge una expresión genérica que describe con exactitud a todos los cristianos auténticos. No todos habían alcanzado la misma madurez ni en la doctrina ni en la práctica. Pero todos amaban a Cristo con sinceridad.

Vea lo que nuestro Jesucristo mismo les dice a los judíos: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais” (Jn. 8:42). Vio a sus errados enemigos satisfechos con su condición espiritual por el hecho de ser todos descendientes de Abraham. Los vio, como sucede con muchos cristianos ignorantes de nuestra época, que se creen hijos de Dios nada más por haber sido circuncidados y pertenecer a la iglesia judía. Se establece el amplio principio de que nadie es hijo de Dios si no ama al hijo unigénito de Dios. Nadie que no ama a Cristo tiene el derecho de llamar “Padre” a Dios. Bueno sería si muchos cristianos recordaran que este principio portentoso se aplica a ellos tal como se aplica a los judíos.

¡Sin amor a Cristo nadie se puede llamar hijo de Dios! Vea una vez más lo que nuestro Señor Jesucristo le preguntó al apóstol Pedro, después de haber resucitado: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Jn. 21:15-17). La ocasión es digna de notar. Quiso recordar gentilmente a su discípulo infiel sus tres caídas consecutivas. Quería que confesara nuevamente su fe antes de restaurarlo y volver a comisionarlo públicamente para que alimentara a su Iglesia.

¿Y cuál fue la pregunta que le hizo? Podría haber preguntado: “¿Crees? ¿Eres convertido? ¿Estás listo para confesarme? ¿Me obedecerás?”. No usó ninguna de estas expresiones. Preguntó sencillamente: “¿Me amas?”. Éste es el quid de la cuestión. Su deseo es que sepamos en qué se basa la fe cristiana. Es tan claro y fácil de entender, aun por el menos letrado, y, a la vez, contiene una realidad que pone a prueba hasta al apóstol más erudito. Si alguien ama realmente a Cristo, todo está bien, si no lo ama, todo está mal.

¿Desea conocer el secreto de este sentimiento singular hacia Cristo que distingue al cristiano auténtico? Lo tenemos en estas palabras de Juan: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). Ese texto se aplica a Dios el Padre, en especial. Pero no es menos cierto de Dios el Hijo.

El cristiano auténtico ama a Cristo por todo lo que ha hecho por él. Sufrió por él y murió por él en la cruz. Con su sangre lo ha redimido de la culpa, el poder y las consecuencias del pecado. Lo ha llamado por medio de su Espíritu a conocerse a sí mismo, al arrepentimiento, a la fe, esperanza y santidad. Le ha perdonado y borrado sus muchos pecados. Lo ha librado de la esclavitud del pecado, la carne y el diablo. Lo ha rescatado del borde del infierno, lo ha puesto en el camino angosto y rumbo al cielo. Le ha dado luz donde había oscuridad, paz a su conciencia donde había intranquilidad, esperanza donde había incertidumbre y vida donde había muerte.

¿Puede asombrarnos que el cristiano auténtico ame a Cristo? Y lo ama además, por todo lo que sigue haciendo. Siente que todos los días le está limpiando sus muchas faltas y flaquezas, y defendiendo la causa de su alma ante Dios. Satisface todos los días las necesidades de su alma y le brinda una provisión constante de misericordia y gracia. Día tras día lo va conduciendo por medio de su Espíritu hacia la ciudad que será su morada, cargándolo cuando es débil e ignorante, levantándole cuando tropieza y cae, protegiéndolo contra sus muchos enemigos y preparándole un hogar eterno en el cielo. ¿Puede asombrarnos que el cristiano auténtico ame a Cristo?

¿Acaso no ama el deudor encarcelado al amigo que, sorpresivamente y sin merecerlo, paga todas sus deudas, le da nuevo capital y lo hace su socio? ¿Y no ama el prisionero de guerra al hombre que arriesga su propia vida y, entrando en las líneas enemigas, lo rescata y lo pone en libertad? ¿No ama el marinero que se está ahogando al hombre que se tira al mar, se zambulle para tomarlo del cabello y con un esfuerzo casi sobrehumano lo salva de morir ahogado? Hasta un niño puede contestar preguntas como éstas. De la misma manera y, por las mismas premisas, el cristiano auténtico ama a Jesucristo.

