Seguridad (part 2 of 3)
III. Razones por las cuales una esperanza segura es sumamente deseable
Paso al tercer tema al cual me referí al principio. Daré algunas razones por las cuales una esperanza segura es sumamente deseable. Pido la atención especial de mis lectores al tratar este punto. Anhelo de corazón que la seguridad sea más buscada de lo que es.
Muchos entre los que creen, empiezan a dudar y siguen dudando, viven dudando y mueren dudando, y van al cielo en una especie de bruma.
Sería lamentable si yo hablara livianamente acerca de “esperanzas” y “seguridades”. Pero me temo que muchos de nosotros nos contentamos con ellas y hasta allí llegamos. Me gustaría ver menos creyentes “vacilantes” en la familia del Señor y más que pudieran decir: “Yo sé y estoy convencido”. ¡Oh, que todos los creyentes anhelaran los dones mejores y no se contentaran con menos! Muchos se pierden la bendición completa que el evangelio tiene la finalidad de dar. Muchos se mantienen en una condición pobre y hambrienta del alma, mientras que su Señor está diciendo: “Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados”; “pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Cnt. 5:1; Jn. 16:24).
(1) Para empezar, recordemos que la seguridad es algo deseable, por la tranquilidad y paz que da en el presente.
Las dudas y temores tienen el poder de arruinar mucha de la felicidad del verdadero creyente en Cristo. La incertidumbre y el suspenso son malos en todo sentido: En nuestra salud, nuestras pertenencias, nuestras familias, nuestros afectos y nuestras vocaciones terrenales, pero nunca tan malos como en los asuntos que conciernen a nuestras almas. Y mientras un creyente no puede llegar más allá de “esperar que” y “confiar que”
se hace evidente que percibe cierto grado de incertidumbre acerca de su estado espiritual. Las palabras mismas lo implican. Dice: “Espero que” porque no se atreve a decir: “Yo sé que…”.
Ahora bien, la seguridad hace mucho para liberar al hijo de Dios de este tipo de dolorosa esclavitud y, por tanto, tiene una gran influencia sobre su tranquilidad. Le hace posible sentir que la gran cuestión de la vida, es una cuestión resuelta, la gran deuda es una deuda pagada, la grave enfermedad es una enfermedad curada y la gran obra proyectada es una obra terminada. Entonces todas las demás cuestiones, como enfermedades, deudas y obras son pequeñas en comparación. De este modo, la seguridad lo hace paciente en la tribulación, apacible ante la pérdida de un ser querido, impasible en los sufrimientos, sin temor de malas noticias, contento sea cual fuere su condición, porque la da firmeza al corazón. Endulza sus copas amargas, aliviana la carga de sus cruces, alisa los lugares ásperos por dónde camina e ilumina el valle de sombra de muerte. Le hace sentir que siempre tiene algo sólido bajo sus pies y algo firme en sus manos, un amigo seguro en el camino y un hogar seguro al final del camino9.
La seguridad ayuda a soportar la pobreza y las pérdidas. Le enseña a decir: “Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”. “¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo” (Hab. 3:17, 18; Pr. 23:5).
La seguridad mantiene en pie al hijo de Dios bajo las peores pérdidas de seres queridos y le ayuda a sentir: “Todo está bien”. El alma segura puede decir: “Aunque seres queridos me han sido arrebatados, sin embargo, Jesús es el mismo y está vivo para siempre. Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. No es así mi casa para con Dios; sin embargo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado” (2 R. 4:26; He. 13:8; Ro. 6:9; 2 S. 23:5).
La seguridad hace posible que el hombre alabe a Dios y sea agradecido con él, aun estando en la cárcel, como Pablo y Silas en Filipo. Puede darle cantos al creyente, aun en la noche más oscura, y gozo cuando todo está en su contra10(Job 35:10; Sal. 42:8).
La seguridad hace posible que el hombre duerma tranquilo, aun con la perspectiva de morir al día siguiente, como Pedro en el calabozo de Herodes. Le enseña a decir: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Sal. 4:8).
La seguridad hace posible que el hombre se regocije de padecer afrentas a causa de Cristo, como lo hicieron los apóstoles cuando los pusieron en la cárcel en Jerusalén (Hch. 5:41). Le recuerda que puede experimentar lo que enseña Jesús en el Sermón del Monte:
9 “El Obispo Latimer le decía a Ridley: ‘Cuando vivo con una seguridad decidida y firme sobre el estado del alma, me parece ser valiente como un león. Puedo reírme de todos los problemas, no hay aflicción que me acobarde. Pero cuando estoy eclipsado en mis comodidades, tengo tanto temor espiritual que quisiera correr y meterme en una ratonera’”. —Citado por Christopher Love, 1653.
“La seguridad nos ayuda con todo deber y nos arma contra toda tentación, responde a toda objeción, nos sostiene en todas las condiciones en que nos podemos encontrar en los momentos más tristes de la vida. ‘Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?’”. —Obispo Reynolds sobre Oseas 14, 1642.
“Nada puede andarle mal al que tiene seguridad. Dios es de él. ¿Ha perdido un amigo? Su Padre vive.
¿Ha perdido un hijo único? Dios le ha dado a su único Hijo. ¿Le falta pan? Dios le ha dado el mejor, el pan de vida. ¿Ha perdido todos sus consuelos? Él tiene un Consolador. ¿Pasa por tormentas? Sabe dónde ir a puerto seguro. Dios es su Porción y el cielo es su remanso de paz”. — Thomas Watson, 1661.
10 Éstas fueron las palabras de John Bradford en prisión poco antes de su ejecución: “No tengo ningún pedido. Si la reina me otorga la vida, le daré las gracias; si me la quita, le daré las gracias; si me quema en la hoguera, le daré las gracias; si me da condena perpetua, le daré las gracias”. Ésta fue la experiencia de Rutherford cuando fue exilado a Aberdeen: “Qué ciegos son mis adversarios que me enviaron a una sala de banquetes y no a una prisión ni a un lugar de exilio”. “Mi prisión es un palacio para mí y la sala de banquetes de Cristo”. —Letters.
“Gozaos y alegraos” (Mt. 5:12) y que hay en el cielo un excelente peso de gloria que compensará todo lo demás (2 Co. 4:17).
La seguridad hace posible que el creyente enfrente una muerte violenta y dolorosa sin temor, como lo hizo Esteban en los primeros tiempos de la iglesia de Cristo y como Cranner, Ridley, Hooper, Latimer, Rogers y Taylor en sus respectivos países. Le trae a la mente los textos “No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer” (Lc. 12:4). “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hch. 7:59)11.
La seguridad fortalece al hombre en sus dolores y enfermedades, le tiende la cama y alisa su almohada en su lecho de muerte. Le hace posible decir: “Si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio” (2 Co. 5:1). “Teniendo deseo de partir y estar con Cristo” (Fil. 1:23). “Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Sal. 73:26)12.
El fortísimo consuelo que la seguridad puede dar en la hora de la muerte es un punto de gran importancia.
11 Éstas fueron las últimas palabras de Hugh Mckail en el cadalso en Edimburgo en 1666:
“Ahora comienzo mi relación con Dios, que nunca será quebrantada. Adiós, madre y padre, amigos y parientes; adiós mundo y todas sus delicias; adiós comidas y bebidas; adiós sol, luna y estrellas. Bienvenido Dios y Padre; bienvenido dulce Señor Jesús, Mediador del nuevo pacto; bienvenido bendito Espíritu de gracia y Dios de toda consolación; bienvenida gloria; bienvenida vida eterna; bienvenida muerte. ¡Oh Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu, pues tú has redimido mi alma, oh Señor Dios de la verdad!”.
12 Éstas fueron las palabras de Rutherford en su lecho de muerte: “¡Oh que todos mis hermanos supieran a qué Señor he servido y qué paz tengo este día! Dormiré en Cristo y cuando despierte estaré satisfecho con ver su rostro” (1661). Éstas fueron las palabras de Baxter en su lecho de muerte: “Bendigo a Dios porque tengo una seguridad absoluta de mi felicidad eterna y mucha paz y consolación en mi interior”. Cuando casi llegaba a su final, le preguntaron que cómo estaba. La respuesta fue: “Casi bien”. (1691).
Podemos depender de esto, nunca nos será tan preciada la seguridad como cuando nos llega el turno para morir. Son pocos los creyentes que en esa hora atroz no descubren el valor y privilegio de una “esperanza segura”, lo hayan pensado o no durante su vida. Las “esperanzas” y “confianzas”, en general, son muy buenas mientras brilla el sol y el cuerpo está fuerte; pero cuando estamos por morir, queremos poder decir “Yo sé que…” y “Yo siento que…”. El río de la muerte contiene una corriente fría y tenemos que cruzarla solos. Ningún amigo terrenal nos puede ayudar. El postrer enemigo, el rey de terrores, es un oponente fuerte. Cuando nuestras almas están partiendo, no hay mejor bebida que el vino fuerte de la seguridad.