(a) Este amor a Cristo es el compañero inseparable de la fe salvadora. Es posible tener fe como la de los demonios, una fe sólo intelectual. El amor no puede usurpar el lugar de la fe. No puede justificar. No une el alma a Cristo. No puede dar paz a la conciencia. Pero donde hay una fe real en Cristo que justifica, siempre hay amor a Cristo. La persona que realmente ama es la persona que ha sido perdonada (Lc. 7:47). Si uno no ama a Cristo, puede estar seguro de que tampoco tiene fe.

(b)Amar a Cristo es el móvil de la obra para Cristo. Poco se hace por su causa en el mundo por obligación o por saber lo que es correcto y adecuado.

El corazón tiene que interesarse antes de que las manos comiencen a moverse y lo sigan haciendo. El entusiasmo puede causar un movimiento frenético y espasmódico de las manos. Pero sin amor, no habrá un seguimiento continuo y paciente de su obra misionera aquí y por todo el mundo. La enfermera en el hospital puede cumplir bien sus obligaciones, le puede dar al enfermo sus medicamentos a la hora que tiene que hacerlo, darle de comer y atender todas sus necesidades. Pero hay una gran diferencia entre esa enfermera y la esposa cuidando a su amado esposo que está enfermo o una madre cuidando a su hijo en su lecho de muerte. La primera actúa porque ese es su deber, la otra hace lo que hace por lo que siente en su corazón. Lo mismo sucede en el servicio de Cristo. Los grandes obreros de la iglesia, los hombres que han dirigido empresas arriesgadas entrando a nuevos campos de labor y los han revolucionado con el evangelio, han sido hombres que amaban a Cristo.

Examinemos el carácter de Own y Baxter, de Rutherford y George Herbert, de Leighton y Hervey, de Whitefield y Wesley, de Henry Martyn y Judson, de Bickersteth y Simeon, de Hewitson y M’Cheyne, de Stowell y M’Neile. Estos hombres han dejado una huella sobre el mundo. ¿Y cuál es la característica que tenían en común? Todos amaban a Cristo. No sólo tenían un credo. Amaban a una persona, amaban al Señor Jesucristo.

(c) El amor a Cristo es una enseñanza que debemos enfatizar de manera especial cuando enseñamos el evangelio a los niños. La elección, la justicia imputada, el pecado original y, aun, la fe misma son temas que, a veces, confunden al niño pequeño. En cambio, amar a Jesús parece ser algo que pueden comprender. Los amó hasta la muerte y ellos debieran devolver su amor; es una enseñanza que sus mentes pueden captar. ¡Cuán cierto es que “de la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza”! (Mt. 21:16) Hay una infinidad de cristianos que saben todos los artículos del Credo Apostólico,

el Credo de San Atanasio y el Credo Niceno, pero no obstante, saben menos del verdadero cristianismo que un pequeñito, que sólo sabe que ama a Cristo. (d)El amor a Cristo es el común denominador de los creyentes en cada rama de la Iglesia de Cristo en el mundo. Ya sea episcopal o presbiteriano, bautista o independiente, calvinista o arminiano, metodista o moravo, luterano o reformado, establecido o libre, todos coinciden en esto. Con frecuencia, tienen amplias diferencias en cuanto a procedimientos y ceremonias, gobierno eclesiástico y modalidades del culto. Pero al menos, están unidos en un punto. Todos comparten el sentimiento hacia Aquel sobre quien edifican su esperanza de salvación: “La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” (Ef. 6:24). Es posible que muchos de ellos no sepan nada de su teología sistemática y, débilmente, podrían defender su credo. Pero todos saben lo que sienten hacia Aquel que murió por sus pecados. “No puedo hablar mucho por Cristo, señor”, dijo una anciana cristiana iletrada al Dr. Chalmers, “¡pero aunque no sé cómo hablar por él, puedo morir por él!”.