En el Libro de Oraciones hay expresiones hermosas en el servicio diseñado para la visita a los enfermos: “El Señor todopoderoso que es torre fuerte para todos aquellos que ponen su confianza en él, sea ahora eternamente tu defensa, y te haga saber y sentir que no hay otro nombre debajo del cielo, por medio del cual puedes recibir salud y salvación, que el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Los compiladores de ese servicio mostraron aquí gran sabiduría. Vieron que cuando los ojos se oscurecen, el corazón se debilita y el espíritu está a punto de partir tiene que haber el saber y el sentir lo que Cristo ha hecho por nosotros, de otra manera, no puede haber paz perfecta13.
(2)Recordemos, también, que la seguridad es deseable porque tiende a hacer del cristiano un obrero que trabaja activamente. Nadie, hablando en general, hace tanto para Cristo en la tierra como los que disfrutan de la confianza más plena de la entrada gratuita al cielo y no ponen su confianza en sus propias obras, sino en la obra consumada de Cristo. Esto puede parecer demasiado maravilloso para ser verdad, pero me atrevo a decir que es cierto.
El creyente que no tiene una esperanza segura, pasará mucho de su tiempo escudriñando el interior de su corazón,
analizando su estado. Al igual que la persona nerviosa e hipocondríaca, estará obsesionado por sus propios problemas, sus dudas y cuestionamientos, sus propios conflictos y corrupciones. En suma, a menudo se encontrará con que está tan trastornado por sus batallas internas que tiene poco tiempo libre para otras cosas y poco tiempo para trabajar para Dios.
En cambio, el creyente que, como Pablo, tiene una esperanza segura, se encuentra libre de estas distracciones que hostigan al creyente. No desconcierta a su alma con dudas sobre su propio perdón y aceptación. Mira el pacto eterno sellado con sangre, la obra consumada y la palabra inquebrantable de su Señor y Salvador que nunca ha fallado y, por lo tanto, considera su salvación como cosa segura. Y es así que puede dar toda su atención a la obra del Señor y, por ende, a la larga, hacerla14.
Para ilustrar esto, tomemos dos emigrantes ingleses y supongamos que se asientan lado a lado en Nueva Zelanda o Australia. Les dan a ambos un terreno para desmontar y cultivar. Los dos terrenos miden lo mismo y son de la misma calidad.
13 “La medida más pequeña de fe, quita el aguijón de la muerte porque elimina la culpa;
pero la seguridad absoluta de la fe, rompe los dientes y la quijada de la muerte misma porque anula el temor y terror a ella”. —Sermon in the Morning Exercises (Sermón en los matinales) por Fairclough.
14 “La seguridad nos hace más activos y entusiastas en el servicio de Dios, nos incita a orar y a ser obedientes. La fe nos hace caminar, pero la seguridad nos hace correr. Pensamos que nunca podríamos hacer bastante para Dios. La seguridad es como las alas para el pájaro y el péndulo para el reloj, pone en marcha las ruedas de la obediencia”. —Thomas Watson.
“La seguridad causa que el hombre sea ferviente, constante y abundante en la obra del Señor. Cuando el cristiano seguro ha terminado un trabajo, pide otro. ‘¿Qué tengo que hacer ahora, Señor?’, dice el alma segura, ‘¿qué tengo que hacer ahora?’. El cristiano seguro hará cualquier trabajo que sea, pondrá su cerviz en cualquier yugo por Cristo, nunca piensa que ha hecho bastante, siempre piensa que ha hecho muy poco y cuando ha hecho todo lo que ha podido, toma asiento diciendo ‘Siervo inútil soy’”. —Thomas Brooks.
Les entregan los títulos oficiales como propietarios, estipulando claramente que es propiedad de ellos y sus descendientes para siempre. Finalmente, registran esos títulos de propiedad con las autoridades correspondientes y de todas las demás maneras ingeniadas por el hombre.
Supongamos que uno de ellos se pone a trabajar para desmontar su tierra y cultivarla, y trabaja en esto día tras día sin parar. Supongamos que, mientras tanto, el otro interrumpe constantemente su trabajo y acude repetidamente a la oficina del registro público de la propiedad para preguntar si la tierra es realmente de él, si no hay algún error, si, después de todo, los instrumentos legales que le fueron dados no tienen alguna falla.
El primero nunca duda de tener el título de su propiedad, sino que simplemente sigue trabajando. El otro nunca se siente seguro de su título y se pasa la mitad del tiempo en la oficina de catastro, haciendo preguntas innecesarias.
¿Cuál de estos dos hombres habrá progresado más en el lapso de un año? ¿Cuál de ellos habrá hecho más con su propiedad, habrá trillado más tierra, tendrá las mejores cosechas para mostrar y será el más próspero, en general?
Cualquiera, con un poco de sentido común, puede contestar esa pregunta. No tengo que dárselas yo. Sólo puede haber una respuesta. El que dedique total atención a sus tierras obtendrá siempre más éxito.
Sucede algo similar con la cuestión de nuestro título en las “mansiones celestiales”. Nadie hará más por el Señor que lo compró como el creyente que ve su título con claridad y no se distrae con incredulidades, dudas, cuestionamientos y vacilaciones. El gozo del Señor será la fortaleza de aquel hombre. Dice David: “Vuélveme el gozo de tu salvación… Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos” (Sal. 51:12, 13).
Nunca han existido obreros cristianos como los apóstoles. Realmente, la obra de Cristo era su comida y su bebida. No contaban su propia vida como algo a qué aferrarse. Pusieron su libertad, salud y comodidad mundana al pie de la cruz. Y una gran razón de esto, creo, fue su esperanza segura. Eran hombres que podían decir: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
(3) Recordemos también que hemos de anhelar la seguridad porque tiende hacer de un cristiano un cristiano decidido.
La indecisión y las dudas sobre nuestro propio estado son, a los ojos de Dios, un mal gravoso y la madre de todos los males. A menudo producen que el creyente siga con vacilación e incertidumbre al Señor. La seguridad ayuda a desatar muchos nudos, aclara y esclarece la senda del deber cristiano.
Muchos, que esperamos sean hijos de Dios y que tengan gracia verdadera, aunque sea débil, se sienten continuamente atacados por dudas sobre cuestiones prácticas. “¿Está bien que hagamos tales o cuales cosas, que renunciemos a esta costumbre familiar? ¿Hemos de andar con esas compañías? ¿A dónde ponemos los límites a las visitas? ¿Cómo conviene vestirnos y cuáles serán nuestras distracciones? ¿No debemos nunca, bajo ninguna circunstancia, bailar ni jugar a las cartas, ni asistir a fiestas?”. Ésta es la clase de preguntas que parece causarles constantes problemas. Y con frecuencia, mucha frecuencia, la raíz sencilla de su perplejidad es que no se sienten seguros de ser hijos de Dios. Todavía no han determinado este punto, de qué lado de la puerta están. No saben si están dentro o fuera del arca.
De que un hijo de Dios debiera comportarse de cierta manera, están seguros, pero la pregunta importante es: “¿Son ellos mismos hijos de Dios?”. Si sólo sintieran que lo son, marcharían adelante en línea recta. Pero no estando seguros, sus conciencias están siempre vacilando y en un punto muerto.
El diablo susurra: “Quizá al final de cuenta no eres más que un hipócrita: ¿Qué derecho tienes tú de tomar un camino decidido? Espera a ser realmente cristiano”. ¡Y este susurro demasiadas veces hace inclinar la balanza y los lleva a transigir miserablemente con el mundo o desgraciadamente a conformarse a él!
Creo que aquí tenemos una de las razones principales por la cual tantos creyentes en esta época demuestran una conducta inconstante, superficial, insatisfactoria y desganada con el mundo.
Se niegan a despojarse de todo lo relacionado con el viejo hombre porque no están bien seguros de haberse vestido del nuevo. En suma, no tengo ninguna duda de que una causa secreta de “vacilar entre dos opiniones” es la falta de seguridad. Cuando alguien puede afirmar decididamente: “¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!”, su camino se hace muy claro. (1 R. 18:39).
(4) Recordemos, por último, que la seguridad es deseable porque tiende a formar cristianos más santos.
Esto también suena increíble y extraño y, no obstante, es cierto. Es una de las paradojas del evangelio. A primera vista, es contraria a la razón y al sentido común, pero, aun así, es una realidad. Pocas veces distó tanto de la verdad el cardenal Bellarmine como cuando dijo: “La seguridad tiende a producir indiferencia y pereza”. Aquel que es perdonado gratuitamente por Cristo siempre hará mucho para la gloria de Cristo y aquel que disfruta al máximo la seguridad de haber sido perdonado mantendrá su andar más íntimo con Dios. Es palabra fiel y digna de ser recordada por todos los creyentes: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). Una esperanza que no purifica al creyente es una burla, una fantasía y una trampa15.
Nadie tiene mejor posibilidad de vigilar de cerca a sus propios corazones y vidas que aquellos que conocen la tranquilidad de vivir en estrecha comunión con Dios.
El que va de viaje con poco dinero no tiene cuidado del peligro que pueda haber en su itinerario y no le importa lo tarde que viaje. Por el contrario, el que lleva oro y joyas es un viajero cauteloso. Considera bien sus caminos, su hospedaje y sus compañías, y no se expone a ningún riesgo.