(e) El amor a Cristo será la característica que distinguirá a todas las almas salvas en el cielo. La multitud imposible de contar será de un sentir. Todas las diferencias se fundirán en un solo sentir. Todas las peculiaridades doctrinales discutidas fieramente en la tierra, serán cubiertas por el sentimiento de ser deudores de Cristo. Lutero y Zwinglio ya no discutirán. Wesley y Toplady ya no perderán el tiempo en controversias. Conservadores y Disidentes ya no se morderán y devorarán los unos a los otros. Todos con un mismo sentir y a una voz se unirán en cantar este himno de alabanza: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Ap. 1:5, 6). Las palabras que John Bunyan pone en boca del Sr. Firme son ciertas.

Dijo: “Este río ha sido un terror para muchos; sí, y pensar en él con frecuencia también me ha causado temor. Pero ahora creo que estoy firme; mis pies están seguros sobre lo que pisaron los pies de los sacerdotes que llevaron el Arca del pacto mientras Israel cruzaba este Jordán. Las aguas, ciertamente, son amargas para el paladar y frías para el estómago; sin embargo, pensar en hacia dónde voy y lo que me espera al otro lado, está como un carbón resplandeciente en mi corazón.

Ahora me veo al final de mi viaje y mis días trabajosos han terminado. Voy a ver esa cabeza que estuvo coronada de espinas y ese rostro que recibió escupitajos por mí.

Antes vivía de oídas y por fe, pero ahora voy donde viviré por vista y estaré con Aquel en cuya compañía me deleito.

He amado el oír hablar de mi Señor y dondequiera que he visto la huella de su calzado en la tierra, allí he deseado poner también mi pie.

Su nombre ha sido para mí como un almizcle; sí, más dulce que todos los perfumes. Su voz ha sido para mí lo más dulce y su aspecto he deseado más que quienes han deseado más la luz del sol”.

¡Felices son los que saben algo de esto por experiencia! El que quiere estar preparado para el cielo tiene que conocer algo del amor de Cristo. El que muere sin haber sentido ese amor, mejor habría sido que no hubiera nacido.

II. Cómo se revela el amor a Cristo

En segundo lugar, quiero mostrar las características singulares por las que el amor a Cristo se da a conocer.

El tema es de gran importancia. Si no hay salvación sin amor a Cristo y si el que no ama a Cristo está en peligro de la condenación eterna, nos conviene analizar lo que sabemos de esto. Cristo está en el cielo y nosotros en la tierra.

¿Cómo podemos reconocer a la persona que nos ama y amamos?

Felizmente es algo fácil de determinar. ¿Cómo sabemos si amamos a alguien aquí en la tierra? ¿De qué manera se demuestra el amor entre la gente en este mundo: Entre esposo y esposa, entre padre e hijo, entre hermano y hermana, entre un amigo y otro? Estas preguntas son fáciles de contestar con sentido común y observación. Al contestar sinceramente estas preguntas, el nudo que tenemos delante se desata. ¿Cómo demostramos afecto entre nosotros?

(a) Si amamos a una persona nos gusta pensar en ella. No necesitamos que alguien nos la recuerde. No olvidamos su nombre, su aspecto, su carácter, sus opiniones, sus gustos, su posición ni su ocupación. Nos viene a la mente varias veces al día. Aunque quizá esté lejos, a menudo está presente en nuestros pensamientos. Pues bien, ¡sucede lo mismo con el cristiano auténtico y Cristo! Cristo “habita en su corazón” y, por esto, piensa en él cada día (Ef. 3:17). No es necesario recordarle al cristiano auténtico que tiene un Señor que fue crucificado. Piensa en él con frecuencia. Nunca olvida que Jesús tiene un día, una causa y un pueblo, y que él forma parte de su pueblo. El afecto es el verdadero secreto de una buena memoria en nuestro vivir cristiano. El hombre mundano no puede pensar mucho en Cristo, a menos que alguien se lo haga notar, porque no siente ningún afecto por él. El cristiano auténtico piensa en Cristo cada día de su vida sencillamente porque lo ama.