15 “La verdadera seguridad de salvación que el Espíritu de Dios haya puesto en cualquier corazón tiene la fuerza de impedir que viva una vida libertina y entreteje en su corazón amor y obediencia a Dios, como no puede hacerlo ninguna otra cosa en el mundo. La verdadera causa de todo el libertinaje que reina en el mundo es la falta de fe y seguridad o una seguridad falsa y carnal en el amor de Dios”. —Salmo 51, Hildersam. “Nadie camina tan armoniosamente con Dios como los que están seguros del amor de Dios. La fe es la madre de la obediencia y la confianza segura da paso a la rectitud en la vida. Cuando los hombres se sueltan de Cristo, se sueltan de sus deberes y su creencia fluctúa; se nota pronto por su inconstancia e irregularidad al caminar. No nos sumamos con presteza a una empresa de cuyo éxito dudamos; de manera semejante, cuando no sabemos si Dios nos aceptará o no, cuando somos inconstantes, así como confiamos y desconfiamos con respecto a las cosas de esta vida, también somos inconstantes en servir a Dios. Es calumnia del mundo decir que la seguridad es una doctrina inútil.” —Exposition of James (Exposición sobre Santiago) por Manton, 1660.
“¿Quién siente más convicción de que debe cumplir sus obligaciones? ¿El hijo que es consciente de su relación cercana y sabe que su padre lo ama o el sirviente que tiene razones poderosas para dudarlo? El temor es un principio débil e impotente en comparación con el amor. Los terrores pueden despertar, el amor aviva. Los terrores pueden ‘casi persuadir’, el amor convence sobreabundantemente. Estoy seguro que el hecho de que el creyente sepa que su Amado es de él y él de su Amado (Cnt. 4:3), se ve por la experiencia de que pone sobre él, las obligaciones más fuertes y contundentes de ser leal y fiel al Señor Jesucristo. Hay quien cree que Cristo es precioso (1 P. 2:7), pero también hay el que sabe que Cristo es mucho más precioso, aun ‘uno entre diez mil’” (Cnt. 5:10). —Sermon in Morning Exercises (Sermón en los matinales) por Fairclough, 1660. “¿Acaso es necesario que a los hombres se les mantenga con miedo a la condenación, a fin de que sean circunspectos y presten atención a sus obligaciones? ¿Acaso no es la expectativa segura del cielo mucho más eficaz? El amor es el principio más noble y fuerte de la obediencia; y no podemos dudar de que un sentido del amor de Dios por nosotros aumentará el deseo de complacerle”. —Christian System por Robinson.
Sienten que son privilegiados y temen perder su privilegio. Tiemblan ante la posibilidad de perder su posición y arruinar su tranquilidad por colocar nubarrones entre ellos y Cristo. Un antiguo refrán, aunque muy poco científico, dice que las estrellas fijas son las que más tiemblan. El hombre que disfruta más plenamente de la luz del rostro reconciliado de Dios, será el hombre que tiembla por el solo miedo a perder sus benditas consolaciones y temeroso de hacer algo que contriste al Espíritu Santo.
Encomiendo estos cuatro puntos a la consideración seria de todo cristiano profesante. ¿Quisiera usted sentir los Brazos Eternos abrazándolo y oír todos los días la voz de Jesús acercándose a su alma y diciendo “Soy tu salvación”? ¿Le gustaría ser un obrero útil en la viña del Señor en su época y generación?
¿Quisiera ser conocido por todos los hombres como un seguidor de Cristo valiente, firme, decidido, fiel e inconmovible? ¿Quisiera tener una mente particularmente espiritual y santa? No dudo que algunos lectores dirán: “Éstas son las cosas que precisamente nuestros corazones anhelan. Las ansiamos, pero parecen estar distantes”. La poca fe puede ser la causa de los fracasos
Ahora bien, ¿se le ha ocurrido alguna vez que haber descuidado la seguridad sea posiblemente la razón principal de sus fracasos; que la poca fe que satisface, puede ser la poca paz que siente? ¿Le resulta extraño que las gracias en usted desmayan y languidecen, mientras deja que la fe, que es la raíz y madre de todas ellas, se mantenga enclenque y débil?
Siga hoy mi consejo. Procure aumentar su fe. Procure tener una esperanza segura de su salvación como la del apóstol Pablo. Procure obtener una confianza sencilla en las promesas de Dios como la de un niño. Procure poder decir con Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12).
Es muy probable que haya intentado otros modos y métodos, y haya fracasado completamente. Cambie su plan. Adopte otra táctica. Empiece por confiar implícitamente. Eche fuera su retraso falto de fe y crea lo que dice el Señor. Venga y humíllese con su alma y sus pecados a los pies de su Salvador. Comience simplemente creyendo y, pronto, todo lo demás le será agregado16.
IV.Causas por las cuales, rara vez, se logra una esperanza segura Llego ahora al último tema que mencioné. Prometí explicar algunas causas por las cuales rara vez se llega a tener una esperanza segura. Lo haré brevemente.
Ésta es una cuestión muy seria que debería motivarnos a todos a escudriñar profundamente nuestro corazón. Ciertamente, pocos entre el pueblo de Cristo, parecen alcanzar este bendito espíritu de seguridad. Muchos creen relativamente, pero pocos están convencidos. Muchos, comparativamente, tienen una fe salvadora, pero pocos aquella confianza gloriosa que brilla en el lenguaje de San Pablo. Creo que tenemos que reconocer que éste es el caso.
16 “Lo que provoca tanta perplejidad es que invirtamos el orden de Dios. Algunos dicen ‘Si yo supiera que la promesa es para mí y que Cristo fue un Salvador para mí, podría creer’; es decir, primero quiero ver y después creeré. Pero el método correcto es justo al revés. Dijo David: ‘Creí; por tanto hablé’ (Sal. 116:10). Primero creyó y después vio”. —Cardenal Leighton.
“Es un pensamiento débil e ignorante, pero común entre los cristianos, pensar que no debieran buscar el cielo, ni confiar en Cristo para gloria eterna hasta haber progresado mucho en santidad y en su aptitud para confiar. Pero tal como la primera santificación de nuestra naturaleza fluye de nuestra fe y confianza en que Cristo nos acepta, también nuestra santificación posterior y aptitud para la gloria fluye del ejercicio renovado y repetido de fe en él”. —Traill.
Ahora bien, ¿por qué es esto así? ¿Por qué lo que dos apóstoles recomendaron tan encarecidamente que buscáramos, es algo que pocos creyentes conocen por experiencia en estos días?
¿Por qué la esperanza segura es algo que rara vez se ve?
Quiero ofrecer humildemente varias sugerencias sobre el por qué. Sé que muchos, a cuyos pies me sentaría gustosamente, tanto en la tierra como en el cielo, nunca han alcanzado la seguridad. Quizá el Señor ve algo en el temperamento natural de algunos de sus hijos que no es idóneo para que ellos se sientan seguros. Quizá, a fin de mantener su salud espiritual, necesitan permanecer en esa condición. Sólo Dios lo sabe. No obstante, después de mucha especulación, me temo que hay muchos creyentes sin una esperanza segura, cuyos casos, muy a menudo, se deben a causas como las siguientes.
(1)Sospecho que una de las causas más comunes es un concepto defectuoso de la doctrina de la justificación.
Me inclino a pensar que existe una confusión en la mente de muchos creyentes acerca de la justificación y la santificación. Reciben la verdad del evangelio: Algo tiene que suceder dentro de nosotros, al igual que algo tiene que ser hecho para nosotros, si hemos de ser auténticos miembros de Cristo y hasta allí tienen razón. Pero luego, sin ser conscientes de ello, tal vez, parecen asimilar la idea de que su justificación es, en cierta medida, afectada por algo dentro de ellos mismos. No ven con claridad la obra de Cristo en ellos, ni su propia obra, ni en su totalidad ni en parte, ni directa o indirectamente, que es la base de la aceptación de Dios. Ignoran que la justificación es algo que realiza él sin nuestra intervención, por lo cual no requiere nada de nuestra parte, excepto sencillamente fe; y que el más débil pecador es justificado total y completamente tal como lo es el más fuerte17.
Muchos parecen olvidar que somos salvos y justificados siendo pecadores y, únicamente pecadores, y que nunca podemos serlo más de lo que ya somos, aunque lleguemos a la edad de Matusalén. Somos indudablemente pecadores redimidos, pecadores justificados y pecadores renovados, pero pecadores, pecadores y pecadores seremos siempre hasta el fin. No parecen comprender que hay una gran diferencia entre nuestra justificación y nuestra santificación. Nuestra justificación es una obra terminada y perfecta, no admite grados. En cambio, nuestra santificación es imperfecta e incompleta, y lo será hasta la última hora de nuestra vida. Parece que estos creyentes esperan que el creyente pueda, en algún periodo de su vida, ser libre de corrupción y lograr una especie de perfección interior. Y al no encontrar en sus corazones este estado angelical, llegan enseguida a la conclusión de que su estado no es bueno. Entonces siguen lamentándose todos los días, dominados por el temor de no tener arte ni parte con Cristo, y negándose a recibir consuelo.
Demos nuestra atención a este punto. Si algún alma creyente anhela seguridad y no la tiene, pregúntese, ante todo, si está bien seguro de que su fe es legítima, si sabe distinguir entre las cosas que son diferentes y si es totalmente claro en cuanto al tema de la justificación. Tiene que saber lo que es sencillamente creer y ser justificado por fe, antes de poder sentirse seguro.