(b) Si amamos a una persona nos gusta oír que nos hablen de ella. Nos da alegría escuchar a los que hablan de ella. Tenemos interés en lo que otros comentan de ella. Somos todo oídos cuando otros describen su manera de ser, lo que dice, lo que hace y lo que planea. Algunos pueden oírlo mencionar con total indiferencia, pero nuestro propio corazón salta dentro de nosotros con el simple sonido de su nombre. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo!

Al cristiano auténtico le encanta oír acerca de su Señor. Sus sermones favoritos son los que están llenos de Cristo. Disfruta de la compañía de la gente que conversa de las cosas de Cristo. He leído de una anciana galesa creyente que caminaba varias millas todos los domingos para escuchar la predicación de un pastor británico, aunque no entendía una palabra de inglés. Cuando le preguntaron por qué lo hacía respondió que este pastor decía el nombre de Cristo con tanta frecuencia en sus sermones que a ella le hacían bien. Incluso, amaba el nombre de su Salvador.

(c)Si amamos a una persona nos gusta leer acerca de ella. ¡Qué placer le da a una mujer una carta de su esposo ausente o a una madre la de un hijo que está lejos! Otros pueden verle muy poco valor a la carta. Ni siquiera les interesa leerla. Pero los que aman al escritor, ven algo en la carta que nadie más puede ver. La llevan consigo como un tesoro. La leen una y otra vez. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico le encanta leer las Escrituras porque le relatan acerca de su amado Salvador. No le resulta tedioso, leerlas. Rara vez hay que recordarle que lleve la Biblia cuando va de viaje. No puede ser feliz sin ella. ¿Y por qué es todo esto así? Es porque las Escrituras testifican de aquel que ama su alma: Cristo.

(d)Si amamos a una persona, nos gusta complacerle. Nos gusta consultar sus gustos y opiniones, seguir sus consejos y hacer las cosas que ella aprueba. Hasta nos privamos de nuestros propios gustos para complacer sus deseos, nos abstenemos de cosas que sabemos que a ella le disgustan y aprendemos a hacer cosas que nos son difíciles porque pensamos que le van a gustar. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico estudia para complacerle, siendo santo en el cuerpo y en el espíritu. Muéstrele algo en su comportamiento diario que Cristo aborrece y renunciará a ello. Muéstrele algo que lo deleita y buscará la manera de hacerlo.

No comenta que los requisitos de Cristo sean demasiado estrictos y severos, como lo hacen los hijos del mundo. Para él, los mandatos de Cristo no son gravosos y la carga de Cristo es liviana. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama. (e)Si amamos a una persona, nos gustan sus amigos. Nos gustan, aun antes de conocerlos. Nos atraen porque compartimos el amor por la misma persona. Cuando los conocemos no nos resultan totalmente extraños. Hay algo que nos une. Ellos aman a la persona que nosotros amamos y eso es suficiente recomendación. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico considera a todos los amigos de Cristo como sus propios amigos, miembros del mismo cuerpo, hijos de la misma familia, soldados del mismo ejército, viajeros a la misma patria celestial. Cuando los ve por primera vez, es como si siempre los hubiera conocido. Está más a gusto con ellos durante unos minutos que lo que está con mucha gente mundana, después de conocerla durante varios años. ¿Y cuál es el secreto de todo esto? Es, sencillamente, el afecto que sienten por el mismo Salvador y el amor que tienen por el mismo Señor.

(f) Si amamos a una persona, somos celosos de su nombre y honra. No nos gusta oír que digan algo en su contra sin abrir la boca para defenderla. Nos sentimos comprometidos a defender sus intereses y su reputación. Reaccionamos al que la trata mal, casi con el mismo disgusto como si nos hubiera tratado mal a nosotros. Lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo. El verdadero cristiano reacciona con un celo santo a todos los esfuerzos de los demás por menospreciar la palabra de su Señor, su nombre, su Iglesia o su día. Lo confesaría delante de príncipes, si fuera necesario, y es sensible a la más pequeña deshonra dirigida a él. No se queda callado ni soporta que se denigre la causa de su Señor sin levantar la voz para testificar a su favor. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama.

(g) Si amamos a una persona, nos gusta hablar con ella. Le confiamos todos nuestros pensamientos y le abrimos nuestro corazón. No nos cuesta trabajo encontrar temas de conversación. Por más reservados que seamos con los demás, nos resulta fácil hablar con un amigo que queremos mucho. No importa la frecuencia con que nos encontremos, nunca nos falta tema para hablar. Siempre tenemos mucho que decir, mucho que preguntar, mucho que describir y mucho que comunicar. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico no le resulta nada difícil hablarle a su Salvador. Todos los días tiene algo para contarle y no está contento, a menos que lo haga. Habla con él en oración cada mañana y cada noche. Le cuenta sus necesidades y sus deseos, sus sentimientos y sus temores. Le pide consejo en las dificultades. Le pide consuelo cuando tiene aflicciones. No puede evitarlo. Tiene que conversar con su Salvador continuamente, de otra manera, desmayaría en el camino. ¿Y por qué es esto? Sencillamente porque lo ama.

(h)Por último, si amamos a una persona, nos gusta estar

siempre con ella. Pensar en ella, escucharle, leer lo que nos escribe y conversar con ella es todo muy bueno. Pero cuando realmente amamos a alguien queremos algo más. Ansiamos estar siempre en su compañía. Deseamos estar continuamente con ella sin tener nunca que decirle adiós. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! El corazón del cristiano auténtico anhela aquel día cuando verá a su Señor cara a cara y para siempre. Anhela comenzar aquella vida sin fin cuando conocerá como es conocido y nunca más tendrá que ver con el pecado y el arrepentimiento. Le es dulce vivir por fe y siente que será más dulce, aun, vivir por vista. Le es placentero oír acerca de Cristo, hablar de Cristo y leer de Cristo. ¡Cuánto más placentero será ver a Cristo con sus propios ojos y nunca dejar de verlo! Siente que “más vale vista de ojos que deseo que pasa” (Ec. 6:9).

¿Y por qué es todo esto? Sencillamente porque lo ama.

Tales son las características por las que podemos descubrir el verdadero amor. Todas son claras, sencillas y fáciles de comprender. No hay en ellas nada oscuro, nada complejo ni misterioso. Úselas con sinceridad, manéjelas apropiadamente y podrá comprender bien el tema de este capítulo.

Quizá ha tenido un hijo querido en el ejército en tiempo de guerra. Quizá le tocó pelear en esa guerra y estar en el fragor de las batallas. ¿Recuerda cuán fuertes y llenos de ansiedad fueron sus sentimientos hacia ese hijo? ¡Eso era amor! Quizá sabe lo que es tener a un esposo amado en la marina que, a menudo, tiene que ausentarse por muchos meses y, aun, años. ¿Recuerda con qué intensidad lo extrañaba durante ese tiempo de separación? ¡Eso era amor!

Quizá tenga en este momento a un hermano querido en Londres, por primera vez en medio de las tentaciones de la gran ciudad, con el fin de abrirse camino en el mundo de los negocios. ¿Cómo resultará? ¿Qué tal le irá? ¿Volverá a verlo alguna vez? ¿Ve con cuánta frecuencia piensa en su hermano? ¡Eso es afecto!

Quizá está usted comprometido con una persona con quien congenia. Pero por prudencia aplaza el matrimonio por tiempo indefinido y su trabajo lo lleva lejos de su prometida. ¿No es cierto que ella está siempre en sus pensamientos? ¿No es cierto que le hace feliz saber de ella, recibir sus noticias y que anhela verla? ¡Eso es afecto!

Hablo de cosas que les son familiares a todos. No tengo que seguir hablando de ellas. Son cosas que todos conocen. En todo el mundo las entienden. No hay ninguna rama de la familia de Adán que no sepa algo del afecto y del amor entre las personas. Entonces, nunca se diga que no podemos saber si un cristiano ama realmente a Cristo. Se puede saber, se puede descubrir, las directrices ya están en sus manos. Las acaba de leer.

Amar al Señor Jesucristo no es algo escondido, secreto e impalpable. Es como el sonido, se oye. Es como el calor, se siente. Donde hay amor, el amor no puede ser escondido. Donde no se puede ver, dé por seguro que no existe.