17 La Confesión de Fe de Westminster da una descripción admirable de la justificación: “A los que Dios llama de una manera eficaz, también justifica gratuitamente, no infundiendo justicia en ellos, sino perdonándoles sus pecados y, contando y aceptando sus personas como justas; no por algo en ellos o hecho por ellos, sino solamente por causa de Cristo; no por imputarles la fe misma, ni el acto de creer, ni alguna otra obediencia evangélica como su justicia, sino imputándoles la obediencia y satisfacción de Cristo; y ellos por la fe, le reciben y descansan en él y en su justicia. Esta fe no la tienen de ellos mismos. Es un don de Dios”.
En esta cuestión, como en muchas otras, la antigua herejía gálata (el error de creer que la salvación podía ganarse por medio de alguna fórmula legalista) es el origen más fértil del error, tanto en doctrina como en práctica. La gente debería buscar conceptos más claros de Cristo y de lo que Cristo ha hecho por ellos. Feliz el hombre que realmente comprende “la justificación por fe sin la obras de la ley”.
(2)Otra causa común de la falta de seguridad es la falta de ganas de crecer en la gracia.
Sospecho que muchos creyentes auténticos tienen conceptos peligrosos y no bíblicos sobre esto; es claro que no digo que lo hagan a propósito, pero de hecho, los tienen. Muchos parecen pensar que, una vez convertidos, no se tienen que ocupar de otra cosa y que el estado de salvación es una especie de cómodo sillón donde simplemente se tienen que sentar, descansar y ser felices. Parecen creer que la gracia es algo que les ha sido dada para que la disfruten y olvidan que es dada como un talento, para ser usado, aprovechado y mejorado. Estas personas olvidan las muchas exhortaciones a “aumentar, crecer, abundar más y más y agregar a su fe” y cosas parecidas; y en su estado pasivo, sentados tranquilamente, no me extraña que se pierdan la seguridad.
Creo que debe ser nuestra meta continua y nuestro anhelo constante marchar hacia adelante, y nuestro lema en cada cumpleaños, en cada comienzo de año debe ser: “Más y más” (1 Ts. 4:1): Más conocimiento, más fe, más obediencia y más amor. Si hemos cosechado a treinta por uno, tenemos que procurar cosechar al sesenta y si hemos cosechado sesenta, debemos esforzarnos por cosechar a ciento por uno. La voluntad del Señor es nuestra santificación y debe ser nuestra voluntad también (Mt. 13:23; 1 Ts. 4:3). Una cosa de la cual siempre podemos depender es que hay una conexión inseparable entre la diligencia y la seguridad. Dice Pedro: “Procurad” (2 P. 1:10).
“Deseamos”, dice Pablo “que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud para plena certeza de la esperanza” (He. 6:11). “El alma de los diligentes”, dice Salomón, “será prosperada” (Pr. 13:4). Contiene mucha verdad la antigua máxima puritana que dice: “La fe de la adhesión viene por el oír, pero la fe de la seguridad no viene sin el hacer”.
¿Es alguno de mis lectores uno de aquellos que anhela la seguridad, pero no la tiene? Preste atención a mis palabras. Nunca la obtendrá sin diligencia, no importa lo mucho que la anhele. No hay ganancia sin dolor en las cosas espirituales, así como no la hay en las temporales. “El alma del perezoso desea, y nada alcanza” (Pr. 13:4)18.
(3)Otra causa común de la falta de seguridad es un andar inconsistente en la vida.
Con tristeza y dolor me siento constreñido a decir que me temo que la inconsistencia con frecuencia impide que las personas obtengan una esperanza segura.
18 “¿De quién es la culpa si usted deja de cuestionar su parte con Cristo? Si los cristianos se ocuparan más de examinarse a sí mismos, de caminar más cerca de Dios; si tuvieran una comunión más estrecha con Dios y actuaran con más fe, esta oscuridad y dudas vergonzosas pronto desparecerían”.
—Robert Traill.
“Al cristiano perezoso siempre le faltarán cuatro cosas: Consuelo, contentamiento, confianza y seguridad. Dios ha hecho una separación entre el gozo y la indolencia. Entre la seguridad y la pereza y, por lo tanto, es imposible juntar estas cosas que Dios ha separado tanto”. —Thomas Brooks.
“¿Se encuentra hundido y con dudas, tambaleando e incierto, sin saber cuál es su condición ni si tiene parte en el perdón que viene de Dios? ¿Está fluctuando entre esperanzas, temores, falta de paz, consolación y seguridad? ¿Por qué se queda sin hacer nada? Levántese, vele, ore, ayune, medite, batalle contra sus lascivias y corrupciones, no tema ni se asuste ante los ruegos de estas obras de la carne pidiéndole que no las abandone, marche adelante al trono de gracia con oraciones, súplicas inoportunas, pedidos sin descanso; ésta es la manera de apropiarse del reino de Dios. Estas cosas no constituyen paz, ni seguridad, pero son parte de los medios que Dios ha determinado para alcanzarlas”. —Owen sobre el Salmo 23.