Ha llegado el momento de ir terminando este capítulo. Pero no puedo hacerlo sin antes hacer un esfuerzo por grabar en su conciencia el tema que estamos enfocando. Lo hago con amor y afecto. Mi anhelo y oración a Dios, al escribir esto, es hacerle un bien a su alma.

(a)Para empezar, le pido una cosa: Que reflexione en la pregunta que Cristo le hizo a Pedro y trate de contestarla pensando que va dirigida a usted. Léala y recapacite. Examínela con cuidado. Contéstela con veracidad. Después de haber leído todo lo que he escrito sobre ella, ¿puede decir sinceramente que ama a Cristo?

Responderme que cree las verdades del cristianismo y las doctrinas de la fe cristiana, no es una respuesta aceptable. Semejante fe nunca salvará su alma. En cierto modo, los demonios creen y tiemblan (Stg. 2:19). El cristianismo auténtico salvador no se trata de creer cierto conjunto de opiniones, ni de profesar una serie de nociones. Su esencia es conocer, confiar y amar a cierta Persona viviente que murió por nosotros: Amar a Cristo el Señor. Los cristianos primitivos como Febe, Pérsida, Trifosa, Gayo y Filemón, poco o nada sabían de teología dogmática. Pero todos compartían esta característica primordial: Amaban a Cristo.

No es una respuesta aceptable decirme que usted no aprueba una religión basada en sentimientos. Si quiere dar a entender que no le gusta la religión basada exclusivamente en los sentimientos, coincido totalmente con usted. Pero si se está refiriendo a una que descarta todo sentimiento, poco sabe del cristianismo.

La Biblia nos enseña claramente que alguien puede tener buenos sentimientos, sin tener nada de cristiano.

De igual modo, nos enseña que nadie puede ser un verdadero cristiano, si no siente algo por Cristo.

Es en vano tratar de ocultar que si no ama a Cristo, su alma corre mucho peligro. La suya no es una fe salvadora mientras vive.

No es usted apto para el cielo si muere. Aquel que vive sin amar a Cristo no puede ser sensible a ninguna obligación hacia él. El que muere sin amar a Cristo nunca podría ser feliz en ese cielo donde Cristo es todo en todo. Despierte ahora y comprenda el peligro de su posición. Abra los ojos. Considere sus caminos y sea sabio. Puedo advertirle sólo como un amigo. Pero lo hago de todo corazón y con toda mi alma. ¡Quiera Dios que esta advertencia no sea en vano!

(b)En segundo lugar, si no ama a Cristo, le diré directamente cuál es la razón. Usted no tiene conciencia de que le debe algo a él. No siente ninguna obligación hacia él. No recuerda haber recibido nada de él. Si éste es el caso, es lógico que no lo ama.

Existe un solo remedio para su condición. Ese remedio es conocerse a sí mismo y la enseñanza del Espíritu Santo. Los ojos de su entendimiento tienen que abrirse. Tiene que analizar quién es por naturaleza. Tiene que descubrir ese gran secreto, su culpabilidad y vaciedad a la vista de Dios.

Quizá usted nunca lee su Biblia u, ocasionalmente, lee algún capítulo simplemente como un formulismo, sin interés, sin comprender y sin hacer una aplicación práctica a su vida. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de ser. Comience a leer la Biblia reflexivamente y no descanse hasta familiarizarse con ella. Lea lo que la ley de Dios requiere, tal como lo explica el Señor Jesús en el capítulo cinco de Mateo. Lea cómo Pablo describe a la naturaleza humana en los dos primeros capítulos de su Epístola a los Romanos. Estudie pasajes como estos con espíritu de oración para recibir la enseñanza del Espíritu y luego diga si es un deudor a Dios o no. Pregúntese si es un gran deudor que necesita un Amigo como Cristo.

Quizá nunca ha sabido usted nada de la oración real y profunda. Está acostumbrado a tratar el cristianismo como asunto de las iglesias, congregaciones, prácticas, cultos y domingos, pero no como algo que requiere la atención seria y sentida del hombre interior.