El flujo de cristianos profesantes en la actualidad es mucho más amplio de lo que era antes y me temo que tengo que reconocer que, a la misma vez, ese cristianismo es más superficial.
La incongruencia en la vida es totalmente destructiva para la paz de la conciencia. Las dos cosas son incompatibles. No pueden darse ambas en una misma persona. Si usted tiene pecados que lo dominan y no puede decidirse a renunciar a ellos, si no puede amputarse la mano derecha ni arrancarse el ojo derecho cuando la ocasión lo requiere, le asevero que no tendrá ninguna seguridad.
Un andar vacilante, una reticencia a emprender, audaz y decididamente un camino, una disposición inmediata a conformarse al mundo, un testimonio vacilante para Cristo, una religión indecisa, una resistencia a adoptar una norma elevada de santidad y vida espiritual, son una fórmula infalible para malograr el jardín de su alma.
Es inútil suponer que podrá sentirse seguro y convencido de que ha sido perdonado y aceptado por Dios, a menos que considere que todos los mandamientos de Dios acerca de todas las cosas son correctos y que Dios aborrece todo pecado, sea grande o pequeño (Sal. 119:128). Un solo Acán que permita entrar en el campamento de su corazón debilitará sus manos y arrasará con sus consolaciones. Usted tiene que estar cultivando diariamente su vida en el Espíritu, si va a cosechar el testimonio del Espíritu. (Gá. 5:25). No encontrará ni sentirá que todos los caminos del Señor son caminos placenteros, a menos que trabaje en todo para agradar el Señor19. Bendigo a Dios porque nuestra salvación no depende en absoluto de nuestras propias obras. Somos salvos por gracia, no por obras de justicia, por fe, sin las obras de la ley. Pero no quisiera nunca que algún creyente olvidara por un momento que nuestro sentido de ser salvos depende de nuestra manera de vivir. La inconsistencia empañará su vista y pondrá nubes entre usted y el sol.
El sol es el mismo detrás de las nubes, pero usted no podrá ver su resplandor y disfrutar de su calor, y su alma estará sombría y fría. Es en la senda del bien hacer, en donde lo visitará la fuente de luz y brillará en su corazón.
“La comunión íntima de Jehová”, dice David, “es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto” (Sal. 25:14).
“Y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Sal. 50:23). “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Sal.119:165).
“Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Jn. 1:7).
“No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.
Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él” (1 Jn. 3:18, 19).
“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos” (1 Jn. 2:3).
19 “¿Quiere tener una esperanza fuerte? Entonces mantenga pura su conciencia. No se puede corromper una sin debilitar la otra. La persona piadosa que es negligente e indiferente en su andar santo se encontrará pronto conque su esperanza languidece. Todo pecado lleva al alma que anda en él a temblar de miedo y sacudir su corazón”. —Gurnall. “Una causa grande y demasiado común que causa aflicción es algún pecado secreto; apaga la luz del alma, la disipa y causa estupor, de modo que no puede ver ni sentir su propia condición. Pero sobre todo provoca que Dios se aparte, que retire sus consolaciones y la ayuda de su Espíritu”. —Saints’ Rest (Descanso de los santos) por Baxter. “Las estrellas que tienen trayectorias más cortas son las que están más cerca del polo y los hombres cuyas vidas están menos enredadas con el mundo, siempre son las que están más cerca de Dios y de la seguridad de su favor. Recuerde esto, cristiano mundano: Usted y el mundo deben separarse, de otra manera la seguridad y su alma nunca se encontrarán”. —Thomas Brooks.
Pablo era un hombre que se esforzaba por tener una conciencia sin ninguna ofensa a Dios ni al hombre (Hch. 24:16). Podía decir con audacia: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. No me extraña, entonces, que Dios lo capacitó de modo que pudo agregar confiadamente: “Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:7, 8).
Si algún creyente del Señor Jesús anhela seguridad y no la tiene, que reflexione también en este punto. Mire su propio corazón, mire su propia conciencia, mire su propia vida, mire sus propias costumbres y mire su propio hogar. Y quizá cuando lo haya hecho, podrá decir: “Con razón no tengo una esperanza segura”.
Dejo estos temas que acabo de mencionar a la consideración personal de cada lector de este escrito. Estoy seguro de que vale la pena examinarlos. Examinémoslos sinceramente. Y quiera el Señor darnos entendimiento en todas las cosas.