Siga hoy mi consejo y cambie su manera de pensar. Comience el hábito de rogar a Dios por su alma con sinceridad y de todo corazón. Pídale que le dé luz, enseñanza y autoconocimiento. Suplíquele que le muestre lo que necesita saber para la salvación de su alma. Haga esto con todo su corazón y su alma, y no dudo que pronto sentirá que necesita a Cristo.

El consejo que le doy puede parecer simple y trillado. No lo rechace por esa razón. Es el sendero antiguo que millones han transitado ya y, felizmente, han encontrado paz para sus almas. No amar a Cristo es estar en peligro inminente de ruina eterna. Ver que necesita a Cristo y la asombrosa deuda que tiene con él es el primer paso para amarlo. Conocerse a sí mismo y comprender su verdadera condición ante Dios es la única manera de ver su necesidad. Escudriñar el Libro de Dios y pedirle luz en oración es el rumbo correcto para obtener un conocimiento salvador. No se crea demasiado superior, negándose a seguir el consejo que le doy. Sígalo y sea salvo.

(c) En último lugar, si quiere aprender algo acerca de amar a Cristo, acepte dos palabras de consolación y consejo. Quiera Dios que le hagan bien.

Para empezar, si ama a Cristo, de hecho y en verdad, regocíjese pensando que tiene una buena evidencia con respecto al estado de su alma. El amor es una evidencia de la gracia. ¿Qué, si alguna vez siente dudas? ¿Qué, si le resulta difícil decir si su fe es genuina y su gracia auténtica? ¿Qué, si su vista está tan borrosa por las lágrimas que no puede distinguir claramente su llamado y elección de Dios? Aun así, hay razón para tener esperanza y fuerte consolación si su corazón puede testificar que ama a Cristo.

Donde hay verdadero amor, hay fe y gracia. No lo amaría usted si él no hubiera hecho algo por usted. Su amor es una muestra positiva.

En segundo lugar, si ama a Cristo no se avergüence de que los demás lo vean y lo sepan. Hable en nombre de él. Testifique de él. Viva para él. Trabaje para él. Si él lo ha amado y limpiado de los pecados con su propia sangre, no se mantenga callado acerca de lo que siente, y devuelva su amor. “Dígame”, le dijo un inglés insensato e incrédulo a un indio norteamericano convertido: “Dígame, ¿por qué le da tanto importancia a Cristo y por qué habla tanto de él? ¿Qué ha hecho este Cristo por usted para que lo alabe tanto?”. El indio no le respondió con palabras. Juntó hojas y musgos secos y formó un círculo con ellos. Luego tomó un gusano y lo puso en el centro del círculo. Encendió un fósforo y prendió fuego a las hojas y el musgo. Pronto las llamas corrieron por todo el círculo y el gusano empezó e encogerse y retorcerse de dolor y, después de tratar en vano de encontrar una salida, se hizo un ovillo en el centro, como en agonía. En ese momento, el indio extendió la mano, levantó suavemente al gusano y lo puso en su regazo. “¿Ve este gusano?”, le preguntó al inglés y siguió diciendo: “Yo era esa criatura a punto de perecer. Me estaba muriendo en mis pecados, sin esperanza, indefenso y al borde de un fuego eterno. Jesucristo fue quien extendió su brazo poderoso. Jesucristo fue quien me liberó con la mano de su gracia e impidió que ardiera en un fuego eterno. Jesucristo fue quien me guardó a mí, un pobre gusano pecador, cerca del corazón de su amor. Así que, señor, esa es la razón que tengo para hablar de Jesucristo y alabarle tanto. No me avergüenzo de él porque lo amo”.

Si hemos de saber algo del amor de Cristo, ¡sepamos lo que sabía este indio!

¡Dios quiera que nunca pensamos que amamos a Cristo demasiado, que vivimos para él demasiado, que lo confesamos con demasiada valentía ni que nos entregamos a él con demasiada consagración! De todas las cosas que nos sorprenderán en el día de la resurrección, creo que lo que más nos sorprenderá es que no amamos más a Cristo antes de morir.

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